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El Greco incautado a unas monjas que malvendieron al Prado por la presión de la dictadura

Peio H. Riaño

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El Real Monasterio de la Encarnación guardaba varios secretos. Tenía un túnel que lo conectaba con las cocinas del viejo Alcázar (donde se ubica el actual Palacio Real) y por el cual Felipe IV se desplazaba en invierno a los oficios religiosos del monasterio sin cruzar la calle. El resto del año, usaba los exclusivos muros del pasadizo subterráneo, adornados con obras de arte, para flirtear con una novicia enclaustrada. El secreto que nos interesa ahora es un lienzo de más de metro y medio de altura, pintado en 1595 por El Greco, y donado por los duques de Abrantes al monasterio en 1676, año en el que tomó los hábitos su hija, sor Agustina del Niño Jesús. Allí permaneció oculto el cuadro durante más de dos siglos, fuera de la vista de los pocos que tenían el privilegio de acceder a la clausura y alabar la riqueza patrimonial que contenía el lugar.

Cuadros robados por el franquismo cuelgan en las paredes de un ministerio

Saber más

El 1 de agosto de 1936, pocos días después del golpe de Estado de Franco y el inicio de la Guerra Civil, dos voluntarios de la Junta Delegada de Incautación, Protección y Conservación del Tesoro Artístico Nacional de la República encontraron el cuadro de El Greco. “Venía cuidadosamente embalado con papeles y arpillera”, comentó años más tarde, en 1941, el subdirector del Museo del Prado, Francisco José Sánchez Cantón ante el Patronato de la institución. En el acta consultada por este periódico se indica que fue él mismo quien recibió el sorprendente cuadro.

Sánchez Cantón les preguntó a los que lo transportaron hasta allí —para ponerlo a salvo de bombardeos y agresiones— de dónde salía esa obra que nadie conocía. Aseguró que le contestaron que lo habían encontrado oculto y “en disposición para ser exportado de la Encarnación”. Entonces Sánchez Cantón, que advirtió la importancia del lienzo, dio la orden de que se forrara y restaurara. Sin embargo, en aquellos días de carestía los trabajos fueron más lentos y el lienzo salió el 10 de noviembre de 1936 del museo, camino de Valencia junto con el resto del tesoro artístico, sin haber dado por finalizada la restauración.

Una joya desconocida

El cuadro del que hablamos fue seleccionado para formar parte del Reencuentro, el recorrido por lo más brillante del Prado que el museo inauguró cuando volvió a citarse con el público tras el confinamiento por el coronavirus. San Andrés, de verde y azul cobalto brillantes, expresivo, dialoga con san Francisco, afligido y enfundado en su hábito gris y monacal. Al fondo asoma una vista abocetada de Toledo. La obra sigue expuesta, sin indicaciones sobre su procedencia, y así ha sido desde 1940, cuando ni siquiera pertenecía al Prado.

El cuadro había formado parte del viaje republicano que salvó el tesoro artístico del país, entre noviembre de 1936 y septiembre de 1939, y a su vuelta el Prado actuó como si ya le perteneciera. Pero no era una de las 525 pinturas propiedad del museo que fueron evacuadas de Ginebra de vuelta a Madrid, el mismo día que estalló la II Guerra Mundial.

San Andrés y san Francisco de Asís no había regresado a su casa. El cuadro favorito de Sánchez Cantón colgaba de las paredes del museo dos años después de su regreso. El Prado había iniciado una intensa campaña de devoluciones de bienes almacenados en 1939. La Junta del Tesoro Artístico había depositado a buen refugio más de 23.000 bienes para evitar su destrucción durante la guerra y en seis años el Prado devolvió 19.000 piezas. Llama la atención el gran número de marqueses y marquesas, condes y condesas y duques que se cercan al museo y reclaman en propiedad la mayoría de las obras. Ochenta años después de aquellos acontecimientos el Prado ha reconocido que conserva, al menos, 64 obras robadas por el franquismo.

Aprovechar las dificultades

Entre los recibos que se conservan, hay uno de 1941 que deja constancia de la devolución de 95 cuadros al convento de la Encarnación, donde además la Junta del Tesoro Artístico tenía sus oficinas. Entre los devueltos no figuraba el San Andrés y san Francisco de Asís, pintado por El Greco. Sánchez Cantón tenía otros planes para él. De hecho, no fue la única pintura que perdió la Encarnación durante las devoluciones. Hubo rapiña incluso entre semejantes: se quedó sin una Anunciación, atribuida a la escuela de Mengs, cuando desde el monasterio de la Visitación de Madrid aseguraron ser sus dueños.

