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Entrevista

Isabel Coixet: “El arte no nos cambia, pero ojalá mis películas sean un paréntesis en un mundo incomprensible”

Javier Zurro

4 de febrero de 2026 22:48 h

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Isabel Coixet tiene uno de esos imaginarios propios que son reconocibles con apenas unos fotogramas. Da igual que lo haga con un guion escrito por ella que con una de las adaptaciones que ha hecho en su filmografía. Incluso cuando se ha atrevido con autores tan únicos como Philip Roth, de quien adaptó El animal moribundo en Elegy, su forma de mirar ha acabado impregnando todo.

Eso es lo que ha ocurrido con una nueva traslación de un libro, en este caso los Tres cuencos de Michela Murgia, escritora italiana que murió de cáncer y que basó parte de los relatos que conformaron su obra en su propia experiencia. Un par de ellos son los que han inspirado a Coixet para Tres adioses, un filme que vuelve a tener su sello más que presente actuando como reverso actual de aquella Mi vida sin mí que enamoró a todos en 2003. Una cinta sobre el desamor y la muerte que, irónicamente, se convierte en un canto a la vida gracias a su tono y a la interpretación protagonista de Alba Rohrwacher, que parecía condenada a trabajar con la directora española.

Es una película que aborda la enfermedad y la muerte, pero que ofrece ganas de vivir, ¿era ese el motor de hacer esta película?

Supongo que hay muchas cosas para decir de mi manera de filmar, pero las cosas que se dicen en la película, lo que los personajes piensan… son cosas que me digo a mí misma. Cuando me ofrecieron el proyecto de adaptar el libro de relatos de Michella Murgia, primero dije que no porque pensé que ya lo había hecho, pero, leyendo el libro, había dos relatos que me gustaban mucho. El relato de Antonio, un hombre que deja a una mujer y que no sabe por qué la deja, pero que luego se arrepiente y todos los lugares donde ha estado con ella en Roma se convierten en recuerdos. Y el de una mujer que es dejada por un hombre al que quiere y en la que el dolor de la separación y del abandono se ve sustituido por algo mucho más heavy. ¿Eso es una película sobre la vida, sobre la muerte o sobre la enfermedad? No lo sé. Es que yo no soy tan intelectual.

¿No piensa eso de ‘de qué habla mi película' o es muy de análisis de Comunicación Audiovisual?

Yo, afortunadamente, no he estudiado Comunicación Audiovisual. No lo sé, había algo en esa historia, en esos personajes, que a mí me atrapó y pensé: “Si me atrapa a mí, habrá alguien ahí fuera que se sentirá tocado por esto”.

¿Nota en cada película en qué momento vital estaba?

Sí. YNo necesito ir al psiquiatra, al psicólogo, ni ver mis informes psicológicos, porque cada película para mí es un trozo de mi vida y veo clarísimamente cuándo las decisiones que tomé en cada momento, estéticas, éticas, de guion o de color están muy relacionadas con el momento. Y como soy una montaña rusa...

¿De alguna se ha arrepentido, o no?

Sí.

¿Por cuestiones éticas, estéticas o por todo?

No, porque yo también tengo algo de tirarme a la piscina. Y a veces te tiras a la piscina y dices: “Pero, a ver, tía, esta piscina estaba vacía. Pero yo qué sé. Me podía haber ahorrado sangre, sudor y lágrimas. Sí.

Siento que su cine ha ido un poco a contracorriente de lo que marcaban las normas de la industria en España. ¿Le dijeron mucho que su cine no encajaba?

Todo el rato. Pero me lo siguen diciendo. Con Un amor me dijeron que a quién se le ocurría. Y era la película que quería hacer y la hice de una manera muy íntima. Había algo en ese material que me llamaba. Pero en esta también. 

¿En qué momento deja de importar que le digan ‘esto no'?, ¿nunca ha dudado?

Hombre, siempre es bonito que te apoyen. Estaría bien, pero también me he acostumbrado a remar a contracorriente desde hace muchos años. Entonces ya remas de una manera casi instintiva. 

