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La literatura marginal y erótica de Gabrielle Wittkop que retorna en “un tiempo de fragilidad de la libertad”

La escritora Gabrielle Wittkop en un aimagen de archimo del año 2002 tomada en Barcelona, durante la presentación de 'Serenísimo asesinato'

Elena Cabrera

15 de abril de 2026 22:44 h

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El padre de Gabrielle Wittkop decía que la escuela es el lugar en el que se obliga a los niños a conformarse, de manera antinatural, con lo que allí se les cuenta. Por eso, en lugar de mandarla al colegio a los seis años, la dejó sola en la biblioteca de casa.

A los cuatro años de edad, Gabrielle se había autoenseñado a leer. A los 20, se había terminado todos los libros de las estanterías. Si una es, en el fondo, los libros que ha leído, fueron los autores que su padre recolectó a lo largo de su vida los que forjaron a la futura escritora: E.T.A. Hoffmann, Marqués de Sade, Lautréamont o Edgar Alan Poe, además de todos los clásicos franceses. La joven Gabrielle, en los años 30 del siglo XX, quedó sobre todo fascinada por lo que el siglo XVIII podía ofrecerle.

La editorial Cabaret Voltaire se ha encomendado a la tarea de rescatar su obra, con traducción de Lydia Vázquez Jiménez, catedrática de Filología Francesa de la Universidad del País Vasco y especialista en literatura libertina y estudios de género. La reciente publicación de los relatos Muertes ejemplares se suma a otros títulos fascinantes y revulsivos como El necrófilo (1972) o La vendedora de niños (2003).

“Fue una autora fuera de su tiempo”, explica Vázquez. Wittkop nació en 1920, por lo que se enmarca en la generación de entreguerras. Podría haberse adscrito a la corriente literaria del momento, la Nouveau Roman de Alain Robbe-Grillet o Michel Butor, pero era inclasificable. Ni encajaba ni le interesaba encajar. “Mientras los adalides del Nouveau Roman se plantean la deconstrucción del relato institucionalizado desde el siglo XIX en Francia, Gabrielle Wittkop vuelve la vista al pasado y se deja inspirar por figuras como Sade o Poe”, añade Vázquez.

Un debut macabro a los 52

Ese desplazamiento de su tiempo sucede por varios motivos, según explica la traductora y experta en su obra. Uno es la consecuencia de haberse enseñado a sí misma, de haberse abierto camino por instinto. Otro es que, en realidad, comenzó a escribir tarde. Primero, leyó mucho. Después, se dedicó a ser ilustradora de ejemplares únicos, siguiendo la estela paterna, que era dibujante y grabador. Por tanto, no escribió su primer libro, El necrófilo, hasta los 52 años. Y no fue un libro que encajara suavemente en el panorama literario. “Una obra a caballo entre el terror y el erotismo, en un momento en que la literatura francesa apostaba por el compromiso político o por la experimentación formal, la hace definitivamente inclasificable”, señala Lydia Vázquez Jiménez.

La académica señala que los intentos de clasificación han acercado a Wittkop a “Annie Le Brun, por su pasión en común por Sade, o a Jeanne de Berg [pseudónimo de la novelista y dominatrix Catherine Robbe-Grillet], por su gusto por el erotismo de tendencia sadomasoquista”. Pero estos paralelismos “son más el fruto de una intención crítica por reagrupar escritoras mujeres de un mismo periodo que de correspondencias reales entre estas autoras”, recalca.

Tras El necrófilo, escrito como un diario íntimo de un fetichista de cadáveres, le siguen relatos en los que persiste en la línea iniciada, como Serenísimo asesinato, La vendedora de niños, Cada día es un árbol que cae o Muertes ejemplares, “todos de una radicalidad metódica y modélica”. “La verdad es que Wittkop reúne como nadie en su tiempo temáticas como la marginalidad, la muerte, la putrefacción o el erotismo en todos sus extremos, que hoy pueden parecernos posibles e incluso muy actuales, pero que en su tiempo rozaban la aberración. De ahí que su reconocimiento, hasta el punto de convertirla en un mito en ciertos círculos del mundo entero, haya sido tan tardío”, desarrolla Vázquez Jiménez.

En su tiempo, a Gabrielle Wittkop se la entendió “mal o poco”, señala la experta. El necrófilo tuvo gran éxito de público, pero la crítica la ignoró. Su vida la llevó a Fráncfort y eso la alejó de los cenáculos parisinos, lo cual tampoco ayudó. Cuando los nazis ocuparon Francia, Gabrielle tenía 20 años. En París conoció a un desertor alemán llamado Franz Justus Wittkop, con quien se casó al terminar la guerra. Él era homosexual.

