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El documental que derriba los prejuicios hacia los menores no acompañados

Javier Zurro

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Durante la pandemia de la COVID-19, las personas migrantes y refugiadas dejaron de estar en el foco. Cuando en España retornaron a los titulares de las noticias fue porque la extrema derecha les utilizó para una campaña manipuladora donde los menores migrantes que llegan solos a Europa eran objeto de odio. Un visionado masivo dl documental Monte Tropic, una historia del confinamiento, de Andrés Duque, que se ha podido ver en el festival Documenta Madrid, funcionaría para contrarrestar los mensajes racistas y xenófobos, y que el público pudiera acercarse a la realidad de estos menores migrantes no acompañados

Rodrigo Sorogoyen: "En Movistar han decidido que no se hable de la Guerra Civil"

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Se trata de un trabajo que huye de los vicios del clásico documental y que coloca su cámara en el día a día, durante la pandemia, de jóvenes que acaban de traspasar la mayoría de edad y que, por ello, quedan abandonados a su suerte por el sistema de protección del Estado español. Hasta ese 18 cumpleaños, los protagonistas de este filme han pasado por centros, cursos y charlas sin conseguir una oportunidad laboral. No perciben una voluntad de integrarles en la sociedad. Les vemos durante la pandemia, sin nada que hacer, y hablando de un cotidiano en el que proyectan sus frustraciones. 

Esa frontera de la mayoría de edad es clave, y está invisibilizada en relación a otras etapas vitales de las personas migrantes. Dejan de tener el respaldo especial derivado de las normas internacionales de protección a la infancia y tienen que buscarse la vida. Siguen siendo niños aunque para el Estado no lo sean. Hay quien comete pequeños delitos para sobrevivir y algunos pasan por la cárcel, donde confirman que “si no espabilas, no sobrevives” y que “si no tienes un abogado privado, no sales”. Hablan con sus familias en su país de origen, Marruecos, mandan el poco dinero que ganan y buscan la forma de traer a sus hermanos de manera irregular, arriesgando la vida para tener otra mejor.

El título del documental hace referencia al Monte Tropic, un monte submarino al suroeste de las Islas Canarias y que se ha convertido en el objetivo de muchos países por sus grandes reservas de telurio, cobalto y litio. De fondo, tras las conversaciones de estos migrantes escuchamos a los políticos de Marruecos y España pelearse por ese Monte Tropic. Un lugar físico que sirve como metáfora de lo que ocurre con estos jóvenes. Porque la inmigración está atravesada por las relaciones diplomáticas y mercantiles entre ambos países, y los derechos humanos no son la prioridad. Monte Tropic muestra las tensas relaciones entre ambos reinos y casi anticipa lo que hace poco ocurrió: el inesperado reconocimiento de Pedro Sánchez de la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara.

El documental se parte a la mitad cuando el director introduce material de archivo de las declaraciones de Iván Espinosa de los Monteros desplegando el discurso de odio de Vox hacia los menones extranjeros no acompañados. Contrarresta sus declaraciones mostrando la situación en la que los menores llegan en las pateras, exhaustos y a punto de la muerte, sin fuerzas ni para llegar a la orilla. También enseña los centros residenciales que dan acogimiento a estos jóvenes y muestra que, tras pasar años en España, necesitan demostrar una solvencia económica o un contrato laboral, difícil de conseguir, para poder obtener el permiso de residencia. Un permiso cuyas condiciones se han endurecido en los últimos tiempos.

A partir de ahí, el filme cambia hacia una segunda parte casi onírica al colocar a estos jóvenes en una obra de teatro en la que reproducen sus experiencias. Cuentan por qué quisieron huir. “Fútbol, Dios y destino, eso es lo único que hay aquí”, dice uno de los protagonistas. Otro explica el periplo de varios días sin dormir hasta que llegó a Barcelona. Sin dinero, “en la miseria” y con una edad complicada para recibir ayuda. A los más pequeños les dan prioridad, mientras que los adolescentes se quedan esperando en centros donde duermen con doce personas en una pequeña habitación.

Al final hay un atisbo de optimismo. El que surge gracias a programas como el Proyecto Sostre 360 de la Generalitat Catalana y con el que se les da una oportunidad a todos esos jóvenes que a partir de los 18 años se sienten perdidos. Se les asigna una paga semanal, cursos profesionales, se les orienta para tener acceso a la sanidad, se les tutoriza y se les acoge en una residencia. Monte Tropic termina con un plano esperanzador, con esa misma persona que comenzaba hastiada sin hacer nada y que sonríe con energía. Un trabajo para derribar prejuicios ante un tema que sigue siendo un arma política.

