Periodista, gestor cultural y cineasta —

0

Con la República también llega el cine sonoro. España se llenó de salas de cine, acogedores espacios que pasaron del modernismo al decó y el racionalismo. Eran las nuevas catedrales; cómodas, oscuras, iluminadas por las luces de la pantalla y llenas de aventuras, amores, canciones y dramas. El cine era mejor que la vida. Y era mucho mejor llorar por desgracias de ficción que por nuestra realidad. La Arcadia de todas las noches, la evasión de la realidad. El cine, que había empezado documentando realidades, encontró su éxito de masas en los mundos de ficción. Comedias, zarzuelas adaptadas, pasiones, mundo elegante, dramas históricos o amores populares. Todo era posible en aquellas pantallas que empezaban a saber hablar y saber cantar. Estaba comenzando la fábrica de mitos y sueños. Real irrealidad que seguimos necesitando.

El cine también es industria, negocio, capital y empresa. Los empresarios, la mayoría, no eran muy republicanos. El negocio del cine en la República estaba en manos de la burguesía, liberal o conservadora, lejos del obrerismo o los sindicatos. Enorme tinglado multinacional crecido en Hollywood, que pasa por París, Berlín y llega a un país en modernización de usos y costumbres pero todavía muy dominado por lo teatral.

Los tiempos necesitaban 'star system', modernidad y glamour. Se exportaba un nuevo estilo en las evasiones. Tocaba ser cosmopolita y transformar aquella diversión popular que venía del sainete, la zarzuela, las varietés… pero los gustos no se cambian por decreto constitucional, ni real. El cine era un lugar de evasión interclasista, patio de butacas de los más pudientes, gallinero del pueblo. Sonrisas y lágrimas durante unas horas por pocas pesetas. Saber pasar del mundo silente al sonoro, del exceso teatral al nuevo estilo. Interpretar en un escenario menos directo, más sofisticado.

El cine es una poderosa arma de forjar sensibilidades. Cuando las izquierdas se pusieron a mirar a las pantallas, las derechas ya habían ocupado la plaza

De la media distancia al primer plano. Un tinglado de la nueva farsa, un espectáculo de masas sentadas en cómodas salas oscuras. Se necesitaban técnicos, cámaras, guionistas, directores y estrellas. Malos y galanes, hermosas y pérfidas, trágicos y cómicos. El cine no era teatro filmado, la dicción era otra, los movimientos diferentes. En muy poco tiempo eso se supo transformar. Nació la fotogenia.

Pioneros en Hollywood

Algunos pioneros acudieron a la llamada de Hollywood. El mercado del cine en español estaba abierto a ser colonizado, muchos hablantes y poca industria cinematográfica. Por distintas razones, las versiones en español no funcionaron como se esperaba. Sin embargo el paso por Hollywood de Benito Perojo, López Rubio, Jardiel Poncela, Edgar Neville, Rosita Díaz Gimeno, Miguel Ligero o Rafael Rivelles, entre otros, fue trascendental para nuestros cineastas y actores. Aquel aprendizaje fue esencial para el desarrollo del cine sonoro de la República. Pasar por el imperio de los grandes estudios, Fox, Metro-Goldwin-Mayer o Paramount, representó un acelerado taller de formación. La operación de ocupar los mercados castellanohablantes estaba en marcha. Se produjeron más de cien películas norteamericanas en castellano. Muy pocas fueron dirigidas por españoles, Florián Rey, Martínez Sierra, Benito Perojo o Xavier Cugat fueron algunos de los pocos elegidos. Con la excepción de Cugat, todos dejaron la meca del cine y terminaron trabajando en el cine nacional.

En los primeros tiempos republicanos se crearon los primeros estudios cinematográficos. En Barcelona, Orphea; en Madrid, C.E.A. (Cinematografía Española Americana) y en Valencia, CIFESA. Apenas teníamos cineastas, como se evidencia en una cena fundacional de CEA en Lhardy. Allí se dan cita autores y compositores que poco sabían del nuevo arte. Jacinto Benavente, Arniches, los Álvarez Quintero, Muñoz Seca, Luca de Tena, Luis F. Ardavín, Jacinto Guerrero y comerciantes, banqueros e industriales del poder financiero madrileño, prácticamente todos de cercanías monárquicas y ajenos al nuevo lenguaje. Sus objetivos eran “la producción y explotación de películas españolas habladas, sonoras o mudas, de todas clases, incluyendo noticiarios y películas pedagógicas”. Dicho eso, constituida la sociedad, había que encontrar y formar cineastas.

