Elogio de la literatura
Mis vecinos de Piedralaves, entre los que hay cabreros, reponedoras de supermercado, dependientes de comercio, ganan más dinero que yo, que tengo media casa muy bonita llena de libros. Un malentendido trata de traducir en términos estrictos de “clase” lo que en realidad es una diferencia de otro tipo. Los veo raros. Me ven raro. Tres veces al año compartimos mesa. Ellos me agasajan porque me ven frágil; me cortejan porque les parezco interesante; les gusta sentarse a la mesa con un escritor que se sienta a la mesa con ellos. Yo les agasajo porque me parecen frágiles; los cortejo porque me parecen interesantes; me gusta sentarme a la mesa con un cabrero y una cajera de supermercado que se sienten contentos de sentarse a la mesa conmigo. Cuando nos despedimos piensan: “no quiero ser como él pero quiero que exista”. Cuando me despido de ellos pienso: “no quiero ser como ellos pero quiero que existan”. Un mundo llevadero, civil, es un mundo en el que cada uno de nosotros se gusta razonablemente a sí mismo mientras piensa del otro: “no quiero ser como él, pero quiero que exista”. El elitismo de izquierdas consiste en mirar al otro y decir: “quiero que sea como yo”, como si ese “yo” contuviese el patrón universal de una humanidad deseable. La guerra civil estalla cuando miramos al otro y nos decimos: “no quiero que exista”. Lo primero es narcisismo militante; lo segundo es fascismo.
Este “quiero que existas” entre vecinos es una interesante experiencia de “ficción” antropológica que, en toda su pureza, sólo encontramos en la literatura. Ahora que celebramos el Día del Libro es un buen momento para recordar que la “ficción”, ese gran invento de la humanidad (que, a su vez, inventa a la humanidad misma), nos protege del fascismo no porque sea antifascista sino porque crea un hábitat concreto en el que nada ni nadie sobra. La fórmula con la que san Agustín resumía el verdadero amor era volo ut sis, que Heidegger traducía como “quiero que seas lo que eres”, pero que, a mi juicio, se limita a reconocer y conservar la existencia del otro ante nuestros ojos: no sobras, no me sobras, me gusta que existas incluso si no me gusta como eres.
Más allá de la propia familia, poblada de tíos narigudos y abuelas furibundas, este gusto por la existencia ajena sólo se revela verdaderamente vinculante en las buenas novelas, de cuyos personajes, buenos o malos, no podemos prescindir. No nos identificamos con John Silver, no, pero queremos que exista; ni con lady Macbeth ni con lady Catherine de Bourgh, por supuesto, pero queremos que existan; ni con los malvados Dodson y Fogg ni con Felicísimo Carnicero ni con el enano Fitzerle, pero queremos que existan. Cuando situamos los relatos y, en general, la ficción fuera de la realidad, en una nube fantasiosa, estamos olvidando que una reunión de vecinos puede ser a veces una buena novela. Y que es justamente eso que tiene de novelesco nuestra vida cotidiana lo que nos protege del narcisismo y de la guerra civil.
Por eso es fundamental salvaguardar la autonomía de la ficción. Lo he dicho otras veces: ni podemos ni debemos correr riesgos en un hospital falto de recursos ni volviendo borrachas de noche a nuestras casas ni en un trabajo inhumano y sin contrato. Nada ni nadie podrá garantizarnos una seguridad absoluta, es verdad, pero una sociedad justa tiene que establecer condiciones materiales en las que estos peligros se vean reducidos al mínimo. Hay dos ámbitos, sin embargo, en los que los humanos no sólo no podemos evitar todos los riesgos sino a los que debemos proteger, al margen de cualquier intervención (iglesia, doctrina o partido), como espacios pensados precisamente para correr riesgos. Uno es el amor. El otro el arte. Un enamorado se enamora de la independencia del amado, pero esa independencia es, al mismo tiempo, fuente de belleza y de incertidumbre; no hay ningún enamorado que no quiera esas dos cosas juntas o que no acepte su simultaneidad inevitable. En cuanto al arte, es justamente el lugar que nos hemos reservado para ponernos en peligro y poner en peligro a las demás. La literatura debe servir para eso, no como evasión o esparcimiento. Una buena novela sirve de hecho para eso: para ceñir un espacio de autonomía en el que nos podemos permitir —y, aún más, debemos— correr riesgos. Hace años titulé una colección de reseñas literarias: Nadie está seguro con un libro en las manos. De esa inseguridad “local” depende nuestra humanidad general.
