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Se buscan políticos con propuestas para una vida digna

© Ariet – Creative Commons

¿Te has planteado alguna vez qué es vivir dignamente? Creo que  la mayoría coincidiríamos en pensar en aspectos de primera necesidad como una alimentación variada y abundante, una vivienda acondicionada, una sanidad que te cuide a ti y a los tuyos, una educación pública de calidad y unos ingresos que te permitan cubrir los gastos del día a día. Pero, ¿hay algo más? Hablar de vida digna es mucho más que hablar de cubrir las necesidades básicas. Vivir dignamente es vivir sin miedo. Sin miedo a no llegar a final de mes, a perder el trabajo, a tener hijos y no poder pasar tiempo con ellos, a no poder expresarte libremente o a sentirte frustrado por no cumplir los estándares de éxito de un modelo que se agota. Vivir dignamente es vivir en libertad. Libertad en escoger como quieres vivir tu vida, dónde quieres vivir y con quién, si quieres tener hijos o no, qué quieres estudiar o en qué quieres trabajar, en definitiva, libertad en poder escoger qué tipo de vida quieres llevar y que tu opción sea respetada.

Y ahora pregunto: ¿vivimos en un país digno? Es posible hablar de dignidad cuando somos el segundo país más desigual de Europa, cuando una de cada cuatro personas vive en riesgo de pobreza, llevamos más de 500.000 desahucios desde que empezó la crisis, a día de hoy hay 4,3 millones de personas sin empleo, nuestra cooperación internacional está por los suelos y las mujeres seguimos cargando con dobles jornadas y peores salarios. Yo tengo claro que no, y no me voy a conformar con la excusa de que todo es culpa de la crisis. Ante este panorama quiero reivindicar el papel de la política y de los políticos. Muchos hacemos política aunque no sea la formal o institucional, porque política es también cuando vas a la asamblea de tu barrio, cuando te manifiestas libremente en la calle o firmas una petición. Sin embargo, en este artículo no voy a hablar de esa otra política de las personas sino de nuestros representantes políticos, porque hasta que no consigamos mayores cuotas de participación directa en esta democracia, ellos nos representan, aunque a veces parece que se les olvida. A ellos y ellas les quiero recordar su papel fundamental en la mejora de la vida de las personas, y para ello deben aprender a escucharnos más y mejor. Quiero reivindicar más canales de participación ciudadana y sentir que las demandas y propuestas que hacemos desde la ciudadanía son escuchadas y valoradas. Y voy más allá, porque aunque escuchar es necesario no me basta, quiero a unos representantes que además sean capaces de transmitir de manera clara qué medidas proponen para que todas las personas tengamos una vida digna.

El próximo viernes arranca la campaña electoral a las elecciones municipales y autonómicas. Será el momento de ver si han escuchado lo que llevamos meses y años reclamando. Espero que sea una campaña donde las personas y los problemas reales de la gente estén en el centro del discurso y donde se hable de propuestas para luchar contra la pobreza y la desigualdad. En este sentido, desde la organización en la que trabajo, Oxfam Intermón, queremos contribuir a ese objetivo. Hoy lanzamos una serie de propuestas en materia de salarios, protección social, fiscalidad, cooperación internacional y participación democrática que buscan asegurar que todas las personas tengamos una vida digna.

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Vivir en un país desigual

Relativity Escher wikipedia

Crecí en Chile, uno de los 20 países más desiguales del mundo. Vine a España antes que la crisis reventara las costuras y mostrara la enorme fragilidad del crecimiento económico. Veo el avance de la desigualdad desde la perspectiva de quien ya ha vivido lo que está por venir.

¿Cómo es vivir en un país desigual? Es vivir en un país donde los derechos son bienes transables a un alto precio. El acceso a la salud, a la educación, a la jubilación, depende de cuánto tengas en el bolsillo y eso , no es ningún mérito personal. El esfuerzo que se le pide a una persona pobre para mejorar sus condiciones de vida es muchísimo más grande que el que necesita alguien con recursos económicos altos. En la escalera social, los primeros peldaños miden un metro y medio. Los últimos, pocos centímetros.