Un destacado crítico cinematográfico, Hernández Girbal, escribió: “Al cine español le estorban los autores teatrales”. Seguramente tenía razón, pero hay que reconocer que las películas de éxito durante la República salieron, principalmente, del teatro y la zarzuela. El cine es una poderosa arma de forjar sensibilidades, gustos, modas y fama. A la República el cine le pilló en el teatro. Cuando las izquierdas republicanas, ateneístas e ilustradas, se pusieron a mirar a las pantallas, las derechas —ya fueran cosmopolitas o saineteras— ya habían ocupado la plaza.

Se crea en 1933 el Consejo Nacional de Cinematografía con la intención de desarrollar la incipiente industria. Hay un debate sobre cómo dar las subvenciones, sobre cómo promover un cine patrio y cuáles deberían ser los gravámenes al cine de fuera. Así seguimos, casi cien años después y el debate sigue abierto. En aquellos albores tenía más fuerza la postura liberal que la proteccionista, pero el Gobierno republicano quería intervenir en aquello que cada día era más popular y podía tener más influencia. Uno de nuestros cineastas de mayor prestigio y éxito, Florián Rey, se manifestaba bastante hostil contra la intervención gubernamental: “¡Que el Estado no se acuerde nunca de nosotros es lo que más deseo! Nuestros políticos no están capacitados para defender ningún arte y menos al cine cuya modernidad no encuadra en los viejos moldes de nuestra política”. No era el único que pedía menos intervención estatal. El imprescindible Edgar Neville, pionero de la modernidad de nuestro cine —“cínico sentimental, egoísta abnegado, epicúreo estoico”, en palabras de Luis Escobar— se pronunció con una seriedad que no era su estilo: “No necesitamos más protección que el abaratamiento de materias primas, cintas, material cinematográfico y que se levanten los impuestos”. O Benito Perojo, del que Buñuel y su grupo se burlaban hablando del “perojismo” del cine español, que reivindicaba un cine comercial, entretenido, vodevilesco y robustecedor de nuestra industria nacional, ya entonces decía: “Hay que producir menos y mejores películas”.  Desde luego no se podía decir que Perojo o Florián Rey —los dos con bagaje cinematográfico internacional— no supieran de qué hablaban. Con sus películas, que se podrían definir como españoladas, fueron capaces de poner de moda el cine entre las clases populares. Crearon algunos de sus mitos —Imperio Argentina, Estrellita Castro, Rosita Díaz Gimeno, Rafael Rivelles, Miguel Ligero— que crearon nuestro primer 'star system' en español. Se quejaba Florián Rey que cuando hacían una buena película “española”, parte de la crítica la halagara diciendo que tenía un carácter internacional. Rey reivindicaba lo español sin complejo.

Todos aquellos éxitos de nuestro cine en tiempos republicanos, algunos de gran calidad cinematográfica, fueron la base —con más censura y exaltación patria— del cine popular en el franquismo. Se crearon productoras, estudios, se exportaron y formaron técnicos, crecían salas de cine y ya se podía hablar de una industria del cine español. Muchos estudiosos afirman que entre los años 35 y 36 el cine español alcanzó la cota de prosperidad más alta de su historia. Uno de los historiadores de referencia, Román Gubern —además de necesario para conocer la historia del cine republicano, también lo es para la historia del cine en general— dice que aquella fue “la edad de oro del cine español”.

Entre discusiones de clásicos y modernos, cosmopolitas o castizos, se está forjando el cine en la República. Todavía lejos de competir con las producciones americanas —el eslogan de ECESA (Estudios de Cinematografía Española) era: “¡Españoles! ¡España está en manos del cine extranjero!”— algunas películas tuvieron tal éxito de público y comercial que fueron capaces de aventajar en cifras y espectadores a las grandes producciones de Hollywood. Así CIFESA —que tendría larga vida en el franquismo— se convirtió en una empresa de gran atracción para el capital. Símbolo de productora nacional y cercana a las derechas, supo crecer porque supo dónde conseguir el público. No le hizo falta contar con las ayudas al cine del gobierno republicano.

Productora fundamental en los años republicanos fue Filmófono, creada por Ricardo Urgoiti, hijo del fundador de Papelera Española y el diario El Sol. Muy pronto en esa productora más progresista, burguesa e ilustrada se dieron cuenta que el tema “español” llenaba las salas del nuevo cine sonoro. Ellos habían importado los primeros filmes soviéticos y las películas de algunos prestigiosos directores europeos (Pabs, Duvivier, Dreyer, Clair) que les dieron más prestigio que dinero. Apuesta cinéfila que se podían permitir por ser también los importadores de las primeras cintas de Walt Disney y del ratón Mickey. Culto y liberal, sí, pero Urgoiti era un empresario; cuando su amigo Luis Buñuel —que venía precedido de los escándalos de las películas surrealistas con Dalí, y de la prohibición del documental 'Tierra sin pan'— le dijo que quería producir películas populares, el empresario amigo desconfiaba. Sin embargo, cuando Buñuel le presentó el primer proyecto, 'Don Quintín el amargao', versión de un sainete de Arniches, no lo tenía claro. Pero cuando el aragonés le dijo que ponía dinero —prestado una vez más por su madre para reiniciar su carrera en el cine, en otro cine— el empresario puso fin a sus dudas y aquella fue la primera producción de Filmófono. Buñuel había dejado dicho lo siguiente: “realizar un filme comercial que ha de ser contemplado por millones de ojos y cuya línea moral sea prolongación de la que rige mi propia vida, es empresa que consideraré como una suerte emprender”.

