'¡NOP!' hará que no vuelvas a mirar al cielo con los mismos ojos

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Una moneda cae a la velocidad de la luz desde el cielo e impacta sobre un ojo de Otis Haywood, entrenador de caballos para Hollywood que, en ese mismo momento, se desploma de su montura. El comienzo de ¡NOP! es un minúsculo juego del despiste comparado con el que Jordan Peele somete a la audiencia durante toda su película, y que consigue que no apartemos la vista de la pantalla durante dos horas. En concreto, de la parte superior, matriz de las terroríficas experiencias que ocurren después y donde sucede la magia.

La película presenta a O.J. (Daniel Kaluyaa) y Emerald (Keke Paler), herederos de Otis Haywood que, tras su muerte, se quedan al frente de un rancho decadente que hace años fue el criadero de caballos más importante de los wéstern. Pero esos días quedaron atrás y ahora su única fuente de ingresos procede de un parque temático gestionado por un cowboy asiático y antigua estrella infantil de una sitcom rodada junto a un chimpancé. La aparición de una extraña fuerza gravitatoria en forma de nube, que vuelve a los caballos locos, arranca un thriller de ciencia ficción espectacular, en el sentido literal de la palabra. En ¡NOP! los flashbacks noventeros se entremezclan con los platillos volantes y la sangre con el género de aventuras.

Como viene siendo habitual en la filmografía del neoyorquino, el cielo, los ovnis y las presencias paranormales son solo el anzuelo. ¡NOP! es su propia versión de No mires arriba, porque, mientras lo haces, te pierdes las atrocidades que suceden a ras del suelo perpetradas por humanos, no por extraterrestres. A pesar de lo que parece a simple vista, ¡NOP! es una sátira mucho más sutil que las anteriores del director. También por eso es más desordenada.

El neoyorquino vuelve a las andanzas, pero distanciándose del pelotazo de Déjame salir y de su digna sucesora, Nosotros. El terror psicológico y la asfixia de aquellas quedan relegadas aquí por la magnificencia de los efectos visuales. Si la intención de Déjame salir era subrayar que los monstruos verdaderamente aterradores son los racistas, y en Nosotros que no hay nada tan eterno como el miedo al otro, la de Nope es que la cultura del espectáculo nos impide levantar la mirada y ver lo que ocurre más allá. Que nos hemos dejado anestesiar y eso ha tenido un efecto devastador sobre la empatía y el espíritu crítico.

Lo más curioso de la película es que hace un uso consciente de los mismos tropos del entretenimiento que quiere criticar. Y lo hace con una meta clara: devolver a la gente a los cines. Es una rareza en estos días que una cinta se estrene únicamente en las salas sin haber cerrado un acuerdo previo con una plataforma o incluso sin lanzarla de forma simultánea. Pero Peele se considera un romántico de la experiencia teatral. Así que rascó la billetera, copió la estrategia de los blockbusters y encapsuló sus obsesiones en un espectáculo absolutamente sensorial: raza, ecologismo, maltrato animal, vida extraterrestre y explotación en el cine y la televisión. Todo eso es ¡NOP!.

El estilo de Jordan Peele se ha ido refinando con los años y los mensajes que incluyen sus artefactos de terror se han vuelto más sutiles. Una estrategia inteligente pues, como él dice, “hace diez años nadie me habría comprado esta película”. Lo hacen después de que su director haya sido destacado como una de las 100 personas más influyentes según la revista Time y de saber que todo lo que lleve su apellido va a ser un imán para la taquilla.

Ya no necesita hacer una crítica ácida a las familias de blancos supuestamente tolerantes para que su cine siga siendo uno de los mejores reflejos de la experiencia afroamericana. En ¡NOP! , todos los protagonistas son racializados, pero también hace hincapié en que el primer hombre del cine que fue grabado a lomos de un caballo era negro, una herencia ancestral que el western clásico se encargó de eliminar.

El OVNI tampoco es solo un recurso impresionante de la ciencia ficción, sino que evidencia la demencial costumbre de hacer espectáculo con cualquier cosa. Mientras que el cacharro volador se traga a todo y a todos, los humanos solo piensan en cómo sacarle beneficio económico. Y aquí no hace diferencias moralistas: también los protagonistas son los primeros en buscar el rédito sin escrúpulos. Quizá el mensaje menos elaborado sea el de la crítica a la explotación animal en los set de rodaje, aunque gracias a él existe uno de los momentos más terroríficos de la película.

Los protagonistas están soberbios, desde el introspectivo Daniel Kaluyaa hasta la polifacética Keke Palmer, que roba por completo la función. El principal problema de ¡NOP! es la sensación de batiburrillo. Que Jordan Peele quería salirse de los moldes es una obviedad. Pero, aunque el espectador agradezca que no le den toda la trama masticada y salir del cine rumiando, es muy difícil percatarse de todo lo que quiere contar su director en un primer visionado. Que haga falta leer (o hacer) entrevistas a posteriori para llegar a ver a foto completa, le resta sutileza. Y, aún así, ese es el rasgo que destaca sobre Déjame salir y Nosotros, lo que hace que ¡NOP! sea un rompecabezas fascinante y muy disfrutable.

Una moneda cae a la velocidad de la luz desde el cielo e impacta sobre un ojo de Otis Haywood, entrenador de caballos para Hollywood que, en ese mismo momento, se desploma de su montura. El comienzo de ¡NOP! es un minúsculo juego del despiste comparado con el que Jordan Peele somete a la audiencia durante toda su película, y que consigue que no apartemos la vista de la pantalla durante dos horas. En concreto, de la parte superior, matriz de las terroríficas experiencias que ocurren después y donde sucede la magia.

