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Entrevista

Santiago Alba Rico: “Cuando tu propósito en la literatura es transformar el mundo, no lo transformas”

El filósofo y escritor Santiago Alba Rico

Elena Cabrera

8 de mayo de 2026 22:22 h

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Santiago Alba Rico ha estado años trabajando en un libro singular titulado Elogio de la literatura (Akal, 2026) en el que el filósofo, como un celestino, empareja a Kafka con Beatrix Potter, a Hergé con Melville, a Dostoievski con Hasek, a Dickens con Cervantes, a Carson McCullers con Mary Shelley y a Jane Austen con Marcel Proust. 

Lo que les une se sale de lo previsible, y cada capítulo es puro enamoramiento lector, donde se recrea el regocijo del descubrimiento y el placer de la relectura. “A través de la comparación, que a veces es contraintuitiva, descubrimos mejor las diferencias, las especificidades”, señala Alba Rico.

Este ensayo continúa dándole vueltas a eso de qué significa la lectura para nosotros, como ya hizo en Leer con niños (Caballo de Troya, 2007) y nos revela que no leemos los libros desde el mundo —salvo quizá las primerísimas lecturas adolescentes— sino desde otros libros.

¿Para qué sirven los libros?

Sirven para poder querer la existencia de los otros, para no ser uno mismo, para no quedar clausurado en esa burbuja egocéntrica en la que, adulados o presionados por las redes, acabamos sumergidos. En Elogio de la literatura defiendo la autonomía de la ficción: los libros sirven básicamente para que haya un territorio autónomo en el que podemos creer la existencia de los otros. Y creo que no es poco.

En su último artículo aquí en elDiario.es, titulado igual que el libro, quise entender que cuando en la ficción se abre hueco al villano, de alguna manera eso es antifascismo.

En ese artículo recordaba que vivimos en un mundo crecientemente aplanado. Recogía la tesis del filósofo francés Olivier Roy cuyo último libro habla de este aplanamiento. A él le da mucho miedo el creciente deseo de explicitud. Hay como una especie de revuelta contra la ambigüedad, contra las sombras, contra los matices. Necesitamos que cada palabra signifique solamente una cosa y saber exactamente qué. Existe un deseo inútil y peligroso de transparencia. Somos cuerpos y no somos transparentes. Tenemos que traducirnos los unos a los otros sin parar. Y la literatura sirve para esto, para traducir cuerpos, cuerpos concretos. Es inevitable que ahí donde hay cuerpos concretos que intentan traducirse los unos a los otros, con los ojos, con las manos, con la palabra, haya siempre malentendidos, ambigüedades. Y ahí, por lo tanto, en ese terreno de la ficción, ocurre que los villanos también tienen una dimensión interesante. Tú no puedes dejar de combatir a Hitler en el mundo y a veces a los Hitler hay que combatirlos incluso a través de las armas. Pero hay siempre un lugar donde Hitler es interesante, no porque lo denuncia sino porque te enseña algo, quizás a combatirlo mejor fuera.

Necesitamos que cada palabra signifique solamente una cosa y saber exactamente qué quiere significar. Existe un deseo inútil y peligroso de transparencia

En la izquierda estamos dejando de leer ficción, de leer libros de aventuras. ¿Qué tipo de literatura buscamos?, ¿qué estamos leyendo?

He escrito este libro también como una tentativa de convencer a los que son mis afines, mis compañeros, de que es necesario reivindicar los peligros de la literatura. No querer también tú, frente al aplanamiento creciente del mundo por parte de la derecha, corresponder con un aplanamiento semejante. La literatura no sirve para comunicar mensajes, para eso tenemos a las instituciones o a los periódicos. Cuando lo hace, desaparece la ficción. Hay una tendencia a comunicar mensajes que se espera que tengan un efecto políticamente correcto o correctivo. Y creo que es un grave error el pretender escribir solo para afines o escribir con el propósito de transformar el mundo. Cuando tu propósito es transformar el mundo, no lo transformas. Y esto es una paradoja que todos tenemos que asumir y que solo podemos asumir a través precisamente del reconocimiento de la literatura y de la ficción como espacios en los que tú nunca sabes lo que estás diciendo y el lector nunca sabe lo que está leyendo.

Hace unos años le escuché decir a Belén Gopegui en una presentación que se comprometía a que su siguiente libro no fuera una novela, sino un manual de instrucciones. Pero luego nunca lo hizo, quizás se dio cuenta de que no era buena idea.

