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El resurgir de Caifanes: “Con el mundo tan dividido, la música pasa por encima de todo eso”

El grupo mexicano Caifanes

Elena Cabrera

24 de abril de 2026 22:09 h

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Cambia la década del 80 al 90 y en España la música se ha vuelto comercial, aburrida, adocenada, domesticada. Aún falta un poquito para que explosione una nueva escena indie o alternativa que desgarre lo anterior. Así que mientras tanto, mientras nada pasa, llega en susurros la onda expansiva de una revolución que está sucediendo en México: el rock subterráneo ya no duerme bajo la tierra.

Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Fobia, Alquimia, Neón o Caifanes surgían en México, poco después del gran terremoto que asoló el país en el 85, construyendo a partir de esos escombros una nueva identidad del rock mexicano, con influencia anglosajona del postpunk y la new wave pero también del acervo folclórico propio, cantada en español, de una sonoridad única.

“No existía una escena de rock dentro del mainstream. Estábamos tocando en las coladeras, en los lugares clandestinos y en donde se pudiera, en la calle a veces. De repente vino ese bum y se puso de moda el rock en español”. Así lo recuerda Alfonso André, batería de Caifanes en una videollamada desde Barcelona, donde acaban de aterrizar para dar tres conciertos en España. Después del 24 de abril en la ciudad condal, el grupo tocará el 26 y el 27 de mayo en Madrid, con todas las entradas agotadas.

Le acompaña en la entrevista el teclista Diego Herrera, que recuerda que en aquel entonces había una cosa en México llamada “los hoyos fonky”. “De repente llegabas a una bodega, nos funciona, sirve, pum, pum, pum. Venga, vamos a hacer un concierto, ¡mañana! ¡Pumba! Montabas todo ahí. Llegaba la gente, no sé cómo, porque se atascaba. No sé cómo se enteraba la gente. Y al día siguiente no había nada en ese lugar, desaparecía porque era clandestino”, rememora.

Había gente dispuesta a escuchar a estos grupos, pero no había apoyo de las discográficas o de los medios. “Nos decían: 'van a estar en este programa de televisión, pero tienen que tocar tal cosa y no pueden decir una mala palabra o no los vamos a entrevistar, o tienen que hacer playback, para que no corramos riesgos'”, dice Herrera. Como ejemplo de la poca confianza que tenía la industria en los grupos como Caifanes, el teclista recuerda que durante su primer contrato con una discográfica, los responsables buscaron la opinión de dos “expertos” para evaluarles: un argentino y un español. “Entonces dijeron bueno, pues mira, parecen putos, ese es un problema. Y el otro es que queremos vender discos, no ataúdes, ¿no? Porque estábamos con esta onda dark”. Les habían fichado “por si acaso”, pero en verdad no creían en ellos.

“Luego vino otro argentino que tenía más visión que aquel y dijo 'estos tipos valen la pena'. Entonces grabamos y empezó a suceder lo que ya conocemos”, remata Diego Herrera. Creció tanto ese público que aborrataba los lugares clandestinos que se desbordó, en parte gracias a la visión comercial del sello RCA, que creó la etiqueta “Rock en tu idioma”, donde aglutinó a bandas mexicanas, argentinas, y al final ya no era solo una campaña de marketing sino un movimiento. De Soda Stereo en Argentina a Los Prisioneros en Chile. Una gran ola de nuevo rock en español, dotado de una poética insuperable.

Caifanes publicó cuatro discos que se consideran míticos, de culto, fundacionales, seminales, y cualquier otro apelativo épico que se quiera añadir a la definición. Importantísimos, en definitiva, para la historia del rock mexicano y para la memoria sentimental de los fans de la música en América Latina. Estuvieron activos diez años, entre 1986 y 1996 y se disolvieron —de manera traumática, brusca—, formando otros grupos, como Jaguares. En 2011 se reagruparon y volvieron a tocar en directo, pero no han vuelto a publicar otro disco largo, aunque sí cuatro canciones en siete años, a goteo.

La última se titula Y caíste (2025) y en ella muestran los colmillos al futuro, como dice un verso de la canción, escrita por el carismático cantante Saúl Hernández, uno de los mejores letristas de Latinoamérica. 

“No tenemos una disquera atrás con el látigo como teníamos antes”, analiza Alfonso André. Ahora el grupo es su propio jefe y no se ve forzado a publicar un álbum. “Hemos estado sacando cuando sentimos la necesidad y las ganas de meternos al estudio. También estamos muy entregados a tocar en vivo, sobre todo después de la pandemia”, añade. André se da cuenta de que este fluir agradable del grupo ahora, que perdió por el camino a los miembros Sabo Romo —con problemas de salud— y Alejandro Marcovich —con una relación tirante con Saúl Hernández—, se adapta bien a cómo funciona la industria de la música hoy. 