Durante la pandemia de la COVID-19, las personas migrantes y refugiadas dejaron de estar en el foco. Cuando en España retornaron a los titulares de las noticias fue porque la extrema derecha les utilizó para una campaña manipuladora donde los menores migrantes que llegan solos a Europa eran objeto de odio. Un visionado masivo dl documental Monte Tropic, una historia del confinamiento, de Andrés Duque, que se ha podido ver en el festival Documenta Madrid, funcionaría para contrarrestar los mensajes racistas y xenófobos, y que el público pudiera acercarse a la realidad de estos menores migrantes no acompañados

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Se trata de un trabajo que huye de los vicios del clásico documental y que coloca su cámara en el día a día, durante la pandemia, de jóvenes que acaban de traspasar la mayoría de edad y que, por ello, quedan abandonados a su suerte por el sistema de protección del Estado español. Hasta ese 18 cumpleaños, los protagonistas de este filme han pasado por centros, cursos y charlas sin conseguir una oportunidad laboral. No perciben una voluntad de integrarles en la sociedad. Les vemos durante la pandemia, sin nada que hacer, y hablando de un cotidiano en el que proyectan sus frustraciones. 

Esa frontera de la mayoría de edad es clave, y está invisibilizada en relación a otras etapas vitales de las personas migrantes. Dejan de tener el respaldo especial derivado de las normas internacionales de protección a la infancia y tienen que buscarse la vida. Siguen siendo niños aunque para el Estado no lo sean. Hay quien comete pequeños delitos para sobrevivir y algunos pasan por la cárcel, donde confirman que “si no espabilas, no sobrevives” y que “si no tienes un abogado privado, no sales”. Hablan con sus familias en su país de origen, Marruecos, mandan el poco dinero que ganan y buscan la forma de traer a sus hermanos de manera irregular, arriesgando la vida para tener otra mejor.

El título del documental hace referencia al Monte Tropic, un monte submarino al suroeste de las Islas Canarias y que se ha convertido en el objetivo de muchos países por sus grandes reservas de telurio, cobalto y litio. De fondo, tras las conversaciones de estos migrantes escuchamos a los políticos de Marruecos y España pelearse por ese Monte Tropic. Un lugar físico que sirve como metáfora de lo que ocurre con estos jóvenes. Porque la inmigración está atravesada por las relaciones diplomáticas y mercantiles entre ambos países, y los derechos humanos no son la prioridad. Monte Tropic muestra las tensas relaciones entre ambos reinos y casi anticipa lo que hace poco ocurrió: el inesperado reconocimiento de Pedro Sánchez de la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara.

El documental se parte a la mitad cuando el director introduce material de archivo de las declaraciones de Iván Espinosa de los Monteros desplegando el discurso de odio de Vox hacia los menones extranjeros no acompañados. Contrarresta sus declaraciones mostrando la situación en la que los menores llegan en las pateras, exhaustos y a punto de la muerte, sin fuerzas ni para llegar a la orilla. También enseña los centros residenciales que dan acogimiento a estos jóvenes y muestra que, tras pasar años en España, necesitan demostrar una solvencia económica o un contrato laboral, difícil de conseguir, para poder obtener el permiso de residencia. Un permiso cuyas condiciones se han endurecido en los últimos tiempos.

A partir de ahí, el filme cambia hacia una segunda parte casi onírica al colocar a estos jóvenes en una obra de teatro en la que reproducen sus experiencias. Cuentan por qué quisieron huir. “Fútbol, Dios y destino, eso es lo único que hay aquí”, dice uno de los protagonistas. Otro explica el periplo de varios días sin dormir hasta que llegó a Barcelona. Sin dinero, “en la miseria” y con una edad complicada para recibir ayuda. A los más pequeños les dan prioridad, mientras que los adolescentes se quedan esperando en centros donde duermen con doce personas en una pequeña habitación.

Al final hay un atisbo de optimismo. El que surge gracias a programas como el Proyecto Sostre 360 de la Generalitat Catalana y con el que se les da una oportunidad a todos esos jóvenes que a partir de los 18 años se sienten perdidos. Se les asigna una paga semanal, cursos profesionales, se les orienta para tener acceso a la sanidad, se les tutoriza y se les acoge en una residencia. Monte Tropic termina con un plano esperanzador, con esa misma persona que comenzaba hastiada sin hacer nada y que sonríe con energía. Un trabajo para derribar prejuicios ante un tema que sigue siendo un arma política.

Durante la pandemia de la COVID-19, las personas migrantes y refugiadas dejaron de estar en el foco. Cuando en España retornaron a los titulares de las noticias fue porque la extrema derecha les utilizó para una campaña manipuladora donde los menores migrantes que llegan solos a Europa eran objeto de odio. Un visionado masivo dl documental Monte Tropic, una historia del confinamiento, de Andrés Duque, que se ha podido ver en el festival Documenta Madrid, funcionaría para contrarrestar los mensajes racistas y xenófobos, y que el público pudiera acercarse a la realidad de estos menores migrantes no acompañados

Rodrigo Sorogoyen: "En Movistar han decidido que no se hable de la Guerra Civil"

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Se trata de un trabajo que huye de los vicios del clásico documental y que coloca su cámara en el día a día, durante la pandemia, de jóvenes que acaban de traspasar la mayoría de edad y que, por ello, quedan abandonados a su suerte por el sistema de protección del Estado español. Hasta ese 18 cumpleaños, los protagonistas de este filme han pasado por centros, cursos y charlas sin conseguir una oportunidad laboral. No perciben una voluntad de integrarles en la sociedad. Les vemos durante la pandemia, sin nada que hacer, y hablando de un cotidiano en el que proyectan sus frustraciones.