Pero en un mercado amplio, hay opciones para todos los bolsillos. ¿Pobre? Al “Todo a Cien” de derechos. Estudia, verás qué divertido. Si has cursadoun bachillerato de saldo,  puedes estudiar una carrera barata, y/o una que tu capacidad de deuda pueda pagar. O ninguna, claro. En las carreras que piden notas altas en las mejores universidades se sientan, en abrumadora mayoría, los mismos traseros que ocuparon los asientos de colegios de pago. Quienes logran colarse en el sistema universitario lo hacen aceptando una deuda larga como una condena. Mi generación aun está pagando por créditos universitarios de carreras que acabaron quince años atrás.

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Queremos pan y rosas

Salarios Xoan Baltar Creative Commons

El otro día comentaba con un amigo una noticia que le llamo la atención, el titular decía “El salario por hora en España se aleja de la media de la zona euro”. Y es cierto, vivimos en un país dónde la desigualdad salarial no ha hecho más que aumentar en los últimos años; los nuevos contratos implican un 40% menos de salario que los que se realizaban en el año 2008.

El nuevo contexto laboral es más precario y hostil, una situación facilitada, entre otros factores, por la aprobación por parte del Gobierno del Partido Popular (PP) de la reforma laboral en el año 2012. Esto conlleva el fenómeno de las personas llamadas trabajadoras pobres, todas aquellas que trabajando no consiguen llegar a fin de mes porque cobran salarios tan bajos que no les permiten cubrir sus gastos básicos de vivienda, transporte o comida.

Y es que los datos son demoledores, según cifras de la Agencia Tributaria, alrededor del 60% de las personas asalariadas cobran menos de 1.000 euros al mes, lo que implica que un porcentaje muy alto de la población trabajadora no se puede considerar siquiera “mileurista”. Además tiene unos ingresos que difícilmente le permiten mantener una vida digna en ciudades con un nivel de precios alto, como Madrid.

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¿Te parece complicada tu vida?

Persona sin hogar atendida por un técnico en RAIS Fundación en Valencia ©RAIS Fundación

Llevábamos una hora esperando con un grupo de personas sin hogar a un político, para inaugurar un acto. Estaban indignadas por el poco respeto que mostraba aquella tardanza. Al llegar, el político nos sonrió y dijo para excusarse: “Ay, perdonad, mi vida es muy complicada…” Y una de las personas sin hogar, le espetó: “¿Y nuestra vida cómo crees que es de complicada?” Podríamos preguntarnos: ¿Cómo creemos nosotros que es de complicada la vida de las personas sin hogar? Hay muchos prejuicios que están muy lejos de la realidad y son perjudiciales: pesan sobre ellos como una condena. Es buen momento para cambiar nuestra mirada y unirnos a su causa.

¿Y cómo es de complicada su vida? El sinhogarismo plantea el más grave problema de supervivencia en la ciudad. Si estás sin hogar, tu esperanza de vida se reduce en 30 años: una mortalidad 3 ó 4 veces superior al resto de la ciudadanía. ¿Qué mayor (des)igualdad que ésta? Y su probabilidad de muerte prematura aumenta si la persona pernocta a la intemperie. De hecho, en España cada 5 días muere una persona sin hogar en un espacio público (y sólo contabilizamos los publicados en prensa). Una de cada cuatro de esas muertes fue resultado de violencia directa contra la persona. A veces se desaloja, hostiga o multa a las personas sin hogar porque se dice que son un problema de seguridad ciudadana: pero los que sufren la verdadera inseguridad son ellos.

Las personas sin hogar están continuamente expuestas a nuestra vista por la calle pero nos son grandes desconocidos. Son los más visibles pero sin embargo sabemos muy poco de ellos. Ni siquiera se sabe cuántas personas sin hogar hay en España. El Instituto Nacional de Estadística contabilizó, en 2012, a 22.938 personas que fueron a un centro asistencial. Pero hay muchos que no los usan. Por ejemplo, en Madrid, en 2014, se contaron por la noche 1.905 personas sin hogar, de las cuales el 67% pernoctaban en la calle. Lo más probable es que en España haya una persona sin hogar cada aproximadamente 1.500 personas.

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3 desigualdades conectadas: agua, energía y cambio climático

Tres Desigualdades ©ONGAWA

Hace unos días comencé a leer No impact man, un libro que, como indica Colin Beavan, su autor, describe las “aventuras de un progre con complejo de culpa que intenta salvar el planeta”. Os lo recomiendo si, como es mi caso, tratáis de llevar una vida más sostenible pero las dudas sobre vuestras incoherencias os invaden permanentemente.

