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Festival de Venecia

Lee Chang-dong reclama el León de Oro con ‘Possible Love’, una sobresaliente mirada a cómo el cine vampiriza a la clase obrera

7 de septiembre de 2026 22:30 h

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El cine siempre ha sentido una fascinación por la clase obrera. Ya en sus primeros compases, los hermanos Lumière lo primero que retrataron fue a los trabajadores de su fábrica en 1895. Ahí ya se evidenciaba una fricción que se alargaría hasta nuestros días, ¿cómo alguien que viene de una élite, de una clase alta burguesa y rica, puede retratar a aquellos con los que apenas se junta? En el caso de los Lumiére solo fue una cámara fija grabando cómo salían de su trabajo, pero según el lenguaje cinematográfico avanzaba y las narrativas se complejizaban, ese conflicto de clase entre los que miraban y los que eran observados se hacía más evidente.

En 2026 el cine lo sigue haciendo, en un gran porcentaje, gente pudiente. Aunque la tecnología ha democratizado el acceso a quien tiene una cámara de cine (que ahora todos pueden poseer en su teléfono móvil), son pocos los que consiguen las becas necesarias para entrar en las escuelas de cine. Todo esto viene a cuento para hablar de la gran película de este Festival de Venecia (y aunque quedan varias jornadas es difícil que se encuentre una obra tan compleja e inteligente), Possible Love, del cineasta coreano Lee Chang-dong.

El director de títulos como Burning o Poetry —donde ya la clase social y los roces entre ellas estaban— era uno de los nombres más esperados de la Sección Oficial con su primera película en ocho años. La espera ha merecido la pena, Possible love es magistral. Una mirada incisiva, inteligente, llena de capas y detalles a cómo el cine vampiriza a la clase obrera para su propio beneficio: ya sean premios o limpiar la culpa.

Lo cuenta a través de las relaciones entre dos parejas. Una, de clase obrera, vive marcada por un despido masivo en una fábrica que ha hecho que el marido, sindicalista y apaleado en las manifestaciones para intentar detenerlas, caiga en el alcohol y la depresión. La otra, rica, está formada por un empresario que va de moderno y distinto, y una mujer que quiere rodar un documental sobre aquel despido masivo.

Esta directora quiere contar lo que les ocurrió, pero lo hace desde la condescendencia, desde las buenas intenciones de las que está plagada el infierno, y sin plantearse la gran pregunta: la moralidad de lo que cuenta y de cómo lo cuenta. Las relaciones entre los cuatro personajes irán rozando. Del roce se desprenderán primero pequeñas astillas en forma de dardos (¿cuánto cuesta la ropa de la directora mientras rueda a obreros en paro?) que terminarán formando un incendio cuando las dos parejas decidan pasar un fin de semana juntos en la lujosa casa de la playa de los ricos.

No hay discursos ampulosos, no hay frases de carpeta y taza de desayuno. Hay mucha verdad, mucha intención y una inteligencia y sensibilidad desbordante para saber mirar a estos cuatro personajes. No son personajes planos, sino a veces ambiguos y hasta contradictorios, y por tanto, reales. Algo que se ve en temas como el deseo (incluso sexual) que tiene la mujer obrera por el empresario o el complejo de clase y culpa por querer y hasta paladear lo que tienen los otros y ellos no han logrado a pesar de partirse el lomo.

Lee Chang- Dong construye, como en sus anteriores obras, su clímax final a fuego lento, poco a poco, dando espacio para que todo se construya de forma natural, sin artificios ni aspavientos. Y logra lo más complicado, que uno tenga la impresión que nada sobre en sus casi tres horas de metraje, que van trufándose de imágenes de esas manifestaciones sindicales, de las entrevistas a los obreros y de conversaciones donde parece que nada pase mientras lo que ocurre es la vida. Todo hasta llegar a ese tercio final donde la lucha de clases se hace más encarnizada y donde esa vampirización llega a sus máximas consecuencias, como evidencia una escena en la playa donde un paneo horizontal revela que para la directora, lo más importante es la obra y lograr la gran entrevista final para su proyecto.

Es inteligente hasta el título, ese Amor posible que parece referirse al de las parejas, pero que va mucho más allá y a una pregunta mucho más compleja, ¿puede un director burgués amar realmente a los personajes que retrata cuando los va a dejar tirados tras la claqueta final?, ¿pueden amar a esos que normalmente tienen como criados?

Una de las ironías de Possible love es que con todo su discurso sobre cómo el capitalismo revienta a la clase obrera, haciendo que hasta el amor sea imposible para ellos, el filme haya sido producido por Netflix. A pocas semanas de comenzar a rodar, los productores de Possible love abandonaron el proyecto, y fue la plataforma, cuyos contenidos en el país son una de sus grandes apuestas, las que salvaron una película que si no, se hubiera quedado en el cajón sin hacerse. Ahora apunta al León de Oro y es la elegida por Corea del Sur para representarlos en los Oscar.

Mujeres desconocidas

Una de las polémicas de este Festival de Venecia es la falta de mujeres en la Sección Oficial en competición por el León de Oro. Solo dos, y una de ellas codirigiendo junto a un hombre. La única mujer dirigiendo en solitario es May el-Toukhy, que ya revolcó a los espectadores con su anterior filme, Reina de corazones, y que en su nueva película, Woman Unknown, hace lo mismo con una interesantísima e incómoda mirada a las mujeres que fueron señaladas tras la Segunda Guerra Mundial por acostarse con nazis.

El-Toukhy muestra a una de ellas que, tras haber tenido una relación de la que apenas se dan detalles, está prometida con un danés que celebra la victoria de los aliados. La directora no la juzga ni la señala, sino que intenta entender cómo muchas mujeres sobrevivieron en la guerra usando su cuerpo como campo de batalla. Las mujeres como trofeo nacional de vencedores y vencidos. Lo hace con un estilo austero, de pocas explicaciones y muchas preguntas incómodas. Todo comandado por una interpretación llena de silencios de Mathilde Arcel.

La cineasta muestra la hipocresía de muchos países que miraron a otro lado sabiendo que muchos se habían lucrado vendiendo productos a los nazis, pero rapó y vejó a las mujeres que habían tenido sexo con ellos. La cineasta intenta entenderla analizando aspectos como la clase social, el deseo y la supervivencia. Con una protagonista imperfecta, compleja y ambigua, May el-Toukhy ha hecho un filme que se queda pegado y rascando decenas de preguntas cuando uno sale de la sala. No debería irse sin premio.