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El síndrome de Aladino

Hugo Gernsback i el seu televisor personal, 1963 - Hugo Gernsback y su televisor personal, 1963.

Hugo Gernsback y su televisor personal, 1963.

Lo deja caer el profesor Enrique Vidal en un episodio de Pioners del futur, ese programa que À punt mantiene en la semiclandestinidad seguramente porque teme que su audiencia no sea lo bastante inteligente como para entenderlo: la llamada inteligencia artificial consigue parecer cada vez más inteligente a costa de rebajar las capacidades de la humana. El ejemplo que pone Vidal es muy sencillo. Cuando en la pantalla del ordenador aparece una mal llamada «ventana de diálogo» que nos pide aceptar o cancelar una operación, inmediatamente tenemos la sensación de estar tratando con una máquina que razona, pero, en realidad, lo que esta nos plantea es una cuestión binaria que está muy por debajo de las capacidades intelectivas de un mono: si quieres la banana, aprieta el botón de la derecha; si aprietas el de la izquierda, ya sabes que vas a pasar hambre. Y si lo que quieres es una manzana, te jodes. El «sí, pero…» no se contempla, no hay posibilidad de diálogo posible. A una máquina no le vayas con monsergas. Hoy por hoy —y hay quien cree que siempre será así—, la dialéctica compleja está fuera de nuestra relación con cualquier cacharro, por mucho que algunos consigan divertirse haciendo preguntas pretendidamente ingeniosas a esos «asistentes inteligentes» como Siri, Cortana o Google Assistant. Ni que decir tiene que eso les divierte porque les hace sentirse superiores al trasto en cuestión. La llamada inteligencia artificial sería, pues, un perverso conjunto de mecanismos que nos hace sentir más inteligentes a costa de mermar nuestra capacidad de raciocinio.

Armados con el creciente mogollón de dispositivos que tenemos que manejar cada día, renovamos la fe en la superioridad de la raza humana y en la de cada uno de nosotros en particular. Alguien se debe estar tronchando con eso. El lector talludito probablemente recordará la película Bienvenido Mr. Chance. Su protagonista es un jardinero, un hombre mayor, bondadoso pero un tanto mermado intelectualmente, que había pasado toda su vida entre los muros de un caserón, entre el jardín y su habitación, que era su particular cueva platónica. Su único contacto con el mundo había sido el televisor, que había hecho las veces de pared en la que se proyectaban las sombras de la realidad. Cuando los dueños mueren y es desalojado de la casa, mete sus escasas pertenencias en una maleta, y en el bolsillo su objeto más preciado: el mando a distancia. Cuando, nada más doblar la esquina, tropieza con un grupo de camorristas y estos lo amenazan con una navaja, saca el mando y trata de cambiar de canal. Para su desconcierto, esos tipos incómodos no desaparecen por mucho que apriete los botones. En 1979, cuando se estrenó esta película, ya llevábamos décadas siendo alertados desde el ámbito académico sobre los efectos de la cultura de masas, pero, que yo recuerde, todavía nadie había conseguido sintetizar, en un sencillo gag, el patético desvalimiento en el que estábamos cayendo. La cultura de masas siempre se ha caracterizado por una aparente paradoja en la que quedamos atrapados e inermes, como un trozo de chatarra suspendida entre los polos de un potente imán: al tiempo que refuerza nuestra individualidad, nos uniformiza; al tiempo que nos hace sentir libres, nos esclaviza. Nos da un poder que solo está en nuestra imaginación.

En aquellos tiempos en que los medios eran todavía unidireccionales, todavía había un aparente margen para escapar de esa trampa a través de la deserción. Era cuando muchos proclamaban, con tanto orgullo como inocencia, que no tenían ni tendrían jamás un aparato de televisión en casa. Ahora los medios se han vuelto multidireccionales y omnipresentes. Parece una consecuencia lógica del desarrollo tecnológico, pero el fenómeno tiene una raíz política, más o menos oculta, que lo sostiene y lo nutre. Del mismo modo que hemos ido aceptando dócilmente las reglas de la explotación económica, hasta el punto de hacer innecesarias las cadenas y el látigo, hasta el punto de convertirnos en apóstoles del mismo sistema que nos esclaviza, poco a poco se ha ido viendo que, en tanto que consumidores, tampoco representamos ningún peligro siempre que nuestro mando a distancia, que se ha multiplicado en un universo de botones, pantallitas, cámaras y micrófonos, ejecute nuestras órdenes y nos proporcione lo que creemos querer en cada momento. La cuestión está en hacernos creer que el mundo es una gran lámpara maravillosa y nosotros el jodido Aladino. El consumismo nos ha vuelto inofensivos, unos hedonistas de medio pelo, unos nihilistas pasmados con la voluntad hipotecada y sin las más mínimas ansias de trascendencia, unos narcisistas agradecidos, extremadamente fáciles de complacer, unos individuos pasivos e irresponsables que ven venir las catástrofes propias y ajenas como si formaran parte de un espectáculo permanente y ubicuo. Si no fuéramos así de inocuos, los medios seguirían teniendo una apariencia unidireccional. Pero ya no hace falta. Ha quedado claro que lo importante no es la direccionalidad de la comunicación, sino el control de los canales por los que circula, y estos siguen estando en manos de quien conviene.

Las nuevas tecnologías no están cumpliendo el papel prometeico que se les suponía. Internet es menos y, al mismo tiempo, más de lo que nos decían. Nos han dejado nuestros blogs, nuestros foros, nuestros chats, pero ellos controlan el tráfico y registran la mercancía cómo y cuándo quieren. Nos dejan ir por el carril bici, pero se reservan el grueso de la infraestructura, que a menudo nos olvidamos que es de pago. Y gracias al simulacro de la democratización de la cultura y el flujo de la información, la paradoja entre la uniformidad y la individualización se refuerza, lo que significa que se hace cada vez menos visible. Quien juega al pito pito gorgorito entre la variada oferta de entretenimiento a la carta cree estar ejerciendo su libre albedrío, sin percatarse de que está siendo guiado cuidadosamente en su elección, de que sus opciones son escasísimas y se dirigen a su encuentro con una extraña precisión. Como Mr. Chance en su habitación, ejerce su «claustrofilia» esté donde esté —el término fue acuñado por Román Gubern hace ya veinte años—, consumiendo lo que le echan, pero creyendo haberlo elegido. Ahora no solo aprieta los botones de los muchos mandos a distancia que maneja. Cree dialogar con ellos, les habla, literalmente, y cree tenerlo todo bajo su dominio, mientras esos asistentes «inteligentes», esos genios que viven dentro de la lámpara, mandan toda la información que recogen a la cocina donde le preparan el pienso. No es de extrañar que le parezca cada vez más delicioso.

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