En la película, los lugares, los restaurantes, las plazas… son contenedores de memorias. Las películas también lo son, ¿hasta qué punto son importantes los lugares donde rueda o elige que sucedan sus historias?

Son fundamentales. El cine, de alguna manera, es lo más parecido a la arquitectura, pero es una arquitectura invisible que tiene que ver con el montaje, con la arquitectura interior, con cómo se cuenta un espacio, cómo la gente habita ese espacio. Me gusta mucho localizar, pero me gusta mucho localizar a mí, no me gusta localizar con 25 personas, eso no lo puedo soportar. A veces hay que hacerlo, es verdad, pero a mí lo que me gusta es ir, ver, estar allí, sentarme, ver cómo funciona la gente, los sitios y luego ya, si eso, pues ya vamos todos.

¿Con la gentrificación cuesta más encontrar sitios para sus películas? 

Siempre hay lugares. La decisión de Tres adioses de entrada fue no rodar en el Centro Histórico de Roma. Lo tenía clarísimo. Rodamos en Testaccio, en el Pigneto, en una parte del Trastevere. A mí, de Roma, lo que me gusta, y tú me dirás que esto es muy genérico, son las señoras que pasean con perritos, que andan despacio. Me gusta el tipo que te hace un café, pero al que no le pides un capuchino a las 11:45 porque dice que ya no es tiempo y que es una cosa de turistas. Y me gustan los desconchados. Si hay una ciudad que tiene unos desconchados que, por favor, no los arreglen nunca, esa es Roma. A diferencia de las personas, cuanto más desconchada y arrugada es una ciudad, más bonita es.

Hablábamos de esta sensación de alegría de vivir que desprende la película, ¿está ahí de alguna forma deliberada, casi como una declaración de intenciones en el momento que vivimos?

A ver, si los cineastas fuéramos coherentes solo haríamos documentales, seguramente, pero hay una pulsión en el cine que te lleva a contar lo que quieres contar, lo que sientes que debes contar. Yo hace muchos años que escribo cada domingo algo sobre lo que pasa, lo que me agobia, qué creo que hay que hacer por ello… Quizá por eso en el cine también me pongo otro gorro. Al final, el gran problema de la realidad no es cómo la cuenta el cine, sino que es la realidad misma. Es verdad que algo que me hizo pensar mucho y quizá desesperarme mucho es cuando hice un documental sobre el Mar de Aral. Se habían hecho poquísimas cosas sobre ese fenómeno.

Yo tuve como una obsesión de decir, en mi cabeza naíf, “si enseñamos realmente un mar que existió, que había una industria pesquera, que la gente navegaba, que había barcos pesqueros y luego enseñamos el desierto, todo el mundo verá que el ecosistema es nuestra principal preocupación”. El documental creo que se ha enseñado en todas las escuelas del mundo… Ni el arte ni la música ni la literatura ni las películas nos hacen mejores. Ojalá. Me encantaría pensar que las películas nos pueden cambiar. A lo mejor mis películas son solo un paréntesis entre un mundo incomprensible. No lo sé.

Pero en sus columnas yo siento que está cada vez más pesimista, son más eminentemente políticas últimamente, como si fuera imposible no impregnarse de todo lo que está pasando.

Sí, claro, es que lo que escribo también soy yo. Y los programas de radio que hago también soy yo. Pero también es verdad que ahí hay un vehículo para vehicular las cosas que siento, pienso y quiero decir, sin dar ni sermones ni discursos. Siento que mi experiencia sirve para desbrozar algo. En el cine, quizás de alguna manera inconsciente, siento que mi deber no es hacer que la gente salga para cortarse las venas.

Ha estado de profesora de cine en Nueva York. ¿Cómo ha sido la experiencia como docente?