Como en el caso de Beavan, una de mis grandes preocupaciones gira en torno a la producción y consumo de energía procedente de combustibles fósiles, que es una de las causas principales de emisión de gases de efecto invernadero y, por tanto, del cambio climático. Paradójicamente, aunque la mayor parte de las emisiones se han generado a lo largo de la historia en los países desarrollados, los principales efectos del cambio climático se producen en el Sur, en los países y poblaciones más vulnerables que no cuentan con los recursos necesarios para adaptarse a estos impactos negativos. Es decir, hay una evidente desigualdad tanto en la responsabilidad como en el impacto de este fenómeno.

Volviendo a la energía, mientras las organizaciones ecologistas denuncian desde hace años el despilfarro energético que realizamos en el Norte, 1.300 millones de personas no tienen acceso a la electricidad, un obstáculo fundamental para que puedan salir del círculo de la pobreza. Otra desigualdad.

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El derecho a la protesta se defiende protestando

Manifestación de Hologramas © No Somos Delito

Hubo un tiempo reciente en el que se decía que la política era cosa de políticos, se toleraba la corrupción como un mal menor y te preguntaban insistentemente por qué no te comprabas una casa, que siempre salía mucho mejor que el alquiler. Un tiempo reciente en el que gran parte de la ciudadanía sentía suficiencia y se comprometía por el desarrollo de lugares lejanos, sin haberse detenido mucho en saber qué era eso del desarrollo, y sin atender al despiporre del derroche institucional que clamaba en su propia tierra.

Todo eso ya cambió. Ahora el compromiso con la lucha contra el empobrecimiento de la población de otros países aquí parece que importa poco. “¡Primero ayudemos a los de aquí y luego ya veremos!” Gritan unos mientras otros saquean de forma descarada las arcas públicas en beneficio de empresas y banqueros. El futuro se presenta indescifrable, y lo que un día fueron líneas rojas, derechos de la ciudadanía intocables, ahora se presentan como ensoñaciones para los desanimados y utopías aún al alcance para quienes despertaron.

Ahora se discuten hasta los elementos más básicos de una Democracia. Son incómodas para el gobierno las expresiones pacíficas de la ciudadanía que reclama lo que es, o era, suyo. Incomoda esa ciudadanía que reivindica una mejor democracia, que se inmiscuye en sus asuntos con tal de erradicar la lacra de la corrupción y que habla de cuestiones tan extravagantes como el acceso a los bienes que no deberían ser de nadie sino comunes.

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Nuestros Derechos se ahogan por el humo

Abandonemos el carbón ©Greenpeace

Cuando hablamos de proteger el medio ambiente, nuestro planeta, estamos hablando de nuestro bienestar, de la estabilidad, de la seguridad, pero sobre todo estamos hablamos de Derechos Humanos reconocidos en tratados Internacionales, como son el Derecho a la vida, a la alimentación, al agua y el Derecho al disfrute y a la protección de un medio ambiente adecuado.

Según el último informe del Grupo de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC), las emisiones de gases de efecto invernadero causadas por las actividades del hombre son las causantes del cambio climático que está empeorando rápidamente. Desde mediados del siglo XIX, el ritmo de elevación del nivel del mar ha sido superior a la media de los dos milenios anteriores, la acidificación de los océanos está ocurriendo a un ritmo sin precedentes, las temperatura globales han aumentado 0,85ºC y se ha registrado un aumento de olas de calor, sequías y fenómenos meteorológicos extremos.

El impacto del cambio climático afecta directamente a nuestro modo de vida y a nuestras sociedades e incrementan el riesgo de conflictos violentos por el hambre y las migraciones forzosas.

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El Mediterráneo: la frontera más desigual y mortífera del mundo

Patera ©Europa Press

De entre las diferentes fronteras Norte-Sur que existen en nuestro mundo ninguna es tan profundamente desigual como el Mediterráneo. Cruzando el mar los ingresos de las personas se multiplican por doce, y si miramos algo más al sur, la diferencia de ingresos  supera las treinta veces. Estos no son datos menores, pues a lo largo de la historia, la desigualdad de ingresos y los conflictos han sido el principal motor de la movilidad humana.

El Mediterráneo es a la vez la frontera más mortífera. Según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM)  solo en 2014 murieron en sus aguas 3.500 personas, esto representa el 70% de las 5.000 personas fallecidas en fronteras de todo el mundo. 28.000 muertes en total desde el año 2000, magnitudes propias de una guerra silenciosa. Estos datos nos dejan helados y sin palabras. Pero hay algo más que añadir a la estupefacción o la vergüenza: está nuestra cuota de responsabilidad.

