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El derecho a decir adiós

Decía Aristóteles que “el hombre es un ser social por naturaleza”. Hombres y mujeres somos seres eminentemente sociales. No cabe duda. Nos enseñan desde que venimos al mundo a relacionarnos con otras personas. Aprendemos a jugar, compartir, respetar, convivir y también a asumir, frente a otros, nuestras propias responsabilidades. La cultura mediterránea nos ha forjado a ser así, a vivir de puertas hacia fuera con la misma intensidad que hacia dentro.

Desde la más tierna infancia sentimos la necesidad de hacer partícipes a nuestras familias y amistades de las cosas buenas que nos pasan, de cada aniversario, de cada logro o avance personal y emocional que en nuestras vidas experimentamos. Buscamos la complicidad, el abrazo, la sonrisa, el beso, el reconocimiento. Especialmente reconfortante se muestra ese círculo de afectos cuando nos enfrentamos a la dureza de los malos momentos en lo personal y en lo económico. Buscamos alivio, cobijo, consuelo, protección para enfrentar la soledad de nuestros sentimientos, de nuestros pensamientos; fortaleza para resistir sin poder más y hacerlo porque otras personas nos necesitan.

Esta pandemia provocada por el COVID19 nos ha colocado frente a un espejo que, lejos de deformar la imagen, nos muestra como somos realmente, para lo bueno y para lo malo. Nos ha despertado abruptamente de un sueño tan vital como real. Ha puesto nuestro micro mundo patas arriba. Nos ha hecho ser conscientes de la burbuja en que vivíamos, de nuestras prisas sin cuartel, de lo importante postergado siempre por lo urgente, de lo superfluo. Hoy somos sabedores del valor de las pequeñas cosas y sumamente defensores de logros que se alumbraron y mantenemos con esfuerzo ciudadano, como son nuestros servicios públicos. Resistir no es posible sin el coraje y el compromiso de las personas que los sostienen cada día. Resistir sólo es posible si los dotamos de suficientes recursos materiales, personales; si reconocemos condiciones laborales dignas a su personal, mientras dure esta guerra vírica y el día de después y por siempre. Ahora vemos más que nunca que nos va la vida en ello. Una lección que llega también, quién sabe, como una suerte de ruleta de justicia poética, a quienes los menospreciaron, les recortaron recursos y los privatizaron. La enseñanza es tan dura que sólo podemos reaccionar unitariamente el día de mañana, cuando todo pase. Hacerlo implicará haber aprendido algo de este duro envite como sociedad.

Estábamos informados de la vulnerabilidad de nuestros mayores, pero no éramos verdaderamente conscientes. Ni imaginábamos lo rápido que sus vidas pueden escaparse de nuestro mundo. Quizás por ello, pensando que aún hay tiempo mañana, no habíamos prestado la debida atención presupuestaria a los recursos destinados a este grupo numeroso de población, que lo dio todo porque hoy tuviéramos a nuestra disposición unos servicios públicos capaces de salvar vidas. Estos días nos duelen como cercanas las numerosas muertes en residencias de mayores. Nos llega el miedo y la soledad que sienten y a la que se enfrentan día a día. Resulta paradójico pensar que en este contexto su mejor protección y seguridad sea el aislamiento del exterior. Un temor que ha escampado como otro virus colateral, que se deja sentir también de manera importante en nuestros padres y madres, en nuestros abuelos y abuelas que habitan bajo sus propios techos, a nuestro cuidado; hoy distinto y distante, también por su bien. 

En pleno siglo XXI, toca reivindicar con desazón el derecho a la despedida. Italia se ha sumado a una campaña para que personas mayores aisladas y que no tienen capacidad para sobrevivir se despidan de familiares y seres queridos a través de nuevas tecnologías bajo una campaña llamada “derecho a decir adiós”.

En un mundo testigo de avances significativos hacia la muerte digna, de reconocimiento de derechos como el del acompañamiento al final de la vida, nos parte el corazón que nuestros mayores afronten la muerte en soledad en los hospitales, en las UCIS, en las residencias, o en sus propias casas. Soledad entendida como la ausencia o no presencia del propio círculo de afectos cuando la muerte es certera. El derecho se vuelve papel mojado ante el desalmado COVID19. Hemos de encontrar rápido el modo, protocolario o no, para salirle al paso a este maldito virus, y vencer el miedo paralizante que impide a familiares y amistades hacerles llegar por cualquier vía los besos y abrazos que guardaron y no dieron. Los últimos, los más cálidos. Los afectos que es difícil encajar no haber podido dar.

*Fabiola Meco, profesora de Derecho Civil. UVEG. Exdiputada Corts Valencianes

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