La portada de mañana
Acceder
El ataque limitado de Israel a Irán rebaja el temor a una guerra total en Oriente Medio
El voto en Euskadi, municipio a municipio, desde 1980
Opinión - Vivir sobre un polvorín. Por Rosa María Artal

Adelanto editorial

Taylor Swift, el espejo milenial en el que no podemos evitar mirarnos

0

Puede parecer extraño no enterarse del fin del mundo. Que a uno le pille en el instituto, dando clases sin comprender el porqué de la agitación que recorre a los alumnos, incluso a colegas profesores. Ese día, un compañero se ausentó un segundo. En la pausa regresó: “¡He conseguido preventa para París, Lisboa y Londres!”. A él le siguieron en el mensaje otros tantos docentes. Y multitud de chavales; todos hablaban de lo mismo. Todos hablaban de la preventa de The Eras Tour de Taylor Swift

Aquel día sentí la calma chicha del ojo del huracán. Porque lo que vino a continuación, ya fuera del colegio, fue arrasador: The Eras Tour, así apodó –no sin ambición– la cantante americana su gira, empezó a batir todos los récords, sus hazañas contra la industria (regrabó sus álbumes para luchar por sus derechos de autor o combatió con la poderosa Apple por cambiar las reglas del cobro por stream) empezaron a narrarse en todos lados. Su documental sobre el mismo The Eras Tour –un concierto grabado, vamos– superó las cifras del This Is it de Michael Jackson. 261,6 millones de dólares a nivel mundial. 

Taylor Swift fue declarada “Persona del año” para Time

Y yo seguía pensando, ¿de verdad tanto revuelo?

Después de veinte años escribiendo en las principales revistas de música, algo que he compaginado con la docencia en los últimos tiempos, no entendía la envergadura del asunto: claramente, la de Pennsylvania no tenía la mejor voz, ni las más logradas melodías, ni las historias contadas con más maestría, ni las coreografías más vistosas; definitivamente, ni siquiera tenía los mejores temas. Pero había reventado todos los registros en listas, ventas y seguidores. De hecho, lo que más me fascinó fue su comunidad: los swifties. Mis compañeros y alumnos swifties.

El poltergeist Swift me absorbió: todo el mundo me preguntaba por ella. ¿Qué opinas del fenómeno? 

La escuchaba donde nunca hubiese dicho: ¡Las palabras de Taylor Swift están influyendo en la vida pública española! Pedro Sánchez se tuvo que referir a ella en La pija y la quinqui. Con el tiempo me enteré que donde había sido, obviamente, decisiva era en la política americana: plantó cara a Trump y su apoyo a los demócratas provocó un subidón en el registro de votantes de Estados Unidos. 

Todos oíamos hablar, y mucho, sobre la estadounidense. Pero no podíamos responder con certeza: ¿qué hacía que conectara con cada vez más gente?

Para buscar respuestas, hice como los alumnos de la ESO y todos los hipocondríacos del universo: Google Search. “Taylor Swift”. Lo escribí por primera vez en mi vida en el navegador, y me llevé una primera sorpresa: ella y yo tenemos la misma edad, 34 años. Es de finales de 1989, yo de principios de 1990. En una escuela no hubiésemos ido juntos, pero qué duda cabe, compartimos –mucho de nuestra– generación en Occidente: educación pública, infancia mimada (la relación con su madre es de mejores amigas) y deleite por la vocación. 

Y ese deleite, claro, nos había llevado, a mí, a muchos de los míos, y a ella, a desarrollar todo tipo de procesos relacionados con la salud mental. Swift pasó por un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA) y ha hablado varias veces sobre salud mental: This is me trying es un buen ejemplo de ello. Ahí hice un switch, ¿qué hacía una cantautora pop hablando sobre TCA o depresión?

Al cabo de unas semanas de investigación, u obsesión, me percaté de que no era una escritora excelente, pero sí obstinada y –algo de lo que ya no tengo duda– activa y muy sincera. 

Sus historias no son buenas ni malas, son suyas. Es hija del siglo del yo. En sus apariciones públicas y en redes sociales, demuestra que conserva una forma de vida que no está a años luz de la de sus fans. Mucho menos en sus canciones, un diario abierto donde la mueven sentimientos muy normales (en el mejor de los sentidos): amor, desamor, vacío, deseos, desconcierto. 