Belén, a quien quiero y admiro muchísimo, no va a ser capaz porque es novelista. Todos los grandes escritores han querido escribir un manual de instrucciones y todos han fracasado en ello. Dostoievski, por ejemplo, es un tipo que, por la experiencia terrible de su fusilamiento abortado en el último momento, se convierte a la peor de las causas, la del paneslavismo y Moscú como tercera Roma. Es decir, es un precursor de Dugin y de Putin.

Dostoievski intenta, a través de sus novelas, comunicar ese mensaje. ¿Pero por qué son grandes sus novelas? Porque fracasa. Escribe Los endemoniados justamente como un manual de instrucciones para protegerse de lo que él llama los nihilistas, es decir, los revolucionarios que ya están zapando el poder del zarismo, y fracasa rotundamente. Él ya no dice lo que quería decir y por eso los lectores podemos entender una cosa completamente diferente de la que el propio Dostoievski quería exponer. Y ya no es un panfleto, que es lo que él quería que fuera, sino una novela en la que te pone en contacto con los abismos del alma humana. Y de eso aprendemos todos.

Santiago Alba Rico, en la redacción de elDiario.es, durante la entrevista

Ayúdeme, por favor, tanto como lectora como periodista, a gestionar de otra manera esta necesidad de abordaje de las obras literarias a partir de la biografía de los autores.

Es un error que además indignaba muchísimo a Proust. El último capítulo de Elogio de la literatura habla justamente de cuando él escribe un libro que es un esbozo de lo que va a ser En busca del tiempo perdido, uno de los muchos esbozos que hizo, y que se llamaba Contra Saint-Beuve. Saint-Beuve, un gran crítico del siglo XIX, decía que la obra de un autor solo podía ser comprendida y juzgada a partir de sus intervenciones en el mundo, de su biografía, de los testimonios que ha dado, de las entrevistas que le habían hecho. Proust se indignaba, con mucha razón a mi juicio, y reivindicaba esta autonomía.

A la hora de abordar una obra hay dos niveles. Uno inicial en el que la obra debe ser lo bastante poderosa como para que te imponga sus propias reglas y para que te sumerjas en ella. Y la segunda lectura es metaliteraria, pero forma parte también de la literatura. Es decir, es imposible no dejarte tentar por el hecho de explicar la obra a partir de la biografía. Entonces ahí lo que haces es intervenir también como un vector de ficción, porque tú te inventas las biografías de tus autores favoritos. En el libro doy algunos ejemplos de lo que a mí me pasa en mi cabeza: a lo largo de los años he ido reconstruyendo las biografías de estos autores y, por lo tanto, haciendo yo mismo una labor literaria con ellos.

Hay que reivindicar la autonomía de la ficción o de la literatura, sin caer tampoco en el otro peligro que es el de pensar que ocurre en otro planeta y que puedes leerlas sin mancharte en este lado del mundo. Para eso están lo que llamamos los istmos. Entre la autonomía de la ficción y la realidad hay istmos. Yo me acuerdo que aprendíamos de pequeños en la escuela que una península es una isla unida al continente por un istmo, por una lengua de tierra. Esa lengua de tierra existe y es necesario recorrerla en ese segundo nivel. Esa lengua de tierra es la que recorren los historiadores, los críticos literarios, los filólogos y los biógrafos. Y eso, en todo caso, insisto, forma parte también del campo de la ficción. Nosotros, cuando nos ponemos a valorar una obra literaria, de alguna manera estamos contribuyendo a completarla, sin terminarla jamás, y creo que eso forma parte también de esa ficción que nos mantiene con vida y que nos permite querer la existencia del mundo, que es lo primero que tenemos que querer si queremos transformarlo.

Todos los grandes escritores han querido escribir un manual de instrucciones y todos han fracasado en ello

¿Cómo elegimos las lecturas? ¿Cómo enganchamos un libro con otro? ¿Tiene más sentido planificar un itinerario o ir leyendo aquellos que nos vaya salpicando?

