THE GUARDIAN

La llegada masiva de ucranianos pone a prueba la “milagrosa” acogida en Polonia

Mark Rice-Oxley

Varsovia —

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En un gran centro de refugiados del norte de Varsovia, una mesa contiene una generosa mezcla de productos gratuitos: comida para bebés, ropa, café y tarjetas SIM. En el centro de la mesa hay una pirámide de latas de comida para perros.

Iryna y sus uñas pintadas de rojo en Bucha: historias cotidianas detrás del horror

Saber más

En la recepción, los voluntarios responden a las preguntas de los refugiados. Sí, el transporte público es gratuito; sí, todo el mundo tiene derecho a una ayuda de 300 eslotis (66 euros); sí, pueden registrarse para obtener un número de seguridad social en el estadio nacional. En las paredes del lugar, los códigos QR ofrecen información sobre cómo viajar a Europa occidental.

Da la impresión de que los polacos lo tienen todo pensado. En seis semanas, han montado una respuesta extraordinaria a una crisis de refugiados que ha visto llegar al país a 2,5 millones de ucranianos (junto con miles de mascotas). En estos momentos, cerca de una de cada diez personas en Polonia es ucraniana.

“Quizá sea un milagro”, afirma Jarosław Obremski, gobernador de Baja Silesia, una de las regiones más extensas de Polonia, que ha acogido al menos a 250.000 ucranianos. “En 2015, Alemania acogió a un millón de refugiados en un año, y fue un gran éxito”, dice en declaraciones a The Guardian. “Nosotros hemos acogido a dos millones en unas semanas. La diferencia es abismal”.

Todo un país se ha movilizado, desde los trabajadores ferroviarios que organizan la distribución de los recién llegados por toda Polonia hasta las decenas de miles de voluntarios que lo han dejado todo para ayudar en la frontera, las estaciones de tren y los centros de refugiados. En las ciudades hay comida gratuita por todas partes, desde furgonetas de hamburguesas en el estadio nacional hasta carpas que reparten comida fuera de las estaciones. Las escuelas han acogido a nuevos alumnos, y cientos de miles de personas han abierto sus hogares a familias de refugiados. Los recién llegados pueden permanecer al menos 18 meses y todos tienen permiso de trabajo.

Las críticas a la negativa de Polonia a permitir la entrada de refugiados no ucranianos permanecen. Pero pocos negarán que los esfuerzos de las últimas semanas han sido notables. “En una escala del 1 al 10, yo diría que es de 10 o más”, dice Olena Bahriantseva, una psicóloga infantil de Sloviansk, una ciudad del este de Ucrania. “Nos han acogido como a su propia familia. Me siento en casa y lloro por mis amigos y parientes, pero la hospitalidad del pueblo polaco consigue arrancarme una sonrisa”.

Hasta cuándo

Pero ahora, la duración del conflicto ya no se calcula por semanas, sino en meses. Las ciudades están desbordadas, y los voluntarios, que son clave para la buena marcha de la gestión de refugiados, empiezan a marcharse, porque tienen que regresar a su trabajo o a la universidad. Como los recursos son cada vez más escasos, sin que se vislumbre el fin de la guerra y con más de 20.000 personas cruzando a Polonia cada día, una gran pregunta flota en el aire de Europa del Este: ¿Cuánto tiempo más podrá Polonia mantener su actitud favorable a la llegada masiva de refugiados?

Son varias las razones por las que esta crisis se está convirtiendo en el mayor triunfo de Polonia desde el fin del régimen comunista en 1989. En primer lugar, hubo un ensayo general: la guerra de 2014 envió una primera oleada de más de un millón de ucranianos al oeste. “No había ningún problema porque trabajaban, alquilaban pisos, pagaban impuestos”, dice Obremski. “El pueblo polaco los respeta porque en esa ocasión demostraron ser trabajadores incansables”.

Así que cuando los rusos invadieron Ucrania, las autoridades contaban con mucha información: habría muchos refugiados, se integrarían bien si se les ayudaba y, lo más importante, tendrían que dispersarse por todo el país para evitar la carga de los grandes campamentos de refugiados en la frontera. Ahora hay muchos más ucranianos en Varsovia, Cracovia y Breslavia que en ciudades fronterizas como Przemyśl y Lublin.

