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Crítica

‘Send Help’, el irregular regreso de Sam Raimi al gore y la violencia de dibujos animados

29 de enero de 2026 21:40 h

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Puede que la última película de Marvel Studios en despertar algo semejante al entusiasmo fuera Doctor Strange en el multiverso de la locura, estrenada hace ya casi cuatro años. Y no es que tuviera críticas excelentes, pero al menos se percibió algo parecido a un clamor fan entre las opiniones despertadas, que proclamaba “Sam Raimi ha vuelto”. Sam Raimi, el que había dirigido una trilogía de Spider-Man con Tobey Maguire muy apreciada (por lo menos las dos primeras entregas), y, sobre todo, el Sam Raimi que había dirigido otro superheroico menos convencional, Darkman, entre medias de una trilogía de terror nada convencional, por título Posesión infernal.

El perfil de Raimi conciliaba una rara mezcla de cine de culto y blockbuster hollywoodiense con personalidad —hay quien diría simplemente “blockbuster bien hecho”—, y parecía que había podido fluir a sus anchas en esta secuela de Doctor Strange. Aun cuando no pareciera, de entrada, un escenario proclive a que sucediera algo así. Doctor Strange en el multiverso de la locura seguía a Spider-Man: No Way Home manteniendo la afloración de cameos nostálgicos gracias al susodicho multiverso —que es para lo único que sirve esta argucia narrativa, como volveremos a comprobar en la próxima Vengadores: Doomsday—, a la vez que por culpa de la importancia argumental de Wanda (Elizabeth Olsen) tenía que guiarse por lo ocurrido en una serie de Disney+.

Pero, antes que Bruja Escarlata y Visión, lo que más fuertemente definía el proyecto de Doctor Strange y el multiverso de la locura es que Raimi no era el director designado desde el principio. De hecho, originalmente se había fichado a otro director de culto asiduo al terror, el Scott Derrickson de Sinister, y se había marchado por diferencias creativas. Raimi solo era un sustituto, y aun así sentimos que “había vuelto”. Porque el filme tenía cosas que nos recordaban a él. Había bastante más violencia que la media marvelita, alguna secuencia con zombis y, en general, —lo más loco de todo— cierto cuidado a la hora de componer e iluminar. Parecía suficiente.

De todas formas, para el siguiente proyecto de Raimi lo mismo alguien repite que “ha vuelto”. Porque Send Help no forma parte de ninguna franquicia. Es una película pequeña, con apenas dos actores, donde Raimi no tiene por qué aferrarse al freno de mano. No hay una IP maléfica que supervise sus movimientos, con lo que es un momento idóneo para aclarar si Doctor Strange y el multiverso de la locura era realmente suya, al mismo tiempo que podemos distinguir qué es realmente “suyo”. De Raimi. Dónde empieza el estilo, en qué consiste, y cuál es su auténtica relevancia a estas alturas. En caso de tener alguna.

Un convincente duelo actoral

Send Help cae simpática desde su pequeñez. Su guion lo podría haber escrito cualquiera, y por eso lo firma una dupla (Damian Shannon y Mark Swift) en cuya trayectoria tenemos tanto Freddy contra Jason como aquel filme de Los vigilantes de la playa con Dwayne Johnson. No deja de ser un caramelo para dos intérpretes que quieran pasárselo bien, y ahí tenemos tanto a un actor aburrido de ser un icono adolescente —Dylan O’Brien, de Teen Wolf y El corredor del laberinto— como a una gran actriz deseosa de que la tomen en serio dentro de registros cómicos.

Rachel McAdams demostró que la comedia era lo suyo en la portentosa Noche de juegos (2018) y, aunque desde entonces ha tenido otras oportunidades en este campo, Send Help es especialmente jugosa por el personaje que tiene y el duelo que ha de entablar con O’Brien. McAdams es Linda Liddle, una obsesa del trabajo que en los primeros minutos de Send Help parece codificada como Michelle Pfeiffer antes de convertirse en Catwoman dentro de Batman vuelve, y que en efecto pronto tendrá oportunidad de vengarse de su jefe. Solo que no lo hará gracias a los superpoderes, sino a que entre las extravagancias de Linda vemos que es una experta en técnicas de supervivencia. 

Técnicas que serán muy útiles cuando ella y el jefe que encarna O’Brien —Bradley, un nepobaby que se niega a ascenderla— terminen atrapados en una isla desierta. Linda y Bradley deben superar sus diferencias mientras Bradley está herido y, por supuesto, no tiene ni idea de cómo sobrevivir en un entorno así. Con lo que el equilibrio de poder ha cambiado de forma radical, y Linda dudará si aprovecharse o actuar éticamente sin que Bradley se lo ponga demasiado fácil, pues sigue siendo un cretino. En efecto, Send Help es algo así como El triángulo de la tristeza, pero en plan bruto.

Y es un gran punto de partida. Send Help no busca esgrimir sociologías lapidarias como hacía Ruben Östlund en aquella terrible película que le diera una segunda Palma de Oro, esquivando cualquier intelectualismo en pos de que los personajes de McAdams y O’Brien solo se representen a sí mismos. Dos caracteres groseros y abiertamente cómicos —McAdams, ni que decir tiene, está espectacular— que chocan entre sí y crean una tensión creciente toda vez que poco nutritiva en términos discursivos. Porque, en fin, tanto Linda como Bradley son personas enajenadas y arribistas, seducidas por la jerarquía de poder incluso aunque no haya nadie en kilómetros a la redonda.

