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El odio amenaza con extenderse en Ceuta: del acoso racista al castigo a quien ayuda

Gabriela Sánchez

Ceuta —
7 de septiembre de 2026 22:22 h

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Los bramidos de un hombre cubierto de tatuajes hicieron girar las cabezas a tres chicos jóvenes y una mujer que, en distintos grupos, observaban el horizonte desde el puerto de Ceuta. Al encontrarse la concentración de banderas de España, que algunos migrantes ya identifican con un inminente grito en su contra, volvieron rápido su mirada hacia el mar. “¡Sinvergüenzas! ¡Invasores a Marruecos!”, escucharon a sus espadas. El resto le siguió con uno de sus cánticos habituales, entonado mientras miraban y señalaban a personas racializadas, cuyo origen o situación desconocían: “Invasores, expulsión”.

Uno de esos jóvenes a los que decenas de personas exigían volver a Marruecos era Asha. No era marroquí ni había llegado a Ceuta a finales de julio. Solo era negro y de nacionalidad inglesa. “He venido a visitar a un amigo, tenía el viaje preparado desde hace tiempo y decidí mantenerlo”, comenta el chico en inglés, con fuerte acento británico, en conversación con elDiario.es. Tampoco era migrante Melka, una adolescente caballa que pasaba la tarde con su primo marroquí, quién sí había cruzado la frontera en la entrada masiva. Para algunos los manifestantes que los insultaban, todos eran “invasores”. Y, quienes se acercaban a ellos, “traidores”.

Tras 38 días de crisis humanitaria en las calles ceutíes, donde miles de personas migrantes malviven a la intemperie ante la falta de plazas de acogida o traslados a la península, el clima de odio amenaza con extenderse en una ciudad caracterizada por la diversidad. Este tipo de acoso racista hacia personas de determinados rasgos, sean migrantes o no, se está repitiendo en varias de las protestas celebradas por vecinos ceutíes en las últimas semanas y choca con la convivencia que suele representar a la sociedad caballa.

Este domingo, durante otra de las marchas celebradas cada día por la ciudad para pedir seguridad durante el arranque del curso escolar, varios manifestantes insultaron y trataron de echar de la protesta a una niña ceutí de 13 años al “confundirla” con una menor migrante. “Invasora, te vi en el hospital con tuberculosis”, le dijo una mujer. A su acusación le siguieron los gritos e insultos de más personas a su alrededor, mientras que otros vecinos pedían tranquilidad a quienes acosaban a la niña o le ponían una bufanda de España para “protegerla” a su modo. En la misma marcha, una mujer llamó “puta mora” a una periodista de elDiario.es.

El clima de tensión por parte de la población local hacia los migrantes llegados a finales de agosto crece a medida que la falta de una respuesta institucional suficiente mantiene la crisis humanitaria en las calles de la ciudad, donde miles de migrantes continúan viviendo en asentamientos en la intemperie, ante la falta de plazas de acogida para recibirles- en parte motivado por las reticencias del Ejecutivo local a ceder espacios al Gobierno central para este fin-. Su situación de calle les obliga a vivir en condiciones de precariedad e insalubridad, y a su vez, impide la vuelta a la normalidad de los vecinos e incrementa la sensación de inseguridad ciudadana.

Solo acercarse a una persona migrante en las proximidades de una de estas manifestaciones suele generar una reacción. “Pues si eres de Ceuta peor, puta. Te acercas a ellos y luego te quejas si te violan, ojalá lo hagan”, espetó una mujer acompañada de un perro pastor alemán a la adolescente en la protesta contra el campamento de migrantes levantado en el puerto. En la misma convocatoria, esta periodista recibió varios ataques similares, mientras se encontraba entrevistando al joven inglés -para tratar de averiguar si había otra razón que motivase su presencia en la ciudad- y a un chico palestino que sí había entrado a la ciudad a finales de julio.