La película presenta a O.J. (Daniel Kaluyaa) y Emerald (Keke Paler), herederos de Otis Haywood que, tras su muerte, se quedan al frente de un rancho decadente que hace años fue el criadero de caballos más importante de los wéstern. Pero esos días quedaron atrás y ahora su única fuente de ingresos procede de un parque temático gestionado por un cowboy asiático y antigua estrella infantil de una sitcom rodada junto a un chimpancé. La aparición de una extraña fuerza gravitatoria en forma de nube, que vuelve a los caballos locos, arranca un thriller de ciencia ficción espectacular, en el sentido literal de la palabra. En ¡NOP! los flashbacks noventeros se entremezclan con los platillos volantes y la sangre con el género de aventuras.

Como viene siendo habitual en la filmografía del neoyorquino, el cielo, los ovnis y las presencias paranormales son solo el anzuelo. ¡NOP! es su propia versión de No mires arriba, porque, mientras lo haces, te pierdes las atrocidades que suceden a ras del suelo perpetradas por humanos, no por extraterrestres. A pesar de lo que parece a simple vista, ¡NOP! es una sátira mucho más sutil que las anteriores del director. También por eso es más desordenada.

El neoyorquino vuelve a las andanzas, pero distanciándose del pelotazo de Déjame salir y de su digna sucesora, Nosotros. El terror psicológico y la asfixia de aquellas quedan relegadas aquí por la magnificencia de los efectos visuales. Si la intención de Déjame salir era subrayar que los monstruos verdaderamente aterradores son los racistas, y en Nosotros que no hay nada tan eterno como el miedo al otro, la de Nope es que la cultura del espectáculo nos impide levantar la mirada y ver lo que ocurre más allá. Que nos hemos dejado anestesiar y eso ha tenido un efecto devastador sobre la empatía y el espíritu crítico.

Lo más curioso de la película es que hace un uso consciente de los mismos tropos del entretenimiento que quiere criticar. Y lo hace con una meta clara: devolver a la gente a los cines. Es una rareza en estos días que una cinta se estrene únicamente en las salas sin haber cerrado un acuerdo previo con una plataforma o incluso sin lanzarla de forma simultánea. Pero Peele se considera un romántico de la experiencia teatral. Así que rascó la billetera, copió la estrategia de los blockbusters y encapsuló sus obsesiones en un espectáculo absolutamente sensorial: raza, ecologismo, maltrato animal, vida extraterrestre y explotación en el cine y la televisión. Todo eso es ¡NOP!.

El estilo de Jordan Peele se ha ido refinando con los años y los mensajes que incluyen sus artefactos de terror se han vuelto más sutiles. Una estrategia inteligente pues, como él dice, “hace diez años nadie me habría comprado esta película”. Lo hacen después de que su director haya sido destacado como una de las 100 personas más influyentes según la revista Time y de saber que todo lo que lleve su apellido va a ser un imán para la taquilla.

Ya no necesita hacer una crítica ácida a las familias de blancos supuestamente tolerantes para que su cine siga siendo uno de los mejores reflejos de la experiencia afroamericana. En ¡NOP! , todos los protagonistas son racializados, pero también hace hincapié en que el primer hombre del cine que fue grabado a lomos de un caballo era negro, una herencia ancestral que el western clásico se encargó de eliminar.

El OVNI tampoco es solo un recurso impresionante de la ciencia ficción, sino que evidencia la demencial costumbre de hacer espectáculo con cualquier cosa. Mientras que el cacharro volador se traga a todo y a todos, los humanos solo piensan en cómo sacarle beneficio económico. Y aquí no hace diferencias moralistas: también los protagonistas son los primeros en buscar el rédito sin escrúpulos. Quizá el mensaje menos elaborado sea el de la crítica a la explotación animal en los set de rodaje, aunque gracias a él existe uno de los momentos más terroríficos de la película.

Los protagonistas están soberbios, desde el introspectivo Daniel Kaluyaa hasta la polifacética Keke Palmer, que roba por completo la función. El principal problema de ¡NOP! es la sensación de batiburrillo. Que Jordan Peele quería salirse de los moldes es una obviedad. Pero, aunque el espectador agradezca que no le den toda la trama masticada y salir del cine rumiando, es muy difícil percatarse de todo lo que quiere contar su director en un primer visionado. Que haga falta leer (o hacer) entrevistas a posteriori para llegar a ver a foto completa, le resta sutileza. Y, aún así, ese es el rasgo que destaca sobre Déjame salir y Nosotros, lo que hace que ¡NOP! sea un rompecabezas fascinante y muy disfrutable.

Una moneda cae a la velocidad de la luz desde el cielo e impacta sobre un ojo de Otis Haywood, entrenador de caballos para Hollywood que, en ese mismo momento, se desploma de su montura. El comienzo de ¡NOP! es un minúsculo juego del despiste comparado con el que Jordan Peele somete a la audiencia durante toda su película, y que consigue que no apartemos la vista de la pantalla durante dos horas. En concreto, de la parte superior, matriz de las terroríficas experiencias que ocurren después y donde sucede la magia.

La película presenta a O.J. (Daniel Kaluyaa) y Emerald (Keke Paler), herederos de Otis Haywood que, tras su muerte, se quedan al frente de un rancho decadente que hace años fue el criadero de caballos más importante de los wéstern. Pero esos días quedaron atrás y ahora su única fuente de ingresos procede de un parque temático gestionado por un cowboy asiático y antigua estrella infantil de una sitcom rodada junto a un chimpancé. La aparición de una extraña fuerza gravitatoria en forma de nube, que vuelve a los caballos locos, arranca un thriller de ciencia ficción espectacular, en el sentido literal de la palabra. En ¡NOP! los flashbacks noventeros se entremezclan con los platillos volantes y la sangre con el género de aventuras.