¿De qué riesgos hablo? El autor corre el riesgo de crear nuevas reglas sin ninguna certeza, el riesgo de no encontrar las palabras, el riesgo de no gustar. El lector corre un riesgo aún mayor: corre el riesgo de que exista el otro. Lo acabo de decir: el otro existe solamente, o sobre todo, en la ficción, y desde allí a menudo comparece también en nuestras vidas. El riesgo que acompaña a la existencia del otro es inmenso: el de que, por ejemplo, cambiemos de idea o de opinión. Cuando el otro existe realmente —para el enamorado o para el lector— ya no podemos estar seguros de tener razón. No sabemos, no, quiénes somos hasta que tropezamos con alguien del que decimos: quiero que existas. Una verdadera reunión de vecinos, porque se parece a una buena novela, conlleva el peligro de una transformación, para bien o para mal. Por eso las buenas novelas, como los grandes amores, son peligrosos.
El problema hoy no es que se escriba poco (nunca se ha escrito tanto) o que no se lea (probablemente se lee más que nunca) sino que la literatura, como las reuniones vecinales, se inscribe cada vez más en un mundo caracterizado por el “aplanamiento”, según la expresión del filósofo francés Olivier Roy; es decir, en un mundo sin arrugas, sin ambigüedades, sin matices; un mundo en el que, en la sociedad, queremos tratar sólo con afines electivos y en el que, en la literatura, queremos leer sólo novelas que nos representen, cuyos personajes podamos identificar como “nuestros” y con los que podamos identificarnos. A derecha e izquierda, me temo, se sobrevalora el poder axiológico del arte y de la literatura, de manera que unos y otros buscan intervenir en su autonomía para apropiársela en favor de sus “valores”. Pero al querer evitar o monopolizar ese poder sobrestimado, lo que hacen es neutralizar su verdadero poder, inseparable precisamente de su peligrosa indeterminación frente a la planitud ideológica. Ningún niño se hará nunca antirracista o feminista leyendo cuentos moralistas cuyo mensaje sea evidente. La literatura, si quiere conservar su poder relativo, no puede ser un manual de instrucciones. Como bien decía Gramsci: “el arte es educativo, pero no porque sea educativo sino porque es arte”. La novela más antifascista que he leído es Viaje al fin de la noche, cuyo autor, el francés Louis-Ferdinand Céline, fue juzgado por colaboracionismo con los nazis; la más atea es Los hermanos karamazov, escrita por Dostoievski para combatir el ateísmo; la más sociológicamente reveladora Orgullo y prejuicio, que Austen escribió como divertimento. Si existe el otro, ya no sabemos qué va a ser de nosotros. Ese es el peligro, esa es la salvación. No quiero novelas antifascistas ni feministas ni democráticas. Quiero correr riesgos. Al menos ahí.
Decía el gran poeta Joseph Brodsky que un escritor sólo tiene una obligación: escribir bien; y que la sociedad, por su parte, no tiene nunca ninguna obligación en relación con los escritores. Tiene derecho a no leer y, aún más, a despreciar a sus artistas. Ahora bien, añadía, una sociedad que no lee y desprecia a sus artistas es una sociedad cuyo lenguaje crecientemente degradado la expone a la tiranía y la demagogia. Un mundo aplanado es un mundo en el que los escritores escriben para sus propios afines y en el que los lectores quieren leer libros en los que se sientan confirmados y confortados. Ese aplanamiento ha llegado ya a la política, al periodismo, a los tribunales, donde la literalidad, el fake y la prevaricación se han impuesto como forma rutinaria de negar al otro: “no quiero que existas”. Cuidemos al menos, por favor, la ficción y su autonomía, el único territorio en el que aún podemos distinguir el Bien del Mal y desear que existan los dos al mismo tiempo.
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