Lo cierto es que en los últimos años Europa ha dado la espalda a esta tremenda tragedia. Esta semana los ministros de interior y exteriores han decidido afrontar el asunto, pero las conversaciones se centran en el necesario combate a las mafias, como si fuera el único villano de la historia. Hoy la realidad es insoportable, y requiere un cambio muy profundo. Un cambio político y también conceptual que coloque a la ética en el centro de las futuras decisiones.  

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El río es suyo

Alimentos ©Pablo Tosco

Hace algunos años tuve la ocasión de conocer a Pedro Casaldáliga. A orillas del río Araguaias de Brasil, en el Mato Grosso, me dijo: “Mira, el hambre no espera. Al que tiene hambre hay que darle de comer, luego vendrá lo de enseñarle a pescar, pero sobre todo, sobre todo -repitió con su débil voz que salía de un cuerpo ya castigado por la enfermedad- que sepa que el río es suyo”.

Por aquella época comenzaba la crisis alimentaria en España y ya saltaban las primeras alarmas al ver las largas colas que se formaban para el reparto de comida, y pensé: “seguramente aquí también lo importante es que esta gente sepa que las bolsas de comida que reciben, en realidad, ya eran suyas”.

Con mis compañeros de Carabanchel comenzamos entonces a investigar qué pasaba con el reparto de alimentos, visitando las parroquias que los dispensaban. Hablamos con la gente, con los voluntarios de Cáritas, con algún párroco. Y  fue surgiendo poco a poco la idea de que había que explicar que la comida que esta gente recibía ya era suya, porque la alimentación es un derecho. Sin embargo, nadie parecía conocer que este derecho implicaba al Gobierno, pues es quien firma el tratado internacional que lo recoge. El derecho a la alimentación es algo más que un deseo, es un derecho positivo que obliga a las instituciones públicas a garantizarlo. Pero ¿por qué si en plena crisis estábamos en una emergencia alimentaria en la que el 4% de la población necesitaba recibir alimentos, este tema no tenía la repercusión social y política que merecía?

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Investigación médica: Houston, tenemos un problema

© Salud por Derecho

Es difícil encontrar a alguien en España que no haya estado al corriente de la dramática situación a la que se enfrentan los pacientes con Hepatitis C. Afortunadamente, después de meses de lucha, han conseguido que el nuevo plan nacional para la Hepatitis C establezca que pueden ser tratados con nuevos fármacos muchas personas que, en contra de las recomendaciones clínicas, no eran elegibles. Ahora 52.000 pacientes se suman a los 5.000 que tenían acceso a los medicamentos. Sin duda es un avance vital para los enfermos, pero el problema de fondo permanece: el precio del medicamento ha bajado hasta los 13.500 euros por persona, pero sigue siendo desorbitado.

Este caso es solo la punta del iceberg de un serio problema que tiene la sociedad. La forma en la que se organiza la I+D médica es completamente errónea porque no está siendo capaz de generar los medicamentos que la población mundial necesita y, cuando lo hace, los precios de los fármacos son tan elevados que los pacientes y los gobiernos no pueden costearlos, o ponen en riesgo la sostenibilidad de los sistemas públicos de salud. Se trata de un problema gravísimo que nos afecta a todos: que no tengamos una vacuna o tratamientos eficaces contra el Ébola y otras enfermedades tropicales porque afectan a países y personas que no podrían pagarlos; que se invierta mucho más en el tratamiento del Sida que en una vacuna porque la cronificación de la enfermedad es más rentable; que la industria no tenga interés en desarrollar nuevos antibióticos; o  que se fomente la I+D de productos en lugar de otras intervenciones de salud, son solo algunas de las consecuencias de un modelo de investigación completamente roto en el que los beneficios empresariales están por encima del derecho a la salud y del interés público.

Estamos ante un modelo de investigación y desarrollo de medicamentos obsoleto, ineficiente e injusto, que funciona a través de monopolios y leyes que lo perpetua con las patentes. Además, hay una total falta de transparencia, tanto en las inversiones en I+D como en los resultados de los ensayos clínicos y priman los intereses comerciales por encima de la salud. Por si fuera poco, una gran parte de la inversión en investigación para desarrollar medicamentos es dinero público.

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