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Premios Goya

Oliver Laxe y Albert Serra: los Goya abrazan el cine de autor que antes jugaba en los márgenes

Javier Zurro

25 de febrero de 2026 22:19 h

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En 2006, Albert Serra presentó la que se considera su primera película, Honor de Cavallería. Antes había dirigido, en 2003 y sin estreno comercial, Crespia, pero fue con su siguiente obra cuando llamó la atención de todo el mundo. Llegó al festival de Cannes, a la Quincena de los realizadores. Dos años después repetiría sección con El cant des Ocells; y ya en 2019 ascendería a la sección 'Una cierta mirada', donde logró el Premio Especial del Jurado por Liberté. Tres años después se consagraría con Pacifiction, su primera presencia en la Sección oficial a Concurso del festival más prestigioso del mundo. Las críticas fueron unánimes y hasta estuvo nominado al César a la Mejor película y a la Mejor dirección. 

Por ninguna de esas películas estuvo nominado al Goya. Mientras el resto del mundo se rendía ante el enfant terrible del cine español, la Academia de Cine lo ignoraba una y otra vez. Ni siquiera fue nominado como dirección novel ni en categorías técnicas. Tampoco la increíble fotografía de Artur Tort… Nada. 

Paralelamente, Oliver Laxe comenzaba también su carrera. El gallego debutaría un poco más tarde, en 2010. Lo haría con Todos vosotros sois capitanes, desde el mismo festival, Cannes. En la Quincena de los Realizadores enamoró a la crítica y se llevó el premio Fipresci. La lógica diría que un debut premiado en Cannes lograría, al menos, la nominación a Mejor dirección novel en los Goya. Tampoco. Ni esa ni ninguna otra.

Seis años después presentaría su segundo filme en el mismo certamen. Cambió de sección, y desde la Semana de la Crítica logró el galardón a la Mejor película con Mimosas. El eco de aquel éxito tampoco llegó a la Academia de Cine de España. Cero nominaciones. La suerte de Laxe cambió antes que la de Serra. Con O que arde, en 2019 —donde coincidió con el director catalán— ganó el Premio del Jurado. Esta vez, sí. Esta vez los Goya quedaron conquistados por Benedicta, y la historia de este pirómano que regresa al pueblo logró cuatro nominaciones a los Goya, entre ellas Mejor película y Mejor dirección. Ganó dos: fotografía para Mauro Herce y Actriz revelación para Benedicta Sánchez.

En la edición de 2026, ambos se encuentran en un escenario donde pocos pensaban que se encontrarían, los de unos premios que suelen reconocer un cine más convencional. Sin embargo, la apertura de la Academia ha hecho que en esta ocasión Albert Serra y Oliver Laxe compitan por el Goya a la Mejor dirección. El primero, además, por un documental, Tardes de soledad, su mirada a la tauromaquia con la que ganó la Concha de Oro de San Sebastián. El segundo con Sirat, Premio del jurado en la Sección Oficial de Cannes y nominada al Oscar a la Mejor película internacional.

En 20 años, ambos han pasado de los márgenes, de ser considerados francotiradores fuera de la industria, dos hijos de Cannes olvidados por su país, a estar nominados en los premios de la industria del cine español. Los Goya han ensanchado sus márgenes y, por suerte, ahora entran otras propuestas. 

No quiero estar en ningún saco. No tengo ni maestros, no quiero formar parte de ningún sitio, ni de ningún club, ni de ningún éxito, ni de nada que no sea yo mismo. Solo

En los pasados premios del cine europeo, Serra y Laxe ya se vieron las caras. Ambos atendieron a la prensa española, por separado, y se les preguntó si pensaban que esa conjunción de ambos nominados significaba algo. Para Laxe ambos son fenómenos “que no se pueden comparar” y pedía que no le metieran en ningún saco o grupo. “Yo no voy con nadie más. No me metas en el saco de otras personas que hacen cosas que no tienen nada que ver con las mías. Yo no he visto esta película [Sirat]. Yo voy solo. Llevo mucho tiempo solo. Estoy muy bien donde estoy. No molesto a nadie, y que no me molestan a mí porque yo no me quiero meter en ningún saco de nadie más. No tengo ni maestros, no quiero formar parte de ningún sitio, ni de ningún club, ni de ningún éxito, ni de nada que no sea yo mismo solo. Yo no quiero ser un fan de Scorsese, ni amigo de Scorsese ni amigo de nadie”, decía con su habitual ironía.

Aun así, reconoce que esas películas, “sin haberlas visto, al menos son películas”, y pide que no le hagan decir títulos españoles que no lo son porque le llevaría todo el día. Cree que sí que hay algo en común entre ambas películas, y es “la experiencia”. “Esto es lo que la gente quiere, aunque sea una experiencia con la que yo no estoy de acuerdo, que a mí no me gusta o no me interesa, pero una experiencia diferente de la que habitualmente tienes. Para eso se inventó el cine. La pantalla grande. El acontecimiento. Y si es tan fácil, ¿por qué no lo hacen las plataformas? Pues porque esto requiere un tipo de predisposición del espectador diferente, y claro, allí están obsesionados en que no te distraigas, que estés todo el rato consumiendo”, zanja. 

Laxe cree que este éxito de ambos no es algo “de personas en concreto”, sino que lo ve “algo más generacional”. “Había una manera de hacer cine en España muy clara y se ha complejizado. El ecosistema del cine español es mucho más diverso, hay voces más diversas, y eso es un síntoma de madurez. Es bonito tener el respeto de la gente, que ve que hacemos películas, que las hacemos bien y, sobre todo, que son coherentes con nosotros. Son películas donde yo nos veo a todos. Te pueden gustar más o menos algunas películas de los compañeros, pero todas son honestas y eso es importante”, explica el gallego.

Se refiere a la cosecha de este año, donde casi todas las novedades tienen un perfil de cine medio adulto o de autor. Casi todas, además, han estado en un festival internacional. Para Laxe, eso es porque “estamos en un momento en el que la gente y la industria está cansada de las mismas pelis”. Por eso, y cita a Thierry Frémaux, director del Festival de Cannes, los filmes deben convertirse en “eventos, experiencias que hagan recordar que el cine es un sitio de transformación, de catarsis”.

Por ello nunca ha creído “en la dialéctica de cine de autor y cine comercial”. “Sobre todo porque el mal llamado comercial tampoco era un cine tan comercial. Y mucho cine de autor muchas veces no tiene alma o está hecho desde el cálculo y es predecible. Lo que queremos es compartir películas, que se vean. Hacer una película es demencial, te lleva a tus límites, es muy duro. Yo creo que desde hace tres años habré estado muy poco en casa. Entre el rodaje, la postproducción y la exhibición. Entonces, tu trabajo tiene que servir”, puntualiza, dando a entender que sus compañeros, junto a él, lo han logrado.