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La biografía que al fin sitúa a Miguel Hernández en el curso de la Historia refleja su dignidad hasta la muerte

“Esta es la primera biografía de Miguel Hernández escrita por un historiador”, afirma Mario Amorós, en una clara declaración de intenciones, en el prólogo de Un poeta en la Historia, la biografía que sobre el poeta de Orihuela acaba de publicar en Akal.

La mirada –y el método– del historiador aporta rigor a la reconstrucción de la vida de Miguel Hernández, siempre apoyada en las fuentes que consulta y contrasta, y respaldada en el vaciado de nuevos archivos que aportan información inédita, y que contribuyen a ampliar el conocimiento sobre la vida del poeta, a confirmar hipótesis o desterrar mitos.

Si un suceso aparece en el texto es porque ha sido previamente contrastado; y si no aparece es porque no hay prueba documental que permita verificarlo, por verosímil que sea, o por asumido que esté entre biógrafos y lectores. No se llenan los huecos con imaginación ni conjeturas. En Un poeta en la Historia la literatura la pone únicamente Miguel Hernández, o se encuentra en el pulso narrativo de un texto que fluye para acompañar a un lector que se deja atrapar por su prosa amena y clara.

La mayor aportación de Mario Amorós al conocimiento de la vida de Miguel Hernández deriva de la consulta del Fondo Documental Germán Vergara Donoso del Archivo Nacional de Chile. La “conexión chilena” de Amorós, familiarizado con los archivos nacionales de Chile, de cuyos fondos se ha servido para componer anteriormente las biografías de Salvador Allende, Pablo Neruda, Víctor Jara o Pinochet, le permite ahora rescatar, o restablecer, la “conexión chilena” de Miguel Hernández, aunque el poeta oriolano nunca llegara a pisar suelo americano.

Amorós ha tenido acceso a las casi cuatro mil páginas de un fondo que incluye las once cartas que Miguel Hernández dirigió al diplomático chileno entre junio de 1939 y enero de 1942, así como otros escritos, como la correspondencia que Vergara Donoso mantuvo con Vicente Aleixandre o Rafael Sánchez Mazas, y que Amorós descubrió en 2015, cuando investigaba, precisamente, para la biografía de Pablo Neruda, El príncipe de los poetas, que publicó en 2015. “Estas cartas iluminan de manera definitiva varios aspectos sobre los que prevalecían las dudas y las especulaciones y faltaba la certeza del respaldo documental”, apunta Amorós en su bibliografía.

Germán Vergara Donoso, que se definía como hombre políticamente de derechas, pero con fondo social y nulas simpatías hacia el fascismo, apenas vio una sola vez a Miguel Hernández, pero sintió por el poeta una gran admiración y se forjó entre ellos un sólido vínculo humano, más allá de sus diferencias concretas, y una gran amistad epistolar. Las gestiones de “su querido tío”, como así se dirigía a él Hernández en sus cartas, fueron esenciales para lograr la conmutación de la pena de muerte que el consejo de guerra franquista le impuso al poeta el 18 de enero de 1940.

Mario Amorós recoge la carta que Dionisio Ridruejo dirige al ministro de Educación Nacional para alertar de las graves consecuencias que pesarían sobre la imagen del régimen la ejecución de Miguel Hernández

Vergara Donoso escribió al ministro sin cartera Rafael Sánchez Mazas para interesarse por la situación de Miguel Hernández que, sometido a un chantaje por parte del franquismo, sabía que no se podía permitir el lujo de fusilar al escritor y repetir un nuevo “caso Lorca”. Amorós recoge en Un poeta en la Historia la carta que Dionisio Ridruejo dirige a José Ibáñez Martín, ministro de Educación Nacional, para alertar de las graves consecuencias que pesarían sobre la imagen del régimen la ejecución de Miguel Hernández: “El poeta –gran poeta– Miguel Hernández ha sido condenado a muerte por acusaciones graves. La ejecución de la sentencia, aun siendo justa, sería peligrosa para nosotros, porque podría ser la nueva versión del ”caso Lorca“, en orden a la propaganda. Aparte de eso y por puras razones de humanidad, siempre es bueno evitar la muerte de un hombre. Como esta tarde hay consejo, ¿quieres interceder por él ante el Caudillo? A Rafael [Sánchez Mazas] se lo he rogado igualmente. Sería una pena que por un descuido desapareciese un poeta importante y se diese un arma al enemigo”.

Parece que todo ello respondía a una retorcida estrategia por parte del régimen. La espada de Damocles de la pena de muerte pendiendo sobre la cabeza del poeta debía empujar a Miguel Hernández a pronunciar públicamente su arrepentimiento por haber participado en la defensa de la República y proclamar su adhesión al régimen. Sus amigos falangistas, como Dionisio Ridruejo o Ernesto Giménez Caballero, le visitaron en las cárceles de Torrijos y Ocaña para negociar la revisión de su condena e incluso para prometerle su libertad a cambio de retractarse.