Hay situaciones y acciones concretas diarias que evidencian el rechazo de parte de la población a todo aquel que parezca una de las personas llegadas los días 30 y 31 de julio, esos a los que llaman “invasores”. Decenas de restaurantes y bares de la ciudad impiden la entrada a quienes aparentan ser migrantes. En otros donde no pueden evitar su acceso, desactivan los enchufes para evitar que carguen sus teléfonos o impiden que los usen solo las personas con ciertos rasgos.

En un Burger King de un centro comercial próximo al puerto ceutí, los enchufes no funcionan. elDiario.es preguntó al personal si había algún punto de electricidad para los clientes: “Los hemos apagado todos para que no vengan los inmigrantes”, respondió uno de los empleados. En un bar próximo a la playa del Trampolín, los camareros se negaron a cargar el móvil de Youssef, un hombre marroquí que ha vivido en España durante años hasta perder su tarjeta de residencia y regresó a nado a Ceuta el pasado 29 de julio. Cinco minutos después, esta periodista solicitó en el mismo local enchufar la misma batería portátil. A ella sí se lo permitieron.

“Es racismo. No nos dejan hacer nada. No quieren que compremos comida”, se queja. Otra de las actuaciones indica ciertas acciones sociales discriminatorias tiene que ver con el acceso a habitaciones de los hostales repartidos por la ciudad. Aunque conseguir alojamiento es muy complicado, si quedan habitaciones, no suelen aparecer publicadas en plataformas como Booking. Un trabajador de los hostales donde este medio ha preguntado reconoce que la medida busca evitar “que los inmigrantes reserven”.

La segregación de los migrantes, concentrando su presencia en determinadas zonas de la periferia más empobrecidas a través de la intimidación policial y la ubicación de los repartos de comida oficiales, se hace evidente con un paseo por los distintos barrios de la ciudad. Cualquier noche en el centro histórico de Ceuta, en el interior de sus Murallas Reales, genera cierta sensación de irrealidad. Allí las terrazas están llenas, la vía peatonal luce despejada y apenas se observan migrantes en sus calles. El pasado sábado por la noche, mientras los niños correteaban en sus aceras, un menor migrante saluda a dos mujeres españolas sentadas en un bar. Le saludan con cariño y se alegran de que el chaval haya conseguido un abrigo, pues la noche anterior le vieron tiritar del frío mientras buscaba un rincón donde dormir. La cordialidad de la conversación despierta evidentes miradas de enfado y comentarios a su alrededor. Él lo percibe y, decide irse corriendo, por si su interacción tiene consecuencias para ellas.

En la zona de la Almadraba, más próxima a la frontera, un coche viejo y destartalado arranca como cada tarde repleto de paquetes de comida y botellas de agua. Sus ocupantes, activistas de la organización No Name Kitchen, hablan de los “lugares calientes” a los que acudirán para distribuir las raciones, aquellos puntos a donde no están llegando los repartos oficiales. A su llegada, la zona parece despejada, pero decenas de jóvenes migrantes empiezan a aparecer en busca de algo que llevarse a la boca. Las voluntarias tratan de entregarlo rápido, de manera discreta, pero el tumulto de gente hambrienta lo complica y los gritos empiezan: “ONG mafia”; “Qué vergüenza. Fuera, fuera”.

“Un día algunos vecinos nos echaron de manera agresiva. Una vecina nos defendió diciendo que qué había hecho yo para esa reacción. Respondieron: ”Darles agua y comida“, explica la una de las voluntarias de la organización, para ejemplificar el castigo que reciben en ocasiones quienes ayudan de algún modo a las personas migrantes, especialmente los activistas de No Name Kitchen y las Brigadas de Apoyo Mutuo, que también se organizan para vigilar posibles redadas o agresiones policiales a los migrantes. Sobre ellos se han difundido bulos que los acusaban de ”repartir botes de gas pimienta“ a los migrantes, algo que se ha demostrado falso.

