El desafío a la identidad a la Unión Europea de las guerras de Irak e Irán
La identidad de la Unión Europea fue el resultado de la imposición de la democracia como forma política a escala continental. En la Europa predemocrática, la Unión Europea era imposible. En la Europa democrática es indispensable.
El continente europeo, desde el colapso del Imperio Bizantino en 1453 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, ha sido testigo de una permanente lucha por la supremacía, en la que se han producido alianzas y coaliciones bélicas entre distintos territorios, la mayor parte de los cuales antes del siglo XIX no tenían siquiera la condición de Estados tal como los entendemos hoy.
Quiere decirse, pues, que la guerra ha sido el eje en torno al cual ha girado la coexistencia entre los diferentes territorios y Estados antes de que la democracia hiciera acto de presencia en el continente en el siglo XX.
Serían las dos últimas guerras europeas del siglo XX, que acabarían convirtiéndose en dos Guerras Mundiales, las que acabarían conduciendo a la génesis de la democracia la primera y a la imposición como única forma política aceptable la segunda.
La democracia nace en el continente europeo tras las Primera Guerra Mundial a través de la imposición del sufragio universal masculino y femenino en Inglaterra y las monarquías parlamentarias del norte de Europa o mediante la transformación de las demás monarquías no parlamentarias en repúblicas. Es ese el momento en que se identificaría al “pueblo” como lugar de residenciación del poder, que es la exigencia inexcusable del principio de igualdad para que el Estado Constitucional sea técnicamente organizable. De ese lugar de residenciación del poder derivaría la definición normativa canónica del principio de legitimidad democrática: “El poder reside en el pueblo del que emanan todos los poderes del Estado”.
Pero la democracia tras la Primera Guerra Mundial no pone fin a la guerra como eje en torno al cual va a girar la lucha por la supremacía continental, sino todo lo contrario. Casi desde el momento mismo en que acaba la Primera Guerra Mundial, se inicia la preparación de la que acabaría siendo la segunda.
Será con el final de esta segunda cuando la democracia se estabiliza como forma política y cuando se convertirá en una forma política no susceptible de ser siquiera sometida a discusión. Una vez consolidada la democracia en los años inmediatamente posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial, en la mayor parte de los Estados de Europa occidental se iniciaría el proceso de construcción política democrática a escala continental.
A diferencia de lo que había ocurrido en los siglos anteriores, el No a la guerra será el eje que presidirá el horizonte de dicho proceso. En el No a la guerra está la raíz constituyente de lo que ha acabado siendo la Unión Europea.
En las décadas de los cincuenta, sesenta, setenta y ochenta la inmensa mayoría de los países de Europa Occidental se convertirán en Estados miembros de las Comunidades Europeas. Portugal y España serían los dos últimos en incorporarse en 1986.
Con la caída del Muro de Berlín en 1989 y el colapso de la Unión Soviética, el parsimonioso proceso de las décadas anteriores para culminar la integración de los Estados europeos occidentales se aceleró de manera notable en los Estados europeos orientales. En 1992 con el Tratado de Maastricht las comunidades europeas darían paso a la Unión Europea, en la que han llegado a integrarse 27 Estados.
En la democracia está, pues, la identidad de la Unión Europea, que es una comunidad jurídica más que una comunidad política. La fuerza de la Unión Europea es la fuerza del Derecho. No puede existir sin el respeto escrupuloso de sus Tratados constitutivos y de las demás normas que se van aprobando de la forma en ellos previstos. Para garantizar dicho respeto la Unión Europea dispone de un poder judicial propio cuyas decisiones son de obligado cumplimiento por todos los Estados.
Obviamente el respeto del Derecho Internacional y la autoridad de Naciones Unidas en general, y en particular en materia de declaración de guerra, forma parte también de la identidad de la Unión Europea. De dicho respeto depende la propia supervivencia de la Unión Europea.
Esta identidad de la Unión Europea fue desafiada en 2003 por los Estados Unidos con la guerra de Irak y está siendo desafiada en este 2026 con la guerra de Irán.
En 2003 los Estados Unidos consiguieron dividir a la Unión Europea y dividirla además de manera visible y solemne en una votación en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en el que Francia y Alemania se opusieron vehementemente a la guerra, mientras que el Reino Unido y España se alinearon con los Estados Unidos. De aquella votación vino la distinción por parte de Donald Rumsfeld entre la “vieja” y la “nueva” Europa sin que se entienda muy bien por qué la Europa que representan Alemania y Francia es más vieja que la que representan Reino Unido y España. Pero lo que quería decir se entendió por todos.
La guerra de Irak supuso un shock, que obligó a los países constitutivos de la Unión Europea a reflexionar sobre su propia identidad y su lugar en el mundo. Dicha reflexión se expresaría a través de manifestaciones masivas contra la guerra en las ciudades europeas o en reflexiones intelectuales como las del recientemente fallecido Jürgen Habermas y Jacques Derrida, que articularon una visión kantiana de la identidad europea enraizada en el multilateralismo, el derecho internacional y el poder blando (soft power). En contra de lo que pareció ser en un primer momento, la guerra de Irak de 2003 se convirtió en un momento central en la afirmación de la identidad europea. Especialmente tras el reconocimiento del fracaso por quienes pusieron en marcha la operación bélica. Con la excepción de José María Aznar, todos se han disculpado por la decisión.
El segundo desafío que está suponiendo la guerra de Irán es distinto y mucho más preocupante. En 2003 los Estados Unidos se sintieron obligados a debatir en Naciones Unidas y a intentar justificar ante la opinión pública mundial la razón que le asistía para llevar la guerra a Irak. No aceptaron la decisión de Naciones Unidas e hicieron una guerra ilegal, pero no marginaron por completo a la institución y no dejaron de sentir la necesidad de dar explicaciones.
En 2026, Donald Trump no solamente ha anunciado, en declaraciones a The New York Times, que no se considera limitado por el Derecho Internacional, sino únicamente por “su propia conciencia”, sino que, además, ha dejado clara cual es Estrategia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos, en la que las Naciones Unidas y el derecho internacional brillan por su ausencia.
El orden mundial sin reglas no es cosa del futuro. Está ya aquí. Las ejecuciones extrajudiciales en las costas venezolanas, el secuestro de Nicolás Maduro, la apropiación de facto del petróleo de Venezuela, la amenaza sobre Groenlandia, el chantaje a México y la guerra de Irán son manifestaciones de ese mundo sin reglas. Es un elemento constitutivo de la estrategia de Donald Trump.
También en este desafío pareció en un primer momento que la Unión Europea podía dividirse, como lo hizo en 2003, y que podía dejar arrastrarse por Estados Unidos en sus aventuras unilaterales. Pero no ha sido así por el momento. El “No a la Guerra” de Pedro Sánchez ha conseguido que los países de la Unión Europea y la propia Comisión Europea hayan ido corrigiendo lo que parecía ser una pulsión seguidista de la política de los Estados Unidos, para acabar reafirmando el no a la guerra como seña de identidad de la Unión.
El “No a la Guerra” de Pedro Sánchez se ha convertido en “esta no es nuestra guerra” del conjunto de los países de la Unión Europea.
El desafío de los Estados Unidos a la Unión Europea no ha hecho más que comenzar y queda mucho recorrido por delante. La visión kantiana de Habermas y Derrida necesita ser reafirmada, porque dicha visión es la raíz constituyente de la Unión Europea.