ENTREVISTA Profesor de Derecho laboral

Adrián Todolí: “Con más derechos laborales se consigue crecimiento y una mejora de la economía”

El profesor de Derecho del Trabajo y licenciado en Economía Adrián Todolí.

La defensa de los derechos laborales se suele fundamentar en un discurso social, de protección de la parte vulnerable en una relación laboral: el trabajador frente a la empresa. Aunque este enfoque en clave de derechos es fundamental, Adrián Todolí Signes, profesor de Derecho del Trabajo de la Universidad de Valencia y licenciado en Economía, quiere también convencer a algunos indecisos con argumentos económicos. Con el bolsillo.

Cuando la lupa del Nobel David Card desmintió que subir el salario mínimo reducía el empleo

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El docente acaba de publicar un libro con el que llama a los laboralistas a defender también una mayor regulación de las relaciones laborales porque "es más eficiente para la economía", insiste. El título Regulación del trabajo y política económica. De cómo los derechos laborales mejoran la economía (Aranzadi, 2021) recoge argumentos a lo largo de sus 227 páginas.

En su libro niega la mayor a una idea, muy extendida entre el empresariado, de que lo más favorable para el crecimiento económico es la desregulación laboral. Apunta que se basan incluso más en prejuicios que en datos. 

Efectivamente. Las tesis dominantes en la economía, sobre todo a partir de los años 80, apuntan que la mejor manera para mejorar la economía es que el Estado se mantenga al margen y no intervenga. La realidad es que esto no es así y, de hecho, en los últimos años se está viendo cómo cada vez hay más estudios empíricos que apoyan la tesis contraria. Es decir, que es necesario que haya derechos laborales como presupuesto para que la economía pueda mejorar. 

¿Qué ejemplos prácticos y estudios sustentan esto que comenta?

Hay un estudio histórico de los años 70, de Okun, que sostiene que las sociedades igualitarias son menos eficientes. Esto se hizo con muchos datos en su momento, pero en 2014 salió un informe del Fondo Monetario Internacional (FMI), que no es sospechoso precisamente de proponer Estados igualitarios, que decía lo contrario. Con más datos que el estudio que se hizo en décadas anteriores, concluye que las sociedades igualitarias son más eficientes. Esto lo estamos viendo por ejemplo en países nórdicos, más igualitarios y que son productivos, más eficientes y tienen mayor crecimiento económico.

Menciona también como ejemplo los estudios sobre el salario mínimo. 

Sí, aquí volvemos a lo mismo. En los años 80, muchos estudios económicos basados en la ley de la oferta y la demanda clásica apoyaban que si aumentaba el salario mínimo, se generaba desempleo. El Premio Nobel de Economía este año ha ido justamente a autores que dijeron que esto no era así en la realidad empírica. 

Y no solo lo dijeron estos autores, sino que hay un gran compendio de literatura actualmente que dice que no es así. No podemos comparar la oferta y la demanda del mercado de productos y servicios como puede ser el de los coches con el mercado laboral, porque funcionan de manera distinta. 

En muchos sectores lo que está ocurriendo es que el desequilibrio del poder de negociación entre empresarios y trabajadores está provocando que los salarios estén artificialmente muy bajos. El empresario utiliza su mayor poder de negociación para poder extraer esa parte extra de renta del trabajador.

Que usted advierte de que tampoco es bueno para la economía, ni incluso para la propia empresa. 

Cuando aumenta el salario mínimo o el salario gracias a la negociación colectiva, se consigue un reparto más justo de los beneficios obtenidos por las empresas. Esto va a provocar que los trabajadores colaboren más. Hay muchos estudios empíricos en este sentido. Por ejemplo, puedo apuntar a Adams, que señala que cuando el trabajador percibe que le están pagando mucho menos de lo que merece, aunque trabaje a lo mejor por desesperación o porque no tiene otra opción, hace que esa persona no colabore en la empresa como podría hacerlo. Al final, acaba repercutiendo en menores tasas de productividad para la empresa y una competitividad inferior en el mercado. 

¿A quién dirige el libro? ¿A los empresarios a los que quiere hacer cambiar de opinión o a los defensores de una mayor regulación laboral para darles nuevos argumentos?

Mi intención es doble. Con este libro pretendo modernizar las justificaciones clásicas que existen en el Derecho del Trabajo. Estas se basan en valores sociales, que son importantes y mantengo que siguen siéndolo, pero no consiguen convencer a parte de la población. 

Se debe en parte a estos mitos, a los prejuicios que dicen que hay que decidir entre crecimiento económico o derechos laborales. Esto ha provocado que el votante, o incluso los partidos políticos, crea que se tiene que decantar por uno de los dos, como si fueran incompatibles. Cuando es justo lo contrario: con más derechos laborales al final se va a conseguir crecimiento y una mejora de la economía. 

¿Está hablando del conjunto de la economía y de la población general? Porque hay personas y empresas que salen ganando con la reducción de derechos laborales de sus plantillas, ¿no?

Eso es una visión cortoplacista. Es decir, hay gente que gana a corto plazo, pero que va a acabar perdiendo a largo plazo. Lo estamos viendo decir ahora en España. Tiene una productividad menor que la media europea y en parte está provocando menos derechos laborales. Que los salarios sean bajos en comparación con otros países como Francia y Alemania provoca menor capacidad de compra por parte de los propios trabajadores. A lo mejor a corto plazo una empresa gana más porque paga menos salarios, pero la realidad es que implicará también que su producción no podrá crecer tanto porque no hay un consumo interno suficiente. 