Para mí ha sido muy gratificante. Yo iba con una angustia que no he tenido en ningún rodaje porque yo solo había dado master class y cosas de este tipo. Uno de mis desafíos era enseñarles cosas que no conocieran. Y compartir también, y por eso he llevado al aula a la programadora más importante de Toronto, a actores jóvenes como Sam Nivola, a Patricia Clarkson, Emily Mortimer, Antonio Campos… toda la gente que yo conozco para que realmente compartieran experiencias reales. Y, en ese sentido, creo que la gente estaba contenta. También me ha permitido tutorizar proyectos muy concretos, muy interesantes. Tenía alumnos chinos, iraníes, libaneses, americanos, a Joecar Hanna, que es un español de madre china que es un tipo con un talento inmenso… Yo también estoy tan acostumbrada a transmitir lo que pienso a través de la escritura que siempre pienso que cuando hablo solo transmito como el 20% de lo que estoy pensando.

El otro día en los Grammy todos hablaban de ICE, que me parece cojonudo. Pero luego hablaban de Dios… Dejemos a Dios también fuera de esta ecuación, porque es parte del problema

 ¿Y cómo ha sido vivir el EEUU actual?

Yo creo que es el acta de defunción del sueño americano. El otro día, en los Grammy y en todos estos premios, me pareció cojonudo que todos hablaran de ICE. Pero luego hablaban de Dios, a mí eso ya… Dejemos a Dios también fuera de esta ecuación, si es posible, porque es parte del problema. Para mí, al menos. Quizá el autor que mejor lo ha descrito y que para mí es un gran visionario aparte de un gran escritor es Philip Roth. Pastoral Americana es un libro que yo recomiendo porque, para mí, ahí están los gérmenes de lo que está ocurriendo ahora. Está ese momento en la historia de EEUU donde se pierde la inocencia. Pero la inocencia es algo que resulta muy difícil de matar. Entonces, esto de “somos americanos”… ¿Qué es ser americano? Primero, América es un continente.

Sí, creo que estamos en el funeral del sueño americano. Y todos conocemos mucha gente allí que hace como que todavía es un ideal. Pero, ¿es un ideal neofeudalista, neocapitalista? Tenemos también el deber en Europa, creo, de hablar de eso y preguntarnos, ¿América es nuestro aliado, necesitamos un aliado de verdad o cómo es esto? ¿Dónde estamos respecto a este funeral? Porque yo creo que EEUU hoy es un gobierno fascista.

¿Lo ve extrapolable? ¿Ve el funeral de Europa cerca?

Hay indicios. Hay muchos indicios. También es verdad que en un mundo convulso la gente se aferra a las peores opciones porque les parecen las más seguras. Pero esta seguridad yo creo que está totalmente muy mal valorada. No podemos pensar que la solución está en votar a gente como Abascal o como Trump o como Orbán, que ya sé que es verdad, que Putin también fatal…

Viendo su filmografía me he dado cuenta de que sí ha hecho series, pero las películas son todas para salas de cine. El otro día Oliver Laxe hablaba de ese compromiso político de no trabajar para Netflix, ¿mientras pueda lo hará?

Bueno, Guillermo del Toro también decía hace años lo mismo. Supongo que si quieres hacer un sueño como el suyo de Frankenstein o el caso de Noah Baumbach, que hace estas películas de 170 millones de dólares, que me parece un poco demasiado…

No. Bueno, miento. Uno sí que tengo, pero ese no me lo van a financiar, ya te lo digo, porque cada vez que se lo cuento a alguien que podría estar cerca de los financiadores, me miran raro. Pero me da igual. Pienso que además hay muchas maneras de hacer las cosas. El otro día vi La chica zurda y estuve hablando con la directora y con Sean Baker y toda la película es la mirada de esa niña retratada con dos iPhone 13. Los cineastas ahora tenemos muchísimas herramientas para contar las cosas. Todos queremos que nos den el cheque en blanco, pero hay maneras. Una vez me dijeron que mi animal espiritual era el mapache, que me parece bien, pero creo que en realidad mi animal espiritual es la anguila, porque está ahí, en el fondo de la laguna. Si yo no hubiera sido una anguila, no hubiera hecho tantas películas.

Vídeo de la entrevista completa

Vídeo: Adrián Torrano