Ahora vas y lo tuiteas: Clarice Lispector, una maestra de la frase breve que conecta con las nuevas generaciones
Es fácil adivinar cómo se habrían relacionado los escritores de antaño con las redes sociales: Marcel Proust podría dar rienda suelta a sus peroratas en un post de Facebook; Emily Dickinson compartiría sus ilustraciones de plantas y sus versos en una cuenta de Instagram de las que emanan paz; Virginia Woolf mantendría una newsletter con suma diligencia para informar al público de las novedades de la esfera cultural londinense; Charles Dickens enredaría a Wilkie Collins, Elizabeth Gaskell y unos cuantos colegas más para narrar historias episódicas de misterio a través de un controvertido podcast.
¿Y quién se movería como pez en el agua en el reino de la brevedad, esto es, de la frase ingeniosa, redonda y precisa, de la ocurrencia rápida, aguda y punzante? En ese terreno fangoso antes conocido como Twitter, reinaría, desde su casa en Río de Janeiro o desde sus viajes con su marido diplomático, la inigualable Clarice Lispector. Y lo haría, claro, sin faltar el respeto, sin caer jamás en lo soez, con una exposición cuidada de sí misma; solo de ese modo podría ser la reina: para lo otro, habría overbooking de candidatos.
Nacida en Chechelnik, en la actual Ucrania, en 1920, de familia judía, el clan enseguida se trasladó a Brasil para dejar atrás los estragos de la Primera Guerra Mundial. En Brasil transcurrió su infancia, y se enraizó tanto en el país que siempre se reivindicó brasileña, esa era la única identidad con la que se reconocía. Mientras estudiaba Derecho, hizo sus pinitos en el mundo literario, con la publicación de cuentos y artículos en revistas. Esa vocación temprana no tardó en consolidarse con un proyecto más ambicioso: su primera novela, Cerca del corazón salvaje (1944), publicada cuando solo tenía veintitrés años.

Fue el comienzo de lo que sería una de las carreras más brillantes, finas e innovadoras de la historia de la literatura universal, que si hoy no es tan reconocida como Virginia Woolf, Marcel Proust o James Joyce tal vez sea por no haber escrito en ninguna de las lenguas dominantes ni en suelo occidental, sino en portugués, ese portugués que tanto y tan bien moldea en sus escritos, y con Brasil como única patria, más allá de las palabras. En la vida de un lector avezado hay pocos momentos de verdadera sacudida, momentos en los que uno toma conciencia de haber leído algo distinto, algo que expande su mirada literaria, que rompe los esquemas preconcebidos. Quizá Kafka, quizá García Márquez… Y, sí, Clarice Lispector.
Quien la ha leído –en cualquiera de sus libros– lo sabe. Y sabe también que sus obras lo tienen todo para acabar hechas polvo de tanto subrayarlas o de tanto marcar sus páginas; lo que se dice amortizar bien una lectura. Tanto en sus novelas como en sus cuentos, esa máxima de que lo importante es el cómo, no el qué, adquiere un sentido pleno: el fraseo, la cadencia, la naturaleza reflexiva de la prosa, son su mayor talento. Sus textos, que son una exploración del yo subjetivo, están llenos de oraciones que invitan a tomar nota. Sin ser aforismos, porque se enmarcan en narraciones de mayor alcance, como golpes de una azada que va excavando, posee el don nada común de dejar frases para el recuerdo.
En Siruela, la editorial que se ha ocupado siempre de su obra con verdadera devoción –le dedica una vasta colección, la Biblioteca Clarice Lispector, que reúne desde la ficción a los escritos más personales, además de la biografía de referencia, Por qué este mundo, escrita por Benjamin Moser, también biógrafo de Susan Sontag–, es consciente de esta rara virtud, y ha editado un libro que recopila más de 4.500 citas, organizadas por obra, desde sus cuentos y novelas a sus cartas, crónicas y otros escritos. El volumen se titula Las palabras y el tiempo (2026): más de quinientas páginas de una genialidad absoluta.
No hace falta conocer el contexto de los textos de origen ni seguir ningún hilo narrativo para apreciar el valor de estas sentencias; son como el destilado de algo puro e intenso, que no calma la sed pero vivifica. Como esas píldoras de Twitter que nos hacen sonreír con complicidad, como diciendo “Sí, es eso, justamente eso” (ella lo expresaría con más gracia). Esta selección pone aún más de relieve lo que ya se insinúa en sus narraciones enteras: que Clarice Lispector llevaba dentro a una filósofa, además de una poeta, una artista del lenguaje (sin rastro de afectación ni artificio, por descontado).
¿Qué sentido tiene, hoy, un libro así? No, no es (solo) que los lectores pasen por caja. Para sus devotos, no hará falta justificar su interés: tal como suponen, este volumen es una biblia, una obra que se puede abrir al azar como los aforismos de Kafka, Pessoa o Tolstói: a una vez literatura, pensamiento y observación de la vida en su cotidianeidad. Para quienes aún no la conozcan, puede ser una puerta de entrada, más ágil y acogedora que sus novelas; pero, ante todo, Las palabras y el tiempo tiene entidad por sí mismo, como una pieza más de la bibliografía Lispector. Porque, sí, se puede añadir un título a la obra de un autor aun después de su muerte: cambia la época, cambia la mirada, y esto, ni más ni menos, es crear una obra de nuevo. El lector-editor tiene la capacidad de crear; y el receptor, de elegir su propio camino por sus máximas.
Es, además, un libro muy recomendable para regalar; y, para ser exactos, para regalar a gente joven. Sí, esos de quienes se dice que han perdido capacidad de atención, que ya no pueden leer textos largos o complejos; esos jóvenes que disfrutan con la poesía viral. Las palabras y el tiempo no es una pieza literaria rebajada, sino una invitación a pensar, un interruptor que, parafraseando a la propia Lispector, enciende la vida. Y, a diferencia de la protagonista de La hora de la estrella (1977), ellos sí sabrán qué botón pulsar.
Si viviera ahora, sus reflexiones acumularían likes y retuits…, al menos, si consiguieran solventar la censura. Porque ese es otro de sus rasgos: la valentía, el no callarse. Era de todo menos una mujer conformista, tanto en la literatura como en la vida; es de esperar que, a un espíritu independiente como el suyo, le salieran ofendiditos. Más motivo aún para abrir el libro: la libertad de pensamiento, cuando proviene de una mente perspicaz e indómita, no abunda, de modo que más vale transmitirla, contagiarla, si se pretende preservar la esperanza.
“A veces escribir una sola línea basta para salvar el propio corazón”, escribió.
Quizá al lector le baste con leerla. Cuando menos, será un primer paso.