Me tuve que acercar al cine a verla en directo, ya que las entradas para su concierto estaban prohibitivas (hasta 4.000 euros en reventa). Tras dos horas y pico de verla en directo en The Eras Tour algo era muy evidente: no mandan los extremos ni los fuegos artificiales, lo importante aquí estaba en el equilibrio entre la profesionalidad y una cierta espontaneidad (no parecer un robot, pero tenerlo todo bajo control). En TikTok descubrí decenas de cuentas que buscaban en sus directos dicha espontaneidad para reafirmar su condición de humana e imperfecta. También me chocó, esa no era la reina del pop que yo había vivido en los 2000… ¿Desde cuándo no queremos reinas pop perfectas?

“Es como si entregara a sus oyentes las llaves de sus canciones”, leí al célebre Nate Sloan, periodista y coautor del podcast y libro del mismo nombre, Switched on Pop. Swift tiene una aura que embruja más allá del estereotipo de adolescentes embobadas por la sinceridad. Y está absorbiendo con el paso del tiempo a muchas más generaciones que la suya, la milenial, de la que es reina. Reina sin Estado, pero sí con ejército: los citados swifties. Mis alumnos… ¡Y mis compañeros! Los swifties tienen poder. Son muchos, es decir, tienen mucho poder: cuando Elon Musk propuso a Taylor Swift un pacto –tweet mediante– para reflotar X, millones de swifties le pidieron al magnate que “se alejara de la cantante”.

Si sus fans tienen mucho poder, ella también. Es algo que se retroalimenta. Swift puede influir en el Golden Boy, ¡que le pregunten a Alejandro Balde! O en la NFL. Quién no ha puesto cara estos días a Travis Kelce, su actual novio, jugador del equipo campeón de la Superbowl, los Kansas City Chiefs.

El hecho de tener una carrera desde los 14 años, ha dejado en ella una imagen de artista infantil. Pero solo cabe ver su respuesta a Kanye West en Look what you’ve made me do o sus parlamentos en los Billboard, con un mensaje empoderador y reivindicativo para darse cuenta que Swift se ha ido convirtiendo en adalid polémico de la izquierda (de la causa woke para sus críticos) en Estados Unidos: defiende el feminismo, lo LGTBIQ+ (Mean), la salud mental, el antirracismo. Ha alzado su voz también por temas como el control de armas.

No siempre fue así, claro. Taylor Swift lleva diez discos dando giros ligeros, a excepción del valle agudo que derivó en Reputation. El título lo dice todo, después de las trifulcas con la industria, con Kanye West, con la prensa, quería dar un golpe en la mesa. Ese fue su reto discográfico más ambicioso a nivel narrativo y un paso clave para poder derivar su carrera hacia un lugar más cercano a las preocupaciones de la treintena que a la juventud. Como después demostró en Folklore y Evermore (2020), discos de pandemia donde se acercó al indie gracias a figuras como el artista de culto Bon Iver. En todos los álbumes mantuvo, eso sí,  parte del tête-à-tête con el fan, el diario personal, inclusivo y con cierto afán cuenta-cuentos (lo importante, siempre lo ha sostenido ella, son las historias). 

Taylor Swift ha calificado The Eras Tour como tal para recoger en una vuelta al mundo todo lo que ha sido hasta sus 34 años. También lo ha hecho para preparar el terreno hacia lo que será. Porque nada apunta a que Taylor Swift vaya a quedarse anclada en una popstar Miss Americana ex adalid country. Porque, dentro de ser una estratega bestial del capitalismo amable, tiene aprecio por las verdades (o al menos por la verosimilitud, sean cuales sean en cada momento de su trayectoria) de un mundo global: todos nos preocupamos por todos, pero cogeríamos un avión privado (ella algunos de más). 

¿Le estamos bailando el juego a una pija americana con la que compartimos problemas de bobos sin valores? ¿Nos acompaña de forma mesiánica cuando todo falla, el coco, el corazón, la razón?

Taylor Swift es un espejo. 

Uno de los que retornan el semblante muy fielmente. 

Uno de los que no se puede escapar tan fácilmente con monosílabos, despejarlo en una conversación tonta de bar. Es uno que nos genera dudas. Dudas de hoy. Debates, fanatismos, pero también puntos grises. 

Es esperanzador que en una vida a pura velocidad, una vida a todo-storie, sigamos teniendo espacios en el pop –cada vez más intergeneracionales– para los grises. 

---

Yeray S. Iborra publica Fenómeno Taylor Swift (Sílex, 2024) una narración que recurre a la biografía de la cantante para explorar pop, identidad, política y ‘fandom’.