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Una palmera cae

La lámpara del filósofo - René Magritte 1936 - El llum del filòsof - René magritte 1936

La lámpara del filósofo - René Magritte 1936.

El jubilado, el viejo carcamal superviviente de un mundo analógico, se pasa el día delante del televisor como un yogui concentrado en su pito. Lo conoce todo sobre el universo de la fama y los protagonistas de las series de ficción, y se refiere a ellos como si de parientes más o menos cercanos se tratara. Los documentales y sobre todo los anuncios le proporcionan información complementaria sobre las cosas de este mundo, y los telediarios, sobre lo que pasa. Todo desfila ordenadamente ante sus ojos como en una cinta de Moebius que no para de girar, y nosotros nos compadecemos del pobre infeliz porque nos hemos liberado de esa fuente pasiva de información, de esa caja tonta, y nos nutrimos de otras fuentes interactivas, como las redes sociales y los foros de opinión, unos medios de comunicación cada vez más ágiles, permanentemente actualizados —actualizados hasta la histeria—, y unas ficciones cada vez más abundantes, que escogemos de acuerdo a nuestros gustos y que vemos no a una hora y un lugar establecidos por quienes las emiten, sino dónde, cuando y como queremos. Aparentemente, el jubilado es un títere en manos de un puñado de manipuladores y nosotros individuos autónomos, porque todo lo que hacemos parece depender de nuestra voluntad.

El jubilado, sin embargo, conserva una antigua ventaja. En cuanto se va la luz, en cuanto desconecta el televisor, ve la realidad, la ve tan claramente que corre a arreglar el fusible o se toma una pastilla y se va a dormir, porque esa visión le aterra. Nosotros ya no. Pasamos de una pantalla a otra, de un estímulo a otro, de la vigilia al sueño sin hacer ningún paréntesis, y nos parece que todo cuanto percibimos es lo real. Necesitamos creerlo. Es un nuevo estadio del malestar en la cultura que nos afecta a todos. Seguramente nunca como hasta ahora el individuo ha estado más sepultado por el modelo civilizatorio que lo contiene, nunca como ahora se ha visto tan dificultado para escapar de las restricciones impuestas por su medio cultural que, naturalmente, no se presentan como tales, i, lo que es más turbardor, nunca como ahora ha sentido tan pocas ganas de escapar de ellas. Es en ese sentido como habría que entender eso que se llama «posverdad», ese neologismo aparentemente extravagante que se obstina en cuajar, en aposentarse permanentemente en nuestro vocabulario. Para entenderlo, hay que dejar de señalar como posverdades a aquellos bulos más o menos elaborados que se lanzan para condicionar de manera puntual a la opinión pública. Para definir eso existen términos más precisos. «Posverdad» es un concepto que no tiene plural y denomina un fenómeno más amplio y difuso. Se refiere a un estado alienante en el que ya no podemos contrastar nuestro universo mental, ese desde el que construimos criterios y tomamos decisiones, con un referente externo supuestamente objetivo, probatorio de la veracidad de nuestras opiniones y la oportunidad y la moralidad de nuestras acciones.

Hemos pasado de ser los receptores pasivos de la comunicación unidireccional denunciada por los teóricos de la escuela de Frankfurt, a formar parte de una barata, dócil y eficiente red de repetidores de las emisiones de información centralizada. La multidireccionalidad de la información es un espejismo. Lo que está ocurriendo no tiene nada que ver con la retroalimentación emancipadora que propugnaban los pioneros de la teoría crítica. Definitivamente, nos hemos convertido todos en intelectuales orgánicos, de pacotilla pero de una eficiencia sin parangón en la historia de las servidumbres, al servicio de un sistema sellado, que no tiene vigas maestras ni muros de carga, que se sustenta en todas y cada una de sus moléculas. Sin salirnos de la escaleta, de manera perfectamente sincronizada y con una convicción que haría dudar a las más conspicuas lumbreras del pasado cuando estas dominaban la Tierra, nos pronunciamos sobre si hay que volver o no a la Luna, sobre si determinada sentencia judicial se ajusta o no a derecho, sobre como se han de abordar determinados problemas políticos (y como se tienen que enunciar), o sobre la fecha exacta del fin del mundo. Lo que no se pronuncia y, por tanto, los que no se pronuncian, devienen cosas y seres quiméricos, se convierten en una de esas hipotéticas palmeras que caen en una lejana isla desierta. Ni hacen ningún ruido ni seguramente existen. La posverdad da la razón al subjetivismo más radical: solo existe lo que somos capaces de percibir y solo mientras somos capaces de percibirlo.

Poco a poco se ha ido creado un muro entre eso que podría ser la verdad y lo que consideramos no ya verdadero, sino simplemente plausible o digno de ser tenido en cuenta. Es un muro cada vez más espeso y nos estamos resignando a vivir tras él y sin posibilidades de asomarnos al otro lado. Nos estamos resignando a esa ignorancia latente, a movernos a tientas en medio de una oscuridad inducida por fuerzas que nos superan y que tampoco vemos, privados del requisito primordial de la racionalidad crítica, que no es tanto la verdad como la claridad. Paradójicamente, es al abrigo de esa penumbra perceptiva donde se forjan certezas cuya tremenda fuerza gravitatoria es capaz de sacar países enteros de su órbita o de crear imágenes psicodélicas de la realidad mediante colosales ejercicios de disonancia cognitiva, delirios que varían en función de si la sustancia estupefaciente actúa sobre la conciencia identitaria, sobre la étnica, la económica o la política. Y tras adherirnos a esos grandes consensos e incorporarnos a sus flujos emocionales, que invariablemente brotan de la sensación individual de vacío, de la frustración y la impotencia, de un impreciso deseo de revancha, con frecuencia descubrimos que tras ellos no había nada susceptible de ser definido con nitidez, ni siquiera una mentira, porque cuando el fenómeno se disipa vemos sus efectos siempre desconcertantes y a menudo desastrosos, pero no vemos ninguna verdad y toda mentira esconde alguna. En el mejor de los casos intuimos un engaño, pero nunca somos capaces de desentrañarlo plenamente. Cuando constatamos que corríamos tras una alucinación, ya estamos corriendo hacia otra plenamente convencidos de que también ahora sabemos hacia dónde vamos.

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