La escritora contrajo matrimonio con él para salvarle de la ejecución o del campo de concentración. Pero esto, para ella, “jugó en su contra en una Francia de la posguerra desinformada y con ansia de ajustes de cuentas”, advierte Vázquez. La pareja, unida por un vínculo intelectual, se marchó a Alemania y allí vivió Gabrielle el resto de su vida. En este país fue más famosa que en el de su nacimiento, donde el reconocimiento le llegó muy tarde.

Devota de Sade

Gabrielle Wittkop estudió bien la literatura francesa del siglo XVIII y también la sociedad veneciana, “donde floreció la filosofía libertina acompañada de manifestaciones artísticas de todo tipo, desde los lienzos de Boucher o de Fragonard hasta la música de Mozart con su Don Giovanni o su Così fan tutte, pasando por las obras maestras literarias de Marivaux, Crébillon, Laclos o Sade”, explica la profesora Lydia Vázquez Jiménez, que recientemente ha sido nombrada caballero de las Artes y las Letras de la República Francesa.

Con los libertinos comparte una filosofía que excluye cualquier autoridad moral o religiosa, y también un estilo de escritura. Un aroma literario que se contagia de las lecturas, del que se apropia y, transformado, impregna su voz literaria —“cruda, ‘viril’, rica, suntuosa y paradójica”, define Vázquez— y que acaba volviendo a Gabrielle una “gran mediadora entre aquella estética, que respondía a toda la ‘violencia del rococó’ y la nuestra”. 

La autora adquiere un profundo conocimiento de la producción literaria libertina, “basada en el materialismo, en el culto a la naturaleza, en el convencimiento de que No hay mañana”, parafraseando el título del relato libertino de Vivant Denon, artista, diplomático, viajero, erotómano y coleccionista que encarnó bien esa estética vital del XVIII. Pero, sobre todo, y por encima de todos, estaba el divino marqués.

“Su devoción está enteramente consagrada a Sade”, dice Vázquez. Eso la emparenta con la mencionada Annie Le Brun, a quien Lydia Vázquez también ha traducido para Cabaret Voltaire, con su obra Lo que no tiene precio y con los surrealistas, que reivindicaron al autor de Los 120 días de Sodoma como “el pensador y escritor más lúcido, más extremo (porque lúcido) de todos los tiempos”.

La hipocresía y la extrema crueldad de los poderosos que vemos al descubierto en Serenísimo asesinato o en La vendedora de niños, son las mismas que ya denunciaba Sade… y que nos recuerdan a los archivos Epstein

Lydia Vázquez Jiménez Catedrática de la Universidad del País Vasco UPV/EHU

Gabrielle se autoproclamó nieta de Sade. “Y estoy segura de que el marqués, por una vez, habría estado orgulloso de su descendencia”, dice la catedrática. “La libertad total de la escritura sadiana donde todo puede, y debe, ser dicho, encuentra efectivamente su eco posmoderno en la obra de Gabrielle Wittkop. La hipocresía y la extrema crueldad de los poderosos que vemos al descubierto en Serenísimo asesinato o en La vendedora de niños, son las mismas que ya denunciaba Sade… y que nos recuerdan a los archivos Epstein”.

Libertinos como Sade, Laclos o Wittkop, que lo fue tanto en sus ideas, su escritura como su vida, “nos ayudan a entender la falsedad de quienes pretenden imponer normas morales para los demás y así poder someterlos mejor”, valora Lydia Vázquez.

Necesaria hoy

Las traducciones que está realizando Cabaret Voltaire han traído a Gabrielle Wittkop al presente español. Hasta ahora, solo se la leía en círculos muy reducidos, pero muy incondicionales. En Francia, ha terminado por convertirse en una escritora mítica y se está reeditando su obra completa.

“Creo que su escritura absolutamente libre es una necesidad en una sociedad donde somos conscientes de que nuestra libertad es más frágil que nunca, que podemos perderla en cualquier momento. Necesitamos saber que existe, qué forma tiene, qué olor, qué sabor, qué tacto. Y eso nos lo da Gabrielle Wittkop con su estilo único. Pero también tenemos que aprender de dónde viene el peligro, y ese es el mensaje que nos transmite Wittkop. Yo diría que entendemos más que nunca a Gabrielle Wittkop porque es una literatura de la emergencia, en el doble sentido de la palabra, para una situación de emergencia como la que vivimos hoy”, concluye Lydia Vázquez.

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