Miguel Hernández, enarbolando la bandera de la dignidad, no se vendió, no se sometió a tan indigno chantaje. Finalmente, y de todos modos, la pena de muerte se conmutó por una condena a treinta años de cárcel que su muerte temprana no le dejaron cumplir

Miguel Hernández, enarbolando la bandera de la dignidad, no se vendió, no se sometió a tan indigno chantaje. Finalmente, y de todos modos, la pena de muerte se conmutó por una condena a treinta años de cárcel que su muerte temprana no le dejaron cumplir. Como decía Vázquez Montalbán, murió de tuberculosis y comunismo, es decir, por mantenerse firme en la defensa de sus ideas y por una enfermedad acrecentada por el “turismo carcelario” y las precarias e insalubres condiciones de las cárceles franquistas, donde los presos convivían hacinados y en compañía de las ratas.

Josefina Manresa, la mujer de Miguel Hernández, que siempre fue muy tibia a la hora de reconocer la militancia del poeta, que siempre prefirió describirlo en su dimensión más poética que política, y que incluso llegó a negar que Hernández hubiese llegado a tener el carnet del Partido Comunista (hecho hoy más que probado y fuera de toda duda), acaso para proteger su legado y para protegerse en un mundo desmemoriado y hostil, en la intimidad de las cartas dirigidas a Germán Vergara Donoso muestra su versión más descarnada, como prueba la escrita en abril de 1942, y que aporta Amorós del fondo chileno: “(…) Lo que hicieron con él fue asesinarlo. Le dieron una muerte lenta y dolorosa, sistema muy peculiar en esta gente sin entrañas e inhumana porque hubo mil medios para poder haber evitado su muerte, pero como les estorbaba y lo que querían eran quitarlo del medio, pues desde el principio fue mal atendido”.

La vida de Miguel Hernández ha sido ya contada por otros biógrafos. Antes de la de Mario Amorós, y todavía en 1975, Manuel Muñoz Hidalgo publicó Cómo fue Miguel Hernández. Un joven Rafael Chirbes, en la revista Ozono, y como muy bien recoge Álvaro Díaz Ventas en la antología de artículos de Chirbes, titulada Asen­tir y desestabilizar. Crónica contracultural de la transición, acusaba esta biografía de desactivar políticamente a Hernández, mostrándolo como un muchacho ingenuo y sin ideología que se dejó llevar por su debilidad y por las circunstancias sin nunca terminar de comprender lo que estaba en juego.

Luego vino la biografía de José Luis Ferris, Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, en 2002 (corregida y aumentada en 2022), una auténtica obra de referencia entre los estudios hernandianos, que no solo supo recorrer paso a paso la vida pública del poeta, y conectarla con su poesía, sino también acceder a parcelas desconocidas de su vida privada, incluso íntima.

Rafael Chirbes acusaba a la primera biografía de Miguel Hernández, publicada en 1975, de desactivar políticamente al poeta, mostrándolo como un muchacho ingenuo y sin ideología que se dejó llevar por su debilidad y por las circunstancias sin nunca terminar de comprender lo que estaba en juego

En 2010, Eutimio Martín, en plena celebración del centenario del nacimiento del poeta, publicó El oficio del poeta, un libro asimismo imprescindible en la que se ofrece una imagen de Miguel Hernández muy atento a la norma literaria que regía en cada momento para, en función de esta, construir su propia poética y aprender a moverse y a posicionarse en el campo literario para ocupar un lugar privilegiado en el mismo. Cabe destacar también los primeros acercamientos de María de Gracia Ifach o Concha Zardoya, además de los trabajos de Agustín Sánchez Vidal, Dario Puccini o, más recientemente, Andrés Sorel, cuyas aportaciones al conocimiento de la vida del poeta fueron sin duda relevantes e imprescindibles.

Con Un poeta en la Historia: vida de Miguel Hernández se amplían y se completan algunos episodios de su biografía de gran importancia para entender su compromiso político. Pero lo más importante es que, a diferencia de las biografías anteriores, Mario Amorós, como historiador, inscribe al poeta, efectivamente y como el título anuncia, en la Historia; no en el contexto histórico, sino –y vale la pena insistir– en la Historia.

Porque no se trata de mostrar un contexto histórico como un escenario en el que el biografiado se mueve y actúa con relativa autonomía, sino el modo en que la historia –política y social– atraviesa, determina y constituye a un sujeto que habita las contradicciones de una coyuntura histórica específica y las despliega en su producción poética. Además de mostrarnos un ser humano con sus complejidades, con sus dudas y sus miedos, y también con sus certezas y compromisos, Amorós y Un poeta en la Historia nos muestra un sujeto histórico que, como no puede ser de otro modo, vive históricamente el tiempo que le tocó vivir y escribir.