El subdirector del Prado puso final a esta situación tan poco lícita el 28 de enero de 1942 cuando se presentó, acompañado por el secretario-interventor del museo, Enrique Tamayo, en las dependencias de la Encarnación. Se habían citado con sor Clara de la Purificación, priora de la comunidad de Agustinas Recoletas, que habitaba el convento. El encuentro sirvió para la compra de El Greco por 200.000 pesetas.

El subdirector emerge como una figura determinante en esta historia y en tantas otras sobre el expolio y la diáspora del arte en la posguerra franquista. Para entender la motivación de la compra, hay que acudir a las actas del Patronato celebrado a finales de noviembre de 1941. Sánchez Cantón propone la compra del cuadro a los miembros del organismo que vela por la gestión del museo con un informe en el que se refiere a la Guerra Civil como “Guerra de liberación”.

Una venta forzada

Lo más relevante de este informe es lo que no se dice: Sánchez Cantón deja claro que en ningún momento la comunidad de monjas de clausura es la que ha propuesto la venta. El subdirector fijó el precio, con el permiso del director Fernando Álvarez de Sotomayor, sin contar con la Comunidad. Lo negoció directamente con el arzobispo de Madrid-Alcalá. La compra para el museo era una iniciativa personal, que pudo ejecutarse en los peores años de la penuria económica gracias a los “fondos recibidos por la exposición de Ginebra”.

En la justificación que fue construyendo el subdirector advirtió que el museo salvó, restauró, vigiló y recuperó el cuadro, además de “estudiarlo, catalogarlo, reproducirlo y exhibirlo con todo honor”. Se había apropiado de un bien que no era de su propiedad y lo estaba legitimando. Estaba convencido de que estas razones eran suficientes para que El Greco pasara a formar parte de sus colecciones. Sánchez Cantón tenía tan pocas dudas sobre el lugar donde debía estar el lienzo que esgrimió su argumento definitivo, la patria: “Según resulta evidente no es invocable en este caso el mero argumento patriótico, siempre fuerte”.

Siguió con su explicación al Patronato. Les indicó que el hecho de que el cuadro “no puede exportarse” era un motivo para ajustar el precio del mismo a la baja. Les indicó abiertamente que se podía pagar menos de lo que realmente valía, porque el cuadro no llegaría nunca al mercado internacional, donde su precio podría haberse multiplicado. Por si fuera poco, cree que “como en el pago no hay merma alguna por comisión o descuento”, la comunidad saldrá beneficiada. No se imputaron impuestos en la operación. Entregó la cantidad a la priora y escribió al arzobispo de Madrid-Alcalá para comunicarle el pago.

No sería la primera vez que el Museo del Prado aprovechó las terribles circunstancias de los peores años de la posguerra y los beneficios logrados en la exposición en Suiza, para adquirir obras muy relevantes. Dos años más tarde de esta compra, el museo se hizo con La Santa Faz, también de El Greco, procedente de la sacristía de la iglesia parroquial de Móstoles (Madrid), que también había sido evacuada a Ginebra. Por este cuadro pagaron 100.000 pesetas en diciembre de 1944. Hoy está expuesto junto al San Andrés y san Francisco, y tampoco se indica al público las condiciones en las que se adquirió.

Una monja aguerrida

Parecía una venta lícita y caso cerrado. Pero el uno de febrero de 1961, 19 años después de la operación, Francisco José Sánchez Cantón recibe una carta. Por fin ocupa su ansiado lugar como director del Prado y abre el sobre. Es un mensaje de sor Clara de la Purificación. “Sin duda le sorprenderá recibir esta carta después de los años transcurridos sin ninguna comunicación con vuestra excelencia, pero como abrigo la esperanza de ser atendida, me atrevo a molestarle con ella”, le indica.

Sor Clara de la Purificación no puede evitar la ironía y le comunica que el arzobispo se ha convertido en Patriarca de las Indicas. “Vuestro amadísimo prelado que manifestó repetidas veces su vivo deseo de complacer a vuestra excelencia y por el precio de 200.000 pesetas, siendo así que personas competentes que lo habían visto era su valor de algunos millones, estando entonces la comunidad necesitada y oponiéndose a su venta por ese precio”, aclaró la monja. La priora desvelaba las sombras de la operación que les había arrebatado una pieza “importante” dos décadas después.