A través de McAdams se podría divisar algún nexo con esa subcultura preparacionista que en EEUU (sobre todo alrededor del coronavirus) se ha alineado con una celebración antisocial del individuo, pero igualmente la cosa no da de sí. Pues el guion no es ninguna maravilla, y pierde interés cuanto más tiempo pasa en la isla. Lo que no llega a ser problemático dentro de los presupuestos de Send Help, pues asume que los intérpretes lo defenderán y que, sobre todo, Sam Raimi hará lo suyo. Esto es: que su gramática visual agarrará el guion de Shannon y Swift, y lo sacudirá tanto como para que a nadie le queden dudas de que esto nunca lo premiarían en Cannes. En manos de Raimi, Send Help pasa de ser una comedia de suspense a una frenética película de los Looney Tunes.

El eterno retorno de Sam Raimi

Se supone que eso es lo que hace Raimi. Su interés por el cine de superhéroes no se ha debido tanto a los superhéroes en sí como al medio en que están insertos: el cómic, junto a otros recursos como los dibujos animados que contribuyan a dinamizar la planificación. En paralelo también le interesa la violencia, aunque sin alejarse mucho de esas coordenadas. Así que, por mucho que se hiciera un nombre en el terror, las películas de Posesión infernal no tardaron en descartar cualquier sobriedad en pos del absurdo. Un gore festivo que confluyó en el llamado splatstick (mezcla de splatter y slapstick) de los años 80 junto a los primeros filmes de Peter Jackson y la saga Re-Animator

Raimi mantuvo estos elementos al probatr suerte con el western en los años 90 (Rápida y mortal) o más tarde al dirigir Arrástrame al infierno (2009). Esta comedia de terror se ganó los primeros ecos de “Sam Raimi ha vuelto” tras lo que se había leído como una domesticación durante la fase Spider-Man, de forma que podamos vincular la concepción de Arrástrame al infierno con la de Send Help. Ambas serían regresos a casa tras un desigual vagabundeo por los grandes presupuestos —siendo el más reciente especialmente traumático, pues antes de Doctor Strange 2 Raimi se había visto atrapado en Oz, un mundo de fantasía—, recuperando todo lo que nos gusta de este director.

Ahora bien. Quizá lo apropiado con Send Help no sea compararlo con Arrástrame al infierno en la filmografía de Raimi, sino con un título que pasó algo más desapercibido en su día: Premonición. Este thriller del 2000 estaba protagonizado por Cate Blanchett como una médium involucrada en un caso de asesinato. El desarrollo del mismo era bastante sobrio y la puesta en escena parecía preocupada por respetar este tono, con una atmósfera de gravedad y pesadumbre que, al margen de lo bien que funcionara, parecía más bien “poco Raimi”. Aun así, había algunos sustos desperdigados por ahí y alguna gamberrada puntual con la presencia de espectros acechando a Blanchett.

Raimi se había empeñado en introducir toques de lo que a estas alturas ya podíamos identificar como su estilo. Y daba igual que la película de turno lo necesitara o no: la firmaba Raimi, así que tenía que haber violencia gratuita o alguna secuencia exagerada. Esta pulsión, que en Premonición no llegaba a molestar, ha tomado cuerpo plenamente en Send Help. Nada en su argumento nos haría pensar en otra violencia que la que los personajes se infligen a sí mismos —una violencia más psicológica que explícita—, pero una de las primeras secuencias es un acérrimo combate contra un jabalí al que McAdams ha de mutilar poniéndose perdida de sangre y mocos digitales. 

Y de ahí para arriba. A Send Help le viene bien la mano de Raimi cuando hablamos de montaje o soluciones de realización; no así cuando el director siente la necesidad de hacerse notar, y la película experimenta unos arranques de violencia absurda y arbitraria. Porque la historia —por floja que esta sea— no encaja con nada parecido, y la disonancia lleva a percibir la película como una tontería gigantesca, dudosamente simpática por cuanto no se percibe en ella más coherencia que el capricho. El capricho de Raimi exigiendo que le miremos, que recordemos su nombre, y pensemos en él como algo parecido a un autor. La película, en fin, se nota que es suya, ¿y no significa eso ser autor?

Pues no, para nada. Y Raimi pasa por ser un caso elocuente de la diferencia que hay entre un autor y un estilista ambicioso. Raimi, por más que se empeñe, es lo segundo, y de ahí que sea más honesto cuanto más se limita a hacer un buen trabajo en la medida que lo disponga cada película. Doctor Strange y el multiverso de la locura le dio espacio —dentro de su escala monumental y corporativa— para meter cosas que le divertían, y todos lo agradecimos. Send Help solo le ha dejado espacio, en cambio, porque es un proyecto pequeño que no le importaba a nadie. 

Aun así, como cualquier otra película, merecía su propia integridad, y no limitarse a poner las condiciones para que alguien grite “Sam Raimi ha vuelto” por enésima vez. Como si Sam Raimi se hubiera ido a algún sitio. Como si no hubiera estado siempre en el mismo lugar.