Es difícil. No sabría decirte. Ha habido muchos debates pedagógicos sobre esto. Tengo la impresión de que los currículums escolares en general son disuasorios y que hay muchas vías de llegar a un libro. Se puede llegar porque tus padres te hacen, como era mi caso, lecturas en voz alta cuando eres niño. O porque tienes un profesor o una profesora que, dotados de un particular carisma, de pronto te llaman la atención sobre un libro. O porque de pronto cae en tus manos un libro y quieres leer otro. O cuántas personas de clases desfavorecidas o que han crecido en situaciones muy adversas descubren en un libro un refugio que es al mismo tiempo una apertura. No es solamente un lugar donde tú te escondes de un mundo adverso, sino que ese refugio tiene ventanas y puertas que te llevan a otros. El problema es cuántas de esas vías se están interrumpiendo en este mundo aplanado por la digitalización, por la política, por la polarización y por esta necesidad que tenemos de doctrina, de significados claros. Y es verdad que en momentos de mucha oscuridad y de incertidumbre, buscas claridad y creo que lo que no debemos hacer es buscarla en la literatura.

Santiago Alba Rico, durante la entrevista en elDiario.es

¿Y la elección de las lecturas con la ideología por delante? Los de izquierdas leen unas cosas y los de derechas, otras.

Eso es un problema. Fíjate que hay autores clásicos que ya hemos olvidado si eran de derechas o de izquierdas. El tiempo tiene este efecto desideologizador. ¿Quién se acuerda de que Céline fue colaboracionista del nazismo o Dostoievski un paneslavista? Creo que las novelas más ideológicas son las que leemos con menos placer. Por ejemplo, el revolucionario ruso Gorki, autor de La madre, en ese momento interpelaba demasiado a sus contemporáneos y cuando ha dejado de interpelar a contemporáneos se descubre que no era una buena novela.

Es una tentación que veo, cada vez más, reflejada en la selección de lecturas: la de que si soy feminista tengo que leer novelas escritas por mujeres, si soy de izquierdas tengo que leer novelas que reflejan la destrucción ecológica o la lucha de clases. Creo que es una mala manera de llegar al feminismo, a la ecología y a la lucha de clases. Por eso está muy bien que recordemos que hay clásicos, porque los clásicos nos sirven para darnos una guía de lectura separada de eso. En la medida en que han sobrevivido a su tiempo, ya no están comunicándote un mensaje ideológico. Nos enseñan a acercarnos a obras del presente, sin ese filtro ideológico que a veces nos empobrece mucho y acabamos leyendo solamente lecturas que nos dan la razón, que confirman lo que somos o que nos sitúan en ese mundo que aspiramos a construir de una manera directa y sin ambigüedades.

El escritor Santiago Alba Rico

Por ejemplo, por poner un caso que aborda en el libro, a mí me habían dicho que en la izquierda ya no leíamos a Tintín.

Espero que ese capítulo lo lea mucha gente que quiero y entienda hasta qué punto Hergé era un genio, tanto de la ilustración como de la narración. Yo lo comparo con John Ford porque creo que son los dos grandes narradores del siglo XX. Tintín es claramente un revolucionario, si es que necesitamos recurrir a este tipo de argumentos, más allá del placer de la narración y de lo que a través de la narración nos enseña acerca del mundo. Hergé fue complaciente con la ocupación nazi de Bélgica y cuando acaba la guerra, lo juzgan, no lo condenan a la cárcel, pero sí a un cierto ostracismo y a no poder publicar durante un año sus viñetas. Pero mientras hace eso, la resistencia antinazi está reivindicando a Tintín y en el periódico de la Resistencia aparece un dibujo en el que Tintín está sentado con el capitán Haddock y Milú en un coche de la Resistencia con la bandera de la Resistencia, como diciéndole “tú estás traicionando a tu criatura, tú eres un colaboracionista, mientras que Tintín, tu criatura, es y ha sido un resistente y ha estado siempre a nuestro lado en estos años difíciles”.

Tintín es uno de los acercamientos mejores que se pueden hacer a la riqueza, la multiplicidad y variedad del mundo. Ese momento maravilloso en el que Hergé descubre que China no es lo que le han contado. Y entonces un chino, Tchang, con el que mantendrá una relación toda su vida, le cuenta lo que es China y ese primer álbum realmente bueno que es El loto azul no solo tiene todos los carteles escritos en chino mandarín de verdad, sino que es un libro antiimperialista. Tintín es antiimperialista, antiestalinista, antinazi y anticonsumista. Es ecologista. Todas las virtudes que tú quieras desde la izquierda concentrar en un personaje, todas ellas están en Tintín. Y al mismo tiempo no es un mensaje, es una aventura. Tintín es un clásico y creo que hay que reivindicarlo con independencia de que seas de derechas o de izquierdas.

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