¿Por qué? Tenía un mandato del Santo Padre y debía abrir un noviciado “para de esa forma dar a las futuras religiosas una formación uniforme y amplia”. Había un pero y un motivo para la carta y ese arranque sin paños calientes: “La situación nuestra es por ahora de suma pobreza y no me es posible dar cumplimiento a este mandato por carecer de local adecuado y carecer de medios para adquirirlo”. Ya va asomando el dinero, de nuevo. Le cuenta a Sánchez Cantón que han visto una finca en El Escorial estupenda para sus “fines y relativamente barata” y en la que incluso estarían “asistidas muy bien en lo espiritual”. Por la casa y la finca pedían tres millones de pesetas y la comunidad, aseguraba, disponía de un millón de pesetas.

“Este es el motivo de recurrir a su bondadoso y caritativo corazón, para que, recordando el sacrificio hecho cuando accedimos a complacerle, nos ayude hoy con su valioso apoyo”, añade sor Clara. Directo al corazón del asunto: las presiones de Sánchez Cantón para hacerse con ese cuadro fueron efectivas y a las propietarias no les quedó más remedio que complacerlo.

El director del Prado responde dos meses después y le dice que las 200.000 pesetas era una “cifra importantísima”, a pesar de que él mismo había advertido al Patronato la oportunidad de pagar a la baja. Además, le negó cualquier ayuda porque mantenían obras constantes “para presentar dignamente el primer tesoro de España”. Y así es como le anuncia que no distraerá ni un céntimo de este propósito, hacer cada vez más grande el tesoro del Prado.

El Real Monasterio de la Encarnación guardaba varios secretos. Tenía un túnel que lo conectaba con las cocinas del viejo Alcázar (donde se ubica el actual Palacio Real) y por el cual Felipe IV se desplazaba en invierno a los oficios religiosos del monasterio sin cruzar la calle. El resto del año, usaba los exclusivos muros del pasadizo subterráneo, adornados con obras de arte, para flirtear con una novicia enclaustrada. El secreto que nos interesa ahora es un lienzo de más de metro y medio de altura, pintado en 1595 por El Greco, y donado por los duques de Abrantes al monasterio en 1676, año en el que tomó los hábitos su hija, sor Agustina del Niño Jesús. Allí permaneció oculto el cuadro durante más de dos siglos, fuera de la vista de los pocos que tenían el privilegio de acceder a la clausura y alabar la riqueza patrimonial que contenía el lugar.

Cuadros robados por el franquismo cuelgan en las paredes de un ministerio

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El 1 de agosto de 1936, pocos días después del golpe de Estado de Franco y el inicio de la Guerra Civil, dos voluntarios de la Junta Delegada de Incautación, Protección y Conservación del Tesoro Artístico Nacional de la República encontraron el cuadro de El Greco. “Venía cuidadosamente embalado con papeles y arpillera”, comentó años más tarde, en 1941, el subdirector del Museo del Prado, Francisco José Sánchez Cantón ante el Patronato de la institución. En el acta consultada por este periódico se indica que fue él mismo quien recibió el sorprendente cuadro.

Sánchez Cantón les preguntó a los que lo transportaron hasta allí —para ponerlo a salvo de bombardeos y agresiones— de dónde salía esa obra que nadie conocía. Aseguró que le contestaron que lo habían encontrado oculto y “en disposición para ser exportado de la Encarnación”. Entonces Sánchez Cantón, que advirtió la importancia del lienzo, dio la orden de que se forrara y restaurara. Sin embargo, en aquellos días de carestía los trabajos fueron más lentos y el lienzo salió el 10 de noviembre de 1936 del museo, camino de Valencia junto con el resto del tesoro artístico, sin haber dado por finalizada la restauración.

Una joya desconocida

El cuadro del que hablamos fue seleccionado para formar parte del Reencuentro, el recorrido por lo más brillante del Prado que el museo inauguró cuando volvió a citarse con el público tras el confinamiento por el coronavirus. San Andrés, de verde y azul cobalto brillantes, expresivo, dialoga con san Francisco, afligido y enfundado en su hábito gris y monacal. Al fondo asoma una vista abocetada de Toledo. La obra sigue expuesta, sin indicaciones sobre su procedencia, y así ha sido desde 1940, cuando ni siquiera pertenecía al Prado.

El cuadro había formado parte del viaje republicano que salvó el tesoro artístico del país, entre noviembre de 1936 y septiembre de 1939, y a su vuelta el Prado actuó como si ya le perteneciera. Pero no era una de las 525 pinturas propiedad del museo que fueron evacuadas de Ginebra de vuelta a Madrid, el mismo día que estalló la II Guerra Mundial.

San Andrés y san Francisco de Asís no había regresado a su casa. El cuadro favorito de Sánchez Cantón colgaba de las paredes del museo dos años después de su regreso. El Prado había iniciado una intensa campaña de devoluciones de bienes almacenados en 1939. La Junta del Tesoro Artístico había depositado a buen refugio más de 23.000 bienes para evitar su destrucción durante la guerra y en seis años el Prado devolvió 19.000 piezas. Llama la atención el gran número de marqueses y marquesas, condes y condesas y duques que se cercan al museo y reclaman en propiedad la mayoría de las obras. Ochenta años después de aquellos acontecimientos el Prado ha reconocido que conserva, al menos, 64 obras robadas por el franquismo.

Aprovechar las dificultades

Entre los recibos que se conservan, hay uno de 1941 que deja constancia de la devolución de 95 cuadros al convento de la Encarnación, donde además la Junta del Tesoro Artístico tenía sus oficinas. Entre los devueltos no figuraba el San Andrés y san Francisco de Asís, pintado por El Greco. Sánchez Cantón tenía otros planes para él. De hecho, no fue la única pintura que perdió la Encarnación durante las devoluciones. Hubo rapiña incluso entre semejantes: se quedó sin una Anunciación, atribuida a la escuela de Mengs, cuando desde el monasterio de la Visitación de Madrid aseguraron ser sus dueños.

El subdirector del Prado puso final a esta situación tan poco lícita el 28 de enero de 1942 cuando se presentó, acompañado por el secretario-interventor del museo, Enrique Tamayo, en las dependencias de la Encarnación. Se habían citado con sor Clara de la Purificación, priora de la comunidad de Agustinas Recoletas, que habitaba el convento. El encuentro sirvió para la compra de El Greco por 200.000 pesetas.

El subdirector emerge como una figura determinante en esta historia y en tantas otras sobre el expolio y la diáspora del arte en la posguerra franquista. Para entender la motivación de la compra, hay que acudir a las actas del Patronato celebrado a finales de noviembre de 1941. Sánchez Cantón propone la compra del cuadro a los miembros del organismo que vela por la gestión del museo con un informe en el que se refiere a la Guerra Civil como “Guerra de liberación”.

Una venta forzada

Lo más relevante de este informe es lo que no se dice: Sánchez Cantón deja claro que en ningún momento la comunidad de monjas de clausura es la que ha propuesto la venta. El subdirector fijó el precio, con el permiso del director Fernando Álvarez de Sotomayor, sin contar con la Comunidad. Lo negoció directamente con el arzobispo de Madrid-Alcalá. La compra para el museo era una iniciativa personal, que pudo ejecutarse en los peores años de la penuria económica gracias a los “fondos recibidos por la exposición de Ginebra”.

En la justificación que fue construyendo el subdirector advirtió que el museo salvó, restauró, vigiló y recuperó el cuadro, además de “estudiarlo, catalogarlo, reproducirlo y exhibirlo con todo honor”. Se había apropiado de un bien que no era de su propiedad y lo estaba legitimando. Estaba convencido de que estas razones eran suficientes para que El Greco pasara a formar parte de sus colecciones. Sánchez Cantón tenía tan pocas dudas sobre el lugar donde debía estar el lienzo que esgrimió su argumento definitivo, la patria: “Según resulta evidente no es invocable en este caso el mero argumento patriótico, siempre fuerte”.

Siguió con su explicación al Patronato. Les indicó que el hecho de que el cuadro “no puede exportarse” era un motivo para ajustar el precio del mismo a la baja. Les indicó abiertamente que se podía pagar menos de lo que realmente valía, porque el cuadro no llegaría nunca al mercado internacional, donde su precio podría haberse multiplicado. Por si fuera poco, cree que “como en el pago no hay merma alguna por comisión o descuento”, la comunidad saldrá beneficiada. No se imputaron impuestos en la operación. Entregó la cantidad a la priora y escribió al arzobispo de Madrid-Alcalá para comunicarle el pago.

No sería la primera vez que el Museo del Prado aprovechó las terribles circunstancias de los peores años de la posguerra y los beneficios logrados en la exposición en Suiza, para adquirir obras muy relevantes. Dos años más tarde de esta compra, el museo se hizo con La Santa Faz, también de El Greco, procedente de la sacristía de la iglesia parroquial de Móstoles (Madrid), que también había sido evacuada a Ginebra. Por este cuadro pagaron 100.000 pesetas en diciembre de 1944. Hoy está expuesto junto al San Andrés y san Francisco, y tampoco se indica al público las condiciones en las que se adquirió.

Una monja aguerrida

Parecía una venta lícita y caso cerrado. Pero el uno de febrero de 1961, 19 años después de la operación, Francisco José Sánchez Cantón recibe una carta. Por fin ocupa su ansiado lugar como director del Prado y abre el sobre. Es un mensaje de sor Clara de la Purificación. “Sin duda le sorprenderá recibir esta carta después de los años transcurridos sin ninguna comunicación con vuestra excelencia, pero como abrigo la esperanza de ser atendida, me atrevo a molestarle con ella”, le indica.

Sor Clara de la Purificación no puede evitar la ironía y le comunica que el arzobispo se ha convertido en Patriarca de las Indicas. “Vuestro amadísimo prelado que manifestó repetidas veces su vivo deseo de complacer a vuestra excelencia y por el precio de 200.000 pesetas, siendo así que personas competentes que lo habían visto era su valor de algunos millones, estando entonces la comunidad necesitada y oponiéndose a su venta por ese precio”, aclaró la monja. La priora desvelaba las sombras de la operación que les había arrebatado una pieza “importante” dos décadas después.

¿Por qué? Tenía un mandato del Santo Padre y debía abrir un noviciado “para de esa forma dar a las futuras religiosas una formación uniforme y amplia”. Había un pero y un motivo para la carta y ese arranque sin paños calientes: “La situación nuestra es por ahora de suma pobreza y no me es posible dar cumplimiento a este mandato por carecer de local adecuado y carecer de medios para adquirirlo”. Ya va asomando el dinero, de nuevo. Le cuenta a Sánchez Cantón que han visto una finca en El Escorial estupenda para sus “fines y relativamente barata” y en la que incluso estarían “asistidas muy bien en lo espiritual”. Por la casa y la finca pedían tres millones de pesetas y la comunidad, aseguraba, disponía de un millón de pesetas.

“Este es el motivo de recurrir a su bondadoso y caritativo corazón, para que, recordando el sacrificio hecho cuando accedimos a complacerle, nos ayude hoy con su valioso apoyo”, añade sor Clara. Directo al corazón del asunto: las presiones de Sánchez Cantón para hacerse con ese cuadro fueron efectivas y a las propietarias no les quedó más remedio que complacerlo.

El director del Prado responde dos meses después y le dice que las 200.000 pesetas era una “cifra importantísima”, a pesar de que él mismo había advertido al Patronato la oportunidad de pagar a la baja. Además, le negó cualquier ayuda porque mantenían obras constantes “para presentar dignamente el primer tesoro de España”. Y así es como le anuncia que no distraerá ni un céntimo de este propósito, hacer cada vez más grande el tesoro del Prado.

El Real Monasterio de la Encarnación guardaba varios secretos. Tenía un túnel que lo conectaba con las cocinas del viejo Alcázar (donde se ubica el actual Palacio Real) y por el cual Felipe IV se desplazaba en invierno a los oficios religiosos del monasterio sin cruzar la calle. El resto del año, usaba los exclusivos muros del pasadizo subterráneo, adornados con obras de arte, para flirtear con una novicia enclaustrada. El secreto que nos interesa ahora es un lienzo de más de metro y medio de altura, pintado en 1595 por El Greco, y donado por los duques de Abrantes al monasterio en 1676, año en el que tomó los hábitos su hija, sor Agustina del Niño Jesús. Allí permaneció oculto el cuadro durante más de dos siglos, fuera de la vista de los pocos que tenían el privilegio de acceder a la clausura y alabar la riqueza patrimonial que contenía el lugar.

Cuadros robados por el franquismo cuelgan en las paredes de un ministerio

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El 1 de agosto de 1936, pocos días después del golpe de Estado de Franco y el inicio de la Guerra Civil, dos voluntarios de la Junta Delegada de Incautación, Protección y Conservación del Tesoro Artístico Nacional de la República encontraron el cuadro de El Greco. “Venía cuidadosamente embalado con papeles y arpillera”, comentó años más tarde, en 1941, el subdirector del Museo del Prado, Francisco José Sánchez Cantón ante el Patronato de la institución. En el acta consultada por este periódico se indica que fue él mismo quien recibió el sorprendente cuadro.

Las obras que el franquismo nunca devolvió

De las 17.000 obras que incautó la Junta del Tesoro Artístico para su protección durante la Guerra Civil, la dictadura se quedó con 8.000 de ellas. Si tu familia perdió de esta manera alguna obra de arte, nos gustaría conocer tu historia.

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