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Villán de Tordesillas, el pueblo soñado por las derechas: gobierna el PP, Vox arrasa y hasta la Falange consigue votos

Ana Belén, que regenta el único bar del pueblo, y José Vidal Adalia, el alcalde de Villán de Tordesillas.

Laura Cornejo

Villán de Tordesillas —
16 de marzo de 2026 22:01 h

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No ha ido ningún político buscando el voto para las elecciones autonómicas. No se han repartido besos, ni bolígrafos, ni promesas. A Villán de Tordesillas, a poco menos de 25 kilómetros de Valladolid, se accede por una carretera provincial salpicada de remiendos de asfalto y flanqueada por un paisaje rotundo de valles y cerros y tierras de secano en las que crecen las lentejas, los guisantes, el trigo o la cebada. En los alrededores del municipio se asoma algún molino de viento, y rompiendo el verde de los cultivos, algún campo que ha dejado de serlo para acoger placas fotovoltaicas.

El señor Cayo de Miguel Delibes bien podría haber vivido en Villán, pero hoy, entre sus 122 habitantes censados apenas queda una decena de agricultores. El resto trabaja fuera, en empresas de Valladolid o de municipios más grandes. El 15 de marzo el escrutinio electoral se solventó en apenas media hora. Votaron 89. 47 personas, el 52.80% a Vox; 28, el 31,46% al PP; la Falange –partido sin representación autonómica, nacional o europea, y SALF, el partido de Alvise, obtuvieron 4 votos cada uno, mientras que el PSOE e Izquierda Unida se hicieron con dos apoyos y el Movimiento por la España Vaciada con 1.

La mañana en Villán de Tordesillas un día después de las elecciones autonómicas podría ser como cualquier otra: con algunos tractores circulando entre sus calles silenciosas y casi desiertas de camino al quehacer diario. El sol no ha ajado los carteles electorales porque no los hay. Rompen la paz algunos periodistas que se han acercado hasta allí para saber qué es Villán, quiénes lo habitan y por qué Vox ha superado ampliamente en votos al PP o cómo es posible que los de la Falange doblen los obtenidos por los partidos de izquierdas.

El Ayuntamiento está abierto, pero vacío poco antes de las 12 de la mañana. Hay un vecino en la calle. “¿Sabe dónde puedo encontrar al alcalde?”. “Lo tienes delante”. José Vidal Adalia (PP) es alcalde desde 1999, asume un mandato tras otro con tranquilidad. No tiene sueldo y algunos paisanos afirman que “si acaso, el que pone dinero es él”. Aunque a los foráneos pueda sorprenderles, que la Falange tenga su predicamento en Villán no es una novedad, en 2011 tuvo un concejal. En las últimas convocatorias de elecciones municipales el único partido con representación en el Ayuntamiento ha sido el PP. ¿Cómo se explican estos resultados? El alcalde lo resume lacónicamente: “Será porque aquí son todos derechas”, dice entre risas. “Aquí no hablamos mucho de política, no somos fachas, como dicen”, comenta con socarronería.

El municipio es como tantos otros de la Castilla y León olvidada y envejecida. Cuenta con un Ayuntamiento pequeño en un edificio humilde. En la parte de atrás, el habitual frontón, y mirando a la izquierda, la promesa de una iglesia imponente de la que sólo queda la espadaña a la que se ha adosado un edificio “moderno” donde se celebran las misas. “La iglesia desapareció en los 70. Iban a arreglar el tejado, y acabaron echándolo todo abajo, entre el cura, el alcalde y el médico, ya sabes como eran estas cosas”, cuenta José. Poco después aparece la secretaria municipal de Villán y varios pueblos más. Entre divertida y sorprendida comenta que Villán de Tordesillas es un pueblo acogedor donde nadie echa la llave. “Este es un pueblo de gente buena y sencilla”, dice.

El Ayuntamiento de Villán de Tordesillas.

El presupuesto del Ayuntamiento, de 120.000 euros, no da para hacer grandes cosas. Este año quieren cubrir el frontón, y el pasado sustituyeron las tuberías de fibrocemento por pvc. El día a día es sencillo, como reconoce Julián, el juez de paz. ¿Qué piden a la Junta de Castilla y León?. “Eliminar papeleo, no se puede estar un año haciendo mil papeles para cobrar una ayuda por la instalación de placas solares, o para permisos que necesitan los agricultores”, cuenta el alcalde. Entre el centenar de habitantes hay 13 niños que van, en su mayoría al colegio de Tordesillas. Hace una década que no hay colegio. El drama de la despoblación “no tiene arreglo” y en el campo “todo son trabas para los agricultores”.

Frontón en Villán de Tordesillas.

“El cereal está a 200 euros la tonelada y necesitas producir 4.000 kilos para salvar gastos”. Regentando el único bar está Fernando, que llegó hace poco más de un año con su pareja, Ana Belén. Él ha trabajado en varias ciudades españolas en hostelería y “en lo que ha salido” y ella ha sido propietaria de una tienda en el centro de Valladolid, además de tener otros trabajos.

Muy inquieta culturalmente, está rematando un libro que coeditará con una editorial catalana, tiene un grupo de meditación, y entre risas desvela que ella no votó el domingo. “Llevo unos ocho años sin votar, para mí este sistema está agotado”. El único sistema en el que confía es el de comunidad. “Si entrásemos en una guerra sé que no me moriría de hambre, aquí nos ayudamos todos”, afirma.

En Villán se han sentido acogidos. El bar da lo justo para vivir, entre cafés, vinos y vermuts a los que se suma la venta de pan. Es el único sitio donde se puede comprar. Semanalmente pasan por sus calles un pescadero, un carnicero... Rondando las dos de la tarde, va entrando más gente, casi todos agricultores que toman algo antes de ir a comer y comentan el pequeño altercado que se ha producido con la llegada de una televisión. Un vecino ha llamado “roja” a la reportera, que hablaba con su madre. Ella es de Izquierda Unida, el marido de Vox y el hijo de Falange. “Y se adoran los tres”. El incidente es anecdótico.

La política no es un tema de conversación en el bar, al menos no de manera frecuente. Hay otras preocupaciones: El médico viene los martes, y la enfermera los jueves: “Y tienes que pedir cita, con lo fácil que es asomarse un momento y que te atiendan ¿que si es suficiente?, pues claro que no”. Es la realidad de los municipios pequeños, se vive con tranquilidad, pero con carencias y resignación. Los políticos no visitan lugares donde, con suerte, sólo conseguirán un puñado de votos.

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