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ANÁLISIS

Los efectos de las políticas 'socialcomunistas' en empleo y productividad

18 de mayo de 2026 21:34 h

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Durante las últimas décadas, uno de los lastres más importantes de la economía española ha sido la baja productividad del trabajo. Por lo general, los economistas convencionales suelen localizar el problema en el factor trabajo: baja cualificación, costes laborales elevados, regulación excesiva… El argumento es sencillo: en tanto la productividad laboral es una ratio entre el valor monetario de la producción y las horas trabajadas, si en España esta cifra es menor que en Estados Unidos, entonces se deduce que los trabajadores españoles crean menos valor monetario por cada hora de trabajo. Se diría que, por alguna razón, aprovechamos bastante peor las horas de trabajo que los estadounidenses. El siguiente gráfico pone cifras: en la actualidad, la productividad laboral en España es el 74% de la de Estados Unidos.

Un análisis alternativo, sin embargo, señalaría que la causa de una baja productividad relativa —en España respecto a otros países de referencia— tiene que ver con la estructura productiva de una economía y no tanto con el esfuerzo de los trabajadores. La razón es que el numerador de la ratio —el valor monetario de la producción— es la suma de los valores monetarios de todo lo que produce una economía, pero no distingue entre, por ejemplo, aviones y melocotones. Y es obvio que es distinto producir una cosa u otra: si una economía produce muchos aviones y pocos melocotones su valor monetario será más alto que si produce muchos melocotones y pocos aviones, con independencia del esfuerzo de los trabajadores. Lo que llamamos producción u output —y que medimos a través del PIB— es solo el valor monetario de un conjunto de bienes y servicios muy heterogéneo. Hay una larga tradición histórica, desde los mercantilistas del capitalismo temprano hasta la moderna economía del desarrollo, que subraya que lo importante para que un país sea rico es saber qué quiere producir e intervenir en la economía para conseguirlo. El problema, entonces, es que España tiene una estructura productiva menos desarrollada que otras economías occidentales.

Además, la dinámica de la productividad laboral en nuestro país ha sido históricamente anticíclica. Esto significa que cuando la economía crece la productividad laboral tiende a estancarse o crecer débilmente y, al contrario, cuando la economía decrece la productividad laboral tiende a crecer. Esto ocurre por un mero efecto estadístico resultado de trabajar con datos agregados. Recuérdese que el numerador es la suma de los valores monetarios producidos por muchos trabajadores diferentes, y que cuando llega una crisis se despide primero a los que menos valor monetario por hora crean —sectores de bajo valor añadido tales como hostelería, construcción, comercio minorista y servicios poco cualificados—. Este fenómeno provoca la retirada de los cálculos de los que menos valor monetario producen, lo que automáticamente eleva la productividad media de los que quedan trabajando, aunque ninguno de ellos esté produciendo más por hora que antes. Así que cuando hay una crisis y se producen despidos, la productividad laboral crece aunque los trabajadores sigan haciendo lo mismo.

El mismo mecanismo opera en la dirección contraria cuando la economía crece, ya que al contratar a nuevos trabajadores en sectores con menor valor añadido se produce una reducción de la productividad laboral media. Ambos procesos, en una y otra dirección, han caracterizado la dinámica de la productividad laboral… hasta ahora.

El período que sigue a la pandemia tiene una característica que lo distingue de las expansiones anteriores: el ritmo de creación de empleo —+3,85% anual en horas trabajadas, +4,24% en puestos a tiempo completo— casi duplica el de la recuperación 2014-2019 (+2,15% y +2,35%) y se sostiene sin sacrificar la productividad por hora, que crece a un ritmo similar al de aquel período (+0,49% vs +0,46%). En las grandes expansiones anteriores el patrón fue distinto: aunque la productividad por hora también crecía, lo hacía a ