NOTA AL PIE
Lecciones del pasado
A poca distancia del salón del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas hay una réplica de una tablilla de arcilla muy particular: el tratado de paz que, en el año 1269 a.e.c., firmaron el faraón Ramsés II y Hattusili III, rey de los hititas. La original se encontró a principios del siglo XX en Anatolia (Turquía) y, como bien se dice en el catálogo de obsequios de la ONU, es decir, de las obras de arte y demás que donan los Estados miembros –no, no se obsequian a nadie– “promete amistad eterna, paz duradera, integridad territorial, no agresión, extradición y ayuda mutua”. Como se ve, el derecho internacional es ligeramente más viejo de lo que se suele creer, y no solo por lados tan conocidos como el mencionado tratado de Kadesh, los synthÄkai de la Grecia clásica y, por supuesto, el fundamental ius gentium (derecho de gentes) de Roma. Hasta se adelanta a los hechos, algo tan obvio que el soviético Yevgeny Korovin ya estaba hablando del espacio exterior y las normas aplicables a él en 1934 (La conquista de la estratosfera y el derecho internacional), mucho antes del lanzamiento del Sputnik 1.
Ahora bien, la existencia de leyes e instituciones como la Corte Internacional de Justicia y la propia ONU no han impedido nunca que los matones dominantes hagan lo que quieran, cuando quieran y como quieran; ni lo han impedido ni lo pueden impedir, salvo que así lo deseen los matones en cuestión. Bajo su verborrea civilizatoria habitual se esconde sistemáticamente esta afirmación de Georg Lasson, escrita en 1871: “Las normas del derecho internacional no son más que reglas de sabiduría estatal que el Estado sigue teniendo en cuenta por su propio bienestar, y de las que puede desviarse en cuanto lo exijan sus intereses vitales”. A decir verdad, lo único que ha cambiado desde entonces es que ya no hay nadie que se atreva a negar la validez de dichas normas en voz alta, por así decirlo; o más bien, no había, porque el derrumbe del precario y a veces hipócrita marco que se creó tras la II Guerra Mundial está dando tantas alas a los ideólogos de la fuerza bruta que empiezan dar sus verdaderas opiniones, sin preocuparse por inventar cuentos de hadas que vender a la opinión pública.
Lo sucedido estos días con la agresión de Israel y Estados Unidos a Irán es un buen ejemplo. Los propagandistas de esas cosas no han renunciado aún a las excusas –algunas, tan increíbles y capciosas como la apelación a los derechos humanos–, pero tiempo al tiempo. Compárenlo con el enorme esfuerzo de manipulación informativa que facilitó la invasión de Irak, a costa de la credibilidad de los grandes medios estadounidenses y británicos (¿les suena la fantasía de las “armas de destrucción masiva”?), y lo verán con claridad. Hasta hace relativamente poco, se podía afirmar lo que escribió en su día el gran Eugeny B. Pasukanis, también soviético: “que los juristas que predican el culto a la fuerza en las relaciones internacionales” son “inútiles para la burguesía” y “peligrosos” para ella, “porque comprometen la paz y la tranquilidad que incluso un ladrón necesita cuando se ha saciado y está digiriendo su botín” (Obras escogidas). Sospecho que hoy no escribiría lo mismo, y no porque no sea cierto en circunstancias normales, sino porque estamos en plena redistribución de la tarta mundial, un proceso inseparable de la guerra.
Más allá de los grandes actores de la obra, en el terreno de los países políticamente secundarios, hay factores que añaden interés al asunto por vías poco mencionadas en la prensa. Estoy seguro de que la mayoría de los ciudadanos desconoce que los padres del derecho internacional son españoles: el dominico Francisco de Vitoria (1483-1546) y el jesuita Francisco Suárez de Toledo (1548-1617), fundador el primero e hijo el segundo de esa maravilla del pensamiento que fue la Escuela de Salamanca, asociada a intelectuales de la talla de Diego de Covarrubias, Domingo de Soto, Bartolomé de las Casas, Melchor Cano, Domingo Báñez, Martín de Azpilcueta, Luis de Alcalá y Tomás de Mercado. No cito ninguna de sus obras aquí porque el resultado sería abrumador, pero los animo a investigar por su cuenta y, en última instancia, como hice yo mismo hace años, a empezar por obras generales como Res publica, el pensamiento político de Francisco de Vitoria (de Joaquín Miras Albarrán) o La escuela de Salamanca: La primera versión de la modernidad (de David Torrijos y Jorge Luis Gutiérrez). La Historia de este país no es la que se ha contado.
Pues bien, por motivos evidentes, originalmente aferrados a la guerra mundial de facto que hay detrás del conflicto Reforma-Contrarreforma en los siglos XVI y XVII y más tarde empeorados por la desidia de los borbones españoles y el anticulturalismo del régimen de Franco, la historiografía mundial dio la espalda a Francisco de Vitoria y le concedió la paternidad del derecho internacional al calvinista holandés Hugo Grocio (1583-1645), quien fusiló –en el sentido literario del término– al filósofo, teólogo y jurista de Burgos. Tanto es así que, si no recuerdo mal, la primera traducción que se hizo al inglés de sus obras fue la de Anthony Pagden y Jeremy Lawrance (Political Writings, de 1991); pero, en cualquier caso, los hechos de Irán demuestran que sigue muerto para la derecha política del Reino, ese sector que, no contento con cambiar su supuesto catolicismo por el sionismo, acaba de redescubrir las delicias de oponerse al derecho internacional y, de paso, apoyar a imperios que no son precisamente el español del Siglo de Oro. Deduzcan ustedes qué entienden algunos y algunas por patriotismo.
En espera de lo que pase con el último juego de los grandes, creo que deberíamos mirar de nuevo la tablilla de Kadesh. No queda demasiado de ella, aunque el texto sigue grabado en los muros de los templos de Ra y Amón en Karnak, en la antigua Tebas. Tres mil trescientos años de Historia, y cada vez hay más gente que quiere estamparla contra una pared; quizá, porque se está olvidando lo que hizo que Francisco de Vitoria gozara de gran autoridad “no solo ante sus correligionarios, sino ante todo el pueblo”, como escribió Luis Vives a Erasmo de Róterdam en 1527. Antonio Machado siempre tiene razón cuando recuerda desde El dios ibero que “ni el pasado ha muerto/ ni está el mañana –ni el ayer– escrito”. Todo se puede cambiar y, si no tenemos cuidado, si nos negamos a aprender las lecciones importantes, se cambiará a peor.