La otra cara de Ceuta: la ayuda vecinal

No es la reacción común de todos los ceutíes, y decenas de vecinos -especialmente de barriadas de la periferia como El Príncipe- han apoyado a los migrantes que malviven en sus barrios de distintas maneras. Por ejemplo, en El Príncipe, el presidente de la comunidad de vecinos y distintos voluntarios se organizaron para acoger alrededor de 200 niñas marroquíes ante el riesgo de ser agredidas sexualmente, tanto por ceutíes como por otros migrantes. “Llevo aquí desde el primer día. Somos los únicos que hicimos algo, el Estado ha tardado un mes en empezar a reaccionar”, decía Ahmed Enfed-Dal un día antes de cerrar el asentamiento improvisado que coordinaba, cuando todas las menores fueron trasladadas a centros de acogida de la ciudad autónoma.

Su hermana, que ha hecho turnos como voluntaria durante semanas, cuestiona el “abandono” que dice sentir del Gobierno en su respuesta a la crisis migratoria, por dejar en la calle durante tanto tiempo a miles de migrantes. Ella acude a algunas de las manifestaciones celebradas para pedir más apoyo a su ciudad, pero desde un lugar muy distinto a quienes lanzan mensajes racistas. “Es una ciudad muy pequeña, no podemos asumir a tanta gente en las condiciones que tendrían que ser, pero hace falta que se les acoja. Es inhumano que estén en la calle, que les dejen así, y además eso nos genera problemas en el barrio”, explica la mujer, parte de la comunidad musulmana. “Pero muchos aprovechan la situación para sacar todo el odio que llevan dentro”, añade.

El Gobierno local: “No se puede tomar la justicia por su mano”

Desde el Gobierno de Ceuta, así como de los concejales de la localidad, han mostrado su preocupación por los distintos tipos de ataques o agresiones racistas que se han sucedido desde el pasado 30 de julio por parte de vecinos ceutíes. “Consideramos legítimas y plenamente justificadas las manifestaciones y concentraciones que se celebren para exigir la apuntada vuelta a la normalidad y la recuperación de la tranquilidad, pero siempre de manera pacífica y ordenada, sin poner en peligro la unidad de los ceutíes al servicio de una causa de todos, al margen de credos, culturas u orígenes, ni la convivencia; razón por lo que, rechazamos, con total rotundidad, el uso de cualquier tipo de violencia, los violentos no nos representan, pretenden dividirnos, distraen la atención acerca de lo principal y perjudican la imagen de todos y de Ceuta”, raza una declaración institucional conjunta suscrita por todos los grupos políticos de la Asamblea y las dos diputadas no adscritas.

“En consecuencia, se adoptarán las medidas sancionadoras que correspondan contra quienes cometan actos vandálicos o causen daños al mobiliario urbano. Nadie puede ni debe tomarse la justicia por su mano. La defensa de Ceuta y de los intereses de los ceutíes solo puede llevarse a cabo desde la legalidad, la responsabilidad y el respeto a la convivencia”, advertían, después de semanas en las que distintos grupos de ceutíes acudían a asentamientos de migrantes para agredirles e incluso quemar sus chabolas, como ocurrió en campamento de la playa del Trampolín.

Denuncias de agresiones

Sin embargo, decenas de testimonios recopilados por elDiario.es continúan denunciando sufrir palizas nocturnas. Mientras, por un lado, hablan de grupos de vecinos ceutíes encapuchados que los golpean de madrugada, también aseguran ser víctima de agresiones por parte de “militares”, aunque este medio no ha podido verificar independientemente sus acusaciones. elDiario.es sí ha presenciado un trato policial despectivo e intimidaciones por parte de agentes policiales y militares, que tratan de exigirles que se alejen de determinadas zonas de la ciudad próximas al centro.

“Nos están destrozando psicológicamente. Dormimos escondidos, porque cualquier noche pueden venir a pegarnos. A veces son militares, otras ceutíes, siempre pasa algo. Nos quitan los teléfonos y el dinero. Hacen que sea cada vez más dificil quedarnos, es una estrategia para que nos volvamos a Marruecos”, dice Mohamed (nombre ficticio), agotado, pero decido a permanecer en Ceuta después de más de un mes malviviendo en sus calles.