Y así fue, más que un productor fue el factótum de las populares películas republicanas de Filmófono, distintas —'ma non troppo'— a las otras de sus competidoras. Al éxito de la primera películas sucedió otro aún mayor: 'La hija de Juan Simón', adaptación de una obra de teatro que codirigieron Buñuel y Sáenz de Heredia, con el muy popular e izquierdista cantante flamenco, Angelillo. Y allí nació una estrella: Carmen Amaya. Primera aparición de una adolescente de presencia arrebatadora. Gran éxito en todo el mundo hispano. Filmófono y Buñuel demostraron que lo popular y español podía ser sinónimo de buen cine. Cuando se terminaba el rodaje de otro sainete de Arniches, 'Centinela alerta' —dirigida por el amigo de Buñuel, Jean Gremillon y otra vez con la presencia de Angelillo— estalló la guerra. La distribución quedó reducida a territorios republicanos  Los proyectos de rodar 'Fortunata y Jacinta', 'Tirano banderas', otra inspirada en la obra de Baroja, 'La lucha por la vida', y otras basadas en obras de Galdós, quedaron truncados. La guerra terminó con ese intento tan digno de hacer buen cine con historias y autores españoles.

Carismático Neville

Hay que reconocer que el indudable éxito popular de algunas producciones de CIFESA, y de alguna otra productora, no eran deudor del espíritu renovador de la República. 'La verbena de la Paloma' de Perojo, 'Morena Clara' o 'Nobleza baturra' de Florián Rey, donde el casticismo, el honor, la honra y el gitanismo estaban tan presentes en ese cine “social conservador”, fueron una demostración de olfato y de buenos cineastas. Y algún mito como la magnética Imperio Argentina. Algunos de aquellos éxitos cinematográficos se siguieron proyectando en ambos bandos de la España en guerra. Ejemplo del transversal gusto popular lo representó 'Morena clara'. Estrenada en el cine Rialto de Madrid en abril de 1936, amortizó su coste de 520 mil pesetas, con aquellos primeros pases y siguió recaudando éxito y dinero en las dos zonas en guerra.

Hemos hablado de Edgar Neville, nombre fundamental de nuestro cine, de nuestra cultura, aristócrata, afiliado al partido de Azaña en la República, diplomático sin vocación, culto, mundano, bebedor, vividor y franquista heterodoxo. Supo gastar la vida viviendo como quiso. En sus años republicanos filmó 'El malvado Carabel', 'La señorita de Trevélez' o 'Música de fondo' y justo en el paso entre monarquía y república —producida por la muy singular Rosario Pi— una comedia llamada 'Yo quiero que me lleven a Hollywood'. Su carrera como autor y cineasta siguió en la guerra con películas de propaganda franquista y en el franquismo realizando cine muy poco franquista.

Entre los años 1935 y 1936, el cine español alcanzó la cota de prosperidad más alta de su historia, según muchos estudiosos

No hay una marca de cine republicano. Hay muchos cines, muchos estilos: policíaco, frívolo, musical, histórico, dramático, religioso, cómico, documental o excéntrico. Cine perdido, cine rescatado tan sorprendente como 'Carne de fieras', del anarquista Armand Guerra, con el primer desnudo de nuestro cine interpretado por Marlene Gray.  

Se incorporó al cine como productora, guionista y directora una mujer pionera, Rosario Pi, que realizó 'El gato montés', interesante opera prima. Otra de nuestras grandes películas, demasiado olvidada, fue 'La traviesa molinera' de Harry d'Abbadie d'Arrast. La única película que eligió Chaplin para salvar en el MOMA.

Sin duda, cine español y República van unidos, fue el periodo de mayor auge de nuestro cine. Una cinematografía, desigual artísticamente, pero capaz de llegar a todos los públicos. Revisarla hoy es una sorpresa y una lección para los que dudan del mundo abierto y los evidentes contrastes que hubo durante la Segunda República. Escribió entonces el crítico Villegas López: “de este actual periodo de actividad y optimismo desbordados quedará lo que deba quedar: un indudable progreso técnico, que servirá de base a los realizadores futuros para intentar otras rutas del cinema español”. Se tardaron unos años, pero se consiguió, incluso en pleno franquismo. Pero esa es otra película.