La segunda estrategia clave ha sido encontrar hogares para todos. Los ucranianos tienen garantizado un techo durante al menos dos meses. Lo más importante es que la gran mayoría han podido acceder a una vivienda, ya sea compartida con otros ucranianos o con una familia de acogida.

El tercer factor ha sido la respuesta de la población. Los conductores se desplazan hasta los puestos fronterizos para llevar a la gente a donde quiera ir. Los centros de refugiados se llenan de voluntarios que se toman una semana de vacaciones para poder ayudar. Cientos de escuelas han ofrecido plazas a los niños y niñas ucranianos, algunas incluso han impartido clases en ucraniano para facilitar la adaptación de los jóvenes.

En la estación central de Varsovia, el grupo de voluntarios ha aumentado a 350 personas, entre ellas estudiantes, profesionales del marketing, expertos en informática e incluso un psicólogo. “Estoy entre dos trabajos, y mi plan era viajar a México, pero cuando estaba a punto de irme, empezó la guerra”, cuenta el informático Jakub Niemiec, encargado del mostrador de alojamiento y transporte de la estación. “Decidí cancelar el viaje, quedarme y ayudar”.

Los voluntarios ya han notado un cambio. Las ofertas de alojamiento privado empiezan a agotarse, por lo que hay que dirigir a más personas a los enormes centros de refugiados, donde es difícil sentirse cómodo e instalado. Las principales ciudades del país están saturadas: la población de Varsovia y Breslavia ha crecido en torno al 15%. Se insta a los recién llegados a buscar refugio en ciudades de provincia más pequeñas para aliviar la presión.

“No podemos acoger a mucha más gente”, dice Doris Maklewska, coordinadora de los voluntarios del Grupa Centrum en la estación central de Varsovia. “Varsovia está al límite. Cuando empezó la acogida no podíamos saber que iba a durar tanto”.

De hecho, existe una gran incertidumbre sobre cuánto tiempo podrán permanecer los ucranianos con las familias anfitrionas polacas, y cuándo tendrán que valerse por sí mismos. Irina Tsymbal, que dejó a su marido en el este de Ucrania y llegó a Varsovia a principios de marzo, encontró una familia dispuesta a acogerla a ella y a sus hijos. Pero pronto necesitará un lugar propio. “Se desvivieron por nosotros y dijeron que podíamos quedarnos, seguro un mes, y probablemente hasta dos”, dice. “Pero después de eso, no lo sé”.

20.000 refugiados al día

La respuesta nacional con respecto a los refugiados puede obligar a Polonia a gastar cerca de un 3% del PIB este año, según Liam Peach, experto regional de la consultora de investigación Capital Economics. Y cada vez son más las preguntas sobre quién pagará el precio de esta acogida.

La educación es otro de los grandes retos. “Tenemos cerca de un millón de niños y niñas recién llegados al país”, explica Obremski. “Eso significa que necesitamos, con carácter inmediato, 80 nuevos jardines de infancia y guarderías. Y debemos crear un plan de estudios en ucraniano paralelo, porque los niños que no hablen polaco no podrán integrarse en el sistema polaco”.

Lo mismo ocurre con la sanidad: el número de pacientes podría aumentar un 10% o más este año, sobre todo teniendo en cuenta las secuelas psicológicas que muchos ucranianos traen consigo. El sistema sanitario polaco se someterá a una prueba de fuego.

Más allá del dinero, la vivienda y las infraestructuras, hay una cuestión más sutil. ¿Sucumbirán los polacos a una fatiga psicológica si la guerra se prolonga, si los problemas de vivienda se agudizan, si las escuelas y los hospitales se saturan? ¿Si vienen millones de refugiados más?

“No creo que podamos acoger a otros dos millones”, dice Obremski. “Incluso un millón sería difícil”. Sin embargo, durante la última semana han llegado más de 20.000 refugiados al día. A este ritmo, se alcanzará la cifra de tres millones dentro de un mes.

“Está claro que nos cansaremos, no de los refugiados, sino de la situación”, reconoce Niemiec. “Pero este es un momento para comprobar si los valores occidentales en los que creemos son sólo valores sobre el papel o son auténticos”.

Una traducción de Emma Reverter.

En un gran centro de refugiados del norte de Varsovia, una mesa contiene una generosa mezcla de productos gratuitos: comida para bebés, ropa, café y tarjetas SIM. En el centro de la mesa hay una pirámide de latas de comida para perros.

