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Pegarle a un pobre o mendigo no tiene importancia

El 47% de las personas sin hogar ha sufrido, al menos, un incidente o delito de odio en España.

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(c) RAIS Fundación

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“Pegarle a un pobre o a un mendigo, no tiene importancia”. Esta frase nos la dijo Joaquín, a quien el camarero de un bar le abrió la cabeza con una barra de hierro. Escuchar algo así te aplasta, porque no es teoría, sino que surge de la reflexión y experiencia de una persona sin hogar que ha sido agredida por la intolerancia, el odio y el asco hacia su situación. Asco, sí. A Dioni le gritaron “vete de aquí, que vas a infectar la zona”, mientras dormía en la calle.

Distintas organizaciones de atención a personas sin hogar y de defensa de derechos humanos hemos constituido el Observatorio Hatento, desde el que hemos realizado la primera investigación en España sobre el alcance y las características de los delitos de odio por aporofobia, la intolerancia y el odio hacia las personas pobres y en situación de exclusión. Los resultados también aplastan: un 47% de las personas sin hogar que hemos entrevistado ha sufrido, al menos, un incidente o delito de odio. De hecho, entre éstos, el 81% había pasado por estas experiencias en más de una ocasión. No estamos hablando, por tanto, de hechos aislados; nos enfrentamos a un fenómeno enraizado en los estereotipos y el estigma que acompaña a las personas sin hogar, que les deshumaniza y les despoja de un derecho tan fundamental, como es el derecho a la dignidad.

Más de un 28% de las experiencias que las personas sin hogar nos han contado, estuvieron protagonizadas por chicos jóvenes que estaban de fiesta y que consideraron muy divertido finalizar la noche insultando, humillando, intimidando o agrediendo físicamente a una persona que se encontraba en una situación de vulnerabilidad tan extrema como es dormir en la calle. De hecho, en un 60% de los casos, los jóvenes cometieron agresiones de carácter físico. A Rafa le quitaron los zapatos mientras dormía y los usaron para tirárselos a la cara. A Rosario Endrinal la quemaron viva en un cajero. El delito de odio se convierte en una especie de delito de ocio. Que no tiene gracia. Ninguna.

La falta de empatía, la deshumanización, la intolerancia, el considerarse superiores a quien se encuentra en esta situación son, sin duda, el caldo de cultivo de este tipo de comportamientos. Pero también lo son la invisibilidad del fenómeno del sinhogarismo, la indiferencia frente a la vulneración de derechos fundamentales de quien tiene menos (o nada), la criminalización de las personas sin hogar. Dos de cada tres experiencias que analizamos fueron presenciadas por otras personas. En un 68% de los casos, los testigos no hicieron nada. Nada. No nos digas que este dato no te aplasta.

Tú también eres parte de la solución.

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