“La gente ya no se sienta a escuchar un disco completo, se maneja más con esto de los sencillos, que no es nada nuevo tampoco, ya era así en los cincuenta y los sesenta”, señala Alfonso André. “En lugar de aventarnos meses en trabajar un disco entero, preferimos hacer estas visitas medio guerrilleras al estudio y no tener que parar la gira. Grabamos un par de temas cada vez que nos metemos. Tenemos ya por ahí unos tracks que no hemos publicado, que estamos guardando para cuando por fin tengamos suficientes canciones para hacer un larga duración o al menos un EP”, revela el batería, anunciando que es probable que llegue un quinto disco de Caifanes, después de El nervio del volcán, en 1994.

Caifanes se siente un grupo de directo y el público español va a poder comprobarlo. El grupo solo ha estado tres veces en nuestro país: dos en Madrid (en las salas Revolver y Caracol, en 1994) y en el Encuentro Iberoamericano de Rock en Huelva que tuvo lugar en 1991, un acto previo a las celebraciones del 92. Pocas, para un grupo de su calibre. En la entrevista, Herrera y André relatan que la historia de Caifanes podría haber sido diferente porque antes de dar su primer concierto, antes incluso de que Alfonso André dejara Las Insólitas Imágenes de Aurora para enrolarse en Caifanes, decidieron mudarse a España e iniciar su carrera aquí. “Querían venirse en un barco carguero”, dice el teclista.

Pero una canción se coló en una emisora de radio y cambiaron de idea, adiós al sueño español de compartir escenarios con Alaska y Dinarama, Radio Futura, Toreros Muertos o Nacha Pop. “No sé cómo nos hubiera ido si llegamos aquí tres güeyes a un departamentito y nos la buscamos en ese momento”, reflexiona Herrera. A pesar del éxito posterior, su discográfica no hizo el esfuerzo suficiente para que el grupo fuera conocido en España, un desdén que también han sufrido otros muchos grandes nombres del rock latinoamericano, tesoros que parecen conocer solo los expatriados, a juzgar por el público que compra las entradas de sus conciertos.

Caifanes ha vuelto y está dispuesto a enmendar los errores del pasado. Han sanado sus heridas y han encontrado una manera de volver a estar juntos. “Tienes que tener muy buena paciencia y buena alma para poder aguantar”, señala Herrera. “Nos entendemos porque sabemos relacionarnos y qué le duele a uno, qué le duele al otro y dónde no debes pisar”, añade. “Pero la mayor sanación es tocar. Eso es una gloria. En este momento, con el mundo tan dividido como está, la música pasa por encima de todo eso, y a nosotros nos pasa en el escenario también”, recalca. “Eso nos mantiene queriéndonos y juntos”.

Saúl Hernández llama “rituales” a los conciertos, lo cual engancha con esa idea de poder de sanación, “de saltar la razón y llegar directito al corazón”, dice Herrera. La palabra corazón forma parte de la identidad de Caifanes, de su retórica. “Corazón es sentirlo, no fingirlo”, dice Alfonso André. Corazón es también “la composición”, hacer canciones entre todos, que “te encante lo que hizo el otro” y que “todo caiga en su lugar”, añade Diego Herrera.

En este regreso de Caifanes, el grupo está dispuesto a “perderle el respeto a todo”, incluido a las canciones, que son casi textos sagrados para muchos fans: La célula que explota, No dejes que…, Viento. “Hay canciones que las tocamos igual que las grabamos y hay otras que nos tomamos la libertad de darles otra vida. No debe de haber reglas inquebrantables. Las canciones van mutando conforme las vas tocando igual y aparecen otras cosas que no te habías imaginado”, dice Alfonso André.

A lo que si hay respeto es al nombre. Son Caifanes, los Caifanes. “Yo le tengo respeto y le tengo mucho cariño porque ha sido lo más importante que ha sucedido en mi vida”, admite Herrera. “Hay que hacerle justicia al nombre y a la historia del grupo. Nos ha pesado al meternos a grabar, de repente, aunque tratas de dejarlo atrás y de quitarlo de tu cabeza, para meterte fresco al estudio y sin tener ese peso encima, pero está ahí, en el subconsciente”, confiesa el batería. Y remata: “He de hacerle justicia a la historia de la banda y a la trascendencia que ha tenido a lo largo de los años para nuestro público. Sí, creo que es una responsabilidad y hay que hacerle justicia al nombre de Caifanes”.

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