Así que es posible que algunas personas se hayan enriquecido mucho con este modelo de salarios bajos o de desregulación laboral en general, pero eso tiene un camino muy corto. Hace a nuestras empresas menos competitivas y menos productivas. Y, aunque en el pasado hayan ganado, llegará un momento en el que eso no pueda continuar de manera indefinida.

Destaca además la falta de implicación de las plantillas en un proceso que se considera clave para el futuro: la formación de los trabajadores. 

Un ejemplo muy claro es el caso de la temporalidad. España tiene una de las tasas más altas de temporalidad de Europa y los estudios empíricos demuestran que los trabajadores indefinidos son más productivos, precisamente, porque se comprometen más con la empresa. Obviamente, el compromiso de un trabajador temporal con su empresa puede ser tan grande como el que la compañía tiene con él al hacerle un contrato temporal. Es decir, tiene unos límites. En cambio, un trabajador indefinido se forma más en la propia empresa, la conoce más y la compañía puede invertir más en él, especializarlo, para que sea más productivo. 

Otro caso claro de retos para el futuro es el de la fuga de cerebros que hemos sufrido. El modelo basado en la devaluación salarial que se hizo tras la desregulación de la reforma laboral de 2012 provocó una fuga de cerebros. Muchas personas muy capacitadas se fueron a aquellos países que les pagaban salarios más altos dentro del mercado europeo. 

El Estado no debe actuar solo como último recurso. Cuando el mercado laboral está funcionando bien, el Estado tiene que ver cómo podría mejorarlo, tener una posición proactiva

¿Cree que el ejemplo de la pandemia, que ha supuesto más intervención del Estado –por ejemplo mediante los ERTE–, puede suponer un cambio que legitime una mayor regulación laboral?

Espero que haya un cambio de paradigma por el cual nos demos cuenta de que el Estado es necesario. Pero las tesis menos intervencionistas siempre te dicen que el Estado tiene que estar como último reducto, que es lo que sucede en este caso. Es decir, que el Estado tiene que intervenir cuando todo lo demás falla, por ejemplo, cuando hay una crisis como la del COVID. 

Lo que propongo no es solo ese último reducto. Es necesario que el Estado mire cuáles son los problemas que tiene el mercado de trabajo. Incluso cuando el mercado laboral está funcionando bien, cuando hay crecimiento, el Estado tiene que ver cómo podría mejorar la situación. Tener una posición proactiva, siempre evaluando críticamente si comete un error o si hace una política que no funciona, para poder cambiarla. 

En el libro habla de las personas trabajadoras que votan a partidos que defienden reducir los derechos laborales, algo que les perjudica, pero porque el discurso político lo centran otras cuestiones. Estos otros temas son en muchas ocasiones más emocionales, identitarios, no basados en hechos. ¿Cree que esta apuesta por la evidencia de los datos puede realmente contrarrestar esta corriente?

Es necesario que haya debates sosegados y basados en datos. Obviamente, no solamente en ellos. Los valores sociales también son muy importantes, están al mismo nivel o incluso por encima de los datos. Pero creo que no podemos ir solo con emociones y valores sociales a debatir sobre derechos laborales, porque parece que así rehuimos de los datos. Además, es un debate que se puede ganar, hay estudios económicos más que suficientes. La realidad apoya efectivamente que una mejor regulación laboral, una mayor intervención, mejora la economía.

¿Qué pasa si los datos muestran en ocasiones que algo es más productivo o genera más crecimiento económico, pero no es justo o discrimina a ciertos colectivos?

Aquí siempre pongo un ejemplo: hay ciertos economistas que defienden la prohibición del trabajo infantil porque es buena para la economía. Estos menores están en la escuela, no trabajando, y a largo plazo eso va a hacer que la economía mejore. Puedo estar de acuerdo en que es así, pero la realidad es que el trabajo infantil debe prohibirse por una cuestión de valores sociales, sin más. 

No creo que haya que argumentarlo todo de manera económica o racional. Hay ciertas cuestiones y valores sociales que están por encima. Solo digo que, si además de los valores sociales, hay medidas que pueden venir respaldadas por razones económicas, como por ejemplo el salario mínimo, podremos llegar a más personas. Al final, estamos en una democracia y hay que debatirlo todo, buscar argumentos para ampliar la base social. 

Si además de los valores sociales, hay derechos laborales que pueden venir respaldados por razones económicas, como el salario mínimo, podremos apelar a más personas

Sugiere que estos argumentos para reforzar los derechos laborales son importantes ahora, pero que lo serán más aún en el futuro debido a tendencias como la digitalización, globalización y automatización que pueden hacer más débil aún a la parte trabajadora. 

Totalmente. Hay elementos que contribuyen a una creciente desigualdad social y la democracia es insostenible cuando hay una gran desigualdad, que provoca conflictos. Lo vemos en lo que ha ocurrido en Cádiz. Es un caso claro de que el hecho de que no haya un equilibrio en la mesa de negociación entre empresas y trabajadores provoca que hayan bajado los salarios en los últimos años. Y, derivado de esto, nos lleva a que la única alternativa sea el conflicto social, la huelga, etcétera. 

Las normas laborales nacen también para que se puedan regular y acordar soluciones en una mesa de negociación sin tener que llegar a disturbios y confrontaciones. Evitar los conflictos. Así, un reto muy grande hacia el futuro es reducir la desigualdad social, que también está en debate en Estados Unidos y en prácticamente toda Europa. Una manera de revertirla es con derechos laborales y a través de la negociación colectiva. 

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