Iryna y sus uñas pintadas de rojo en Bucha: historias cotidianas detrás del horror

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En la recepción, los voluntarios responden a las preguntas de los refugiados. Sí, el transporte público es gratuito; sí, todo el mundo tiene derecho a una ayuda de 300 eslotis (66 euros); sí, pueden registrarse para obtener un número de seguridad social en el estadio nacional. En las paredes del lugar, los códigos QR ofrecen información sobre cómo viajar a Europa occidental.

Da la impresión de que los polacos lo tienen todo pensado. En seis semanas, han montado una respuesta extraordinaria a una crisis de refugiados que ha visto llegar al país a 2,5 millones de ucranianos (junto con miles de mascotas). En estos momentos, cerca de una de cada diez personas en Polonia es ucraniana.

“Quizá sea un milagro”, afirma Jarosław Obremski, gobernador de Baja Silesia, una de las regiones más extensas de Polonia, que ha acogido al menos a 250.000 ucranianos. “En 2015, Alemania acogió a un millón de refugiados en un año, y fue un gran éxito”, dice en declaraciones a The Guardian. “Nosotros hemos acogido a dos millones en unas semanas. La diferencia es abismal”.

Todo un país se ha movilizado, desde los trabajadores ferroviarios que organizan la distribución de los recién llegados por toda Polonia hasta las decenas de miles de voluntarios que lo han dejado todo para ayudar en la frontera, las estaciones de tren y los centros de refugiados. En las ciudades hay comida gratuita por todas partes, desde furgonetas de hamburguesas en el estadio nacional hasta carpas que reparten comida fuera de las estaciones. Las escuelas han acogido a nuevos alumnos, y cientos de miles de personas han abierto sus hogares a familias de refugiados. Los recién llegados pueden permanecer al menos 18 meses y todos tienen permiso de trabajo.

Las críticas a la negativa de Polonia a permitir la entrada de refugiados no ucranianos permanecen. Pero pocos negarán que los esfuerzos de las últimas semanas han sido notables. “En una escala del 1 al 10, yo diría que es de 10 o más”, dice Olena Bahriantseva, una psicóloga infantil de Sloviansk, una ciudad del este de Ucrania. “Nos han acogido como a su propia familia. Me siento en casa y lloro por mis amigos y parientes, pero la hospitalidad del pueblo polaco consigue arrancarme una sonrisa”.

Hasta cuándo

Pero ahora, la duración del conflicto ya no se calcula por semanas, sino en meses. Las ciudades están desbordadas, y los voluntarios, que son clave para la buena marcha de la gestión de refugiados, empiezan a marcharse, porque tienen que regresar a su trabajo o a la universidad. Como los recursos son cada vez más escasos, sin que se vislumbre el fin de la guerra y con más de 20.000 personas cruzando a Polonia cada día, una gran pregunta flota en el aire de Europa del Este: ¿Cuánto tiempo más podrá Polonia mantener su actitud favorable a la llegada masiva de refugiados?

Son varias las razones por las que esta crisis se está convirtiendo en el mayor triunfo de Polonia desde el fin del régimen comunista en 1989. En primer lugar, hubo un ensayo general: la guerra de 2014 envió una primera oleada de más de un millón de ucranianos al oeste. “No había ningún problema porque trabajaban, alquilaban pisos, pagaban impuestos”, dice Obremski. “El pueblo polaco los respeta porque en esa ocasión demostraron ser trabajadores incansables”.

Así que cuando los rusos invadieron Ucrania, las autoridades contaban con mucha información: habría muchos refugiados, se integrarían bien si se les ayudaba y, lo más importante, tendrían que dispersarse por todo el país para evitar la carga de los grandes campamentos de refugiados en la frontera. Ahora hay muchos más ucranianos en Varsovia, Cracovia y Breslavia que en ciudades fronterizas como Przemyśl y Lublin.

La segunda estrategia clave ha sido encontrar hogares para todos. Los ucranianos tienen garantizado un techo durante al menos dos meses. Lo más importante es que la gran mayoría han podido acceder a una vivienda, ya sea compartida con otros ucranianos o con una familia de acogida.

El tercer factor ha sido la respuesta de la población. Los conductores se desplazan hasta los puestos fronterizos para llevar a la gente a donde quiera ir. Los centros de refugiados se llenan de voluntarios que se toman una semana de vacaciones para poder ayudar. Cientos de escuelas han ofrecido plazas a los niños y niñas ucranianos, algunas incluso han impartido clases en ucraniano para facilitar la adaptación de los jóvenes.

En la estación central de Varsovia, el grupo de voluntarios ha aumentado a 350 personas, entre ellas estudiantes, profesionales del marketing, expertos en informática e incluso un psicólogo. “Estoy entre dos trabajos, y mi plan era viajar a México, pero cuando estaba a punto de irme, empezó la guerra”, cuenta el informático Jakub Niemiec, encargado del mostrador de alojamiento y transporte de la estación. “Decidí cancelar el viaje, quedarme y ayudar”.

Los voluntarios ya han notado un cambio. Las ofertas de alojamiento privado empiezan a agotarse, por lo que hay que dirigir a más personas a los enormes centros de refugiados, donde es difícil sentirse cómodo e instalado. Las principales ciudades del país están saturadas: la población de Varsovia y Breslavia ha crecido en torno al 15%. Se insta a los recién llegados a buscar refugio en ciudades de provincia más pequeñas para aliviar la presión.

“No podemos acoger a mucha más gente”, dice Doris Maklewska, coordinadora de los voluntarios del Grupa Centrum en la estación central de Varsovia. “Varsovia está al límite. Cuando empezó la acogida no podíamos saber que iba a durar tanto”.

De hecho, existe una gran incertidumbre sobre cuánto tiempo podrán permanecer los ucranianos con las familias anfitrionas polacas, y cuándo tendrán que valerse por sí mismos. Irina Tsymbal, que dejó a su marido en el este de Ucrania y llegó a Varsovia a principios de marzo, encontró una familia dispuesta a acogerla a ella y a sus hijos. Pero pronto necesitará un lugar propio. “Se desvivieron por nosotros y dijeron que podíamos quedarnos, seguro un mes, y probablemente hasta dos”, dice. “Pero después de eso, no lo sé”.

20.000 refugiados al día

La respuesta nacional con respecto a los refugiados puede obligar a Polonia a gastar cerca de un 3% del PIB este año, según Liam Peach, experto regional de la consultora de investigación Capital Economics. Y cada vez son más las preguntas sobre quién pagará el precio de esta acogida.

La educación es otro de los grandes retos. “Tenemos cerca de un millón de niños y niñas recién llegados al país”, explica Obremski. “Eso significa que necesitamos, con carácter inmediato, 80 nuevos jardines de infancia y guarderías. Y debemos crear un plan de estudios en ucraniano paralelo, porque los niños que no hablen polaco no podrán integrarse en el sistema polaco”.

Lo mismo ocurre con la sanidad: el número de pacientes podría aumentar un 10% o más este año, sobre todo teniendo en cuenta las secuelas psicológicas que muchos ucranianos traen consigo. El sistema sanitario polaco se someterá a una prueba de fuego.

Más allá del dinero, la vivienda y las infraestructuras, hay una cuestión más sutil. ¿Sucumbirán los polacos a una fatiga psicológica si la guerra se prolonga, si los problemas de vivienda se agudizan, si las escuelas y los hospitales se saturan? ¿Si vienen millones de refugiados más?

“No creo que podamos acoger a otros dos millones”, dice Obremski. “Incluso un millón sería difícil”. Sin embargo, durante la última semana han llegado más de 20.000 refugiados al día. A este ritmo, se alcanzará la cifra de tres millones dentro de un mes.

“Está claro que nos cansaremos, no de los refugiados, sino de la situación”, reconoce Niemiec. “Pero este es un momento para comprobar si los valores occidentales en los que creemos son sólo valores sobre el papel o son auténticos”.

Una traducción de Emma Reverter.

En un gran centro de refugiados del norte de Varsovia, una mesa contiene una generosa mezcla de productos gratuitos: comida para bebés, ropa, café y tarjetas SIM. En el centro de la mesa hay una pirámide de latas de comida para perros.

Iryna y sus uñas pintadas de rojo en Bucha: historias cotidianas detrás del horror

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En la recepción, los voluntarios responden a las preguntas de los refugiados. Sí, el transporte público es gratuito; sí, todo el mundo tiene derecho a una ayuda de 300 eslotis (66 euros); sí, pueden registrarse para obtener un número de seguridad social en el estadio nacional. En las paredes del lugar, los códigos QR ofrecen información sobre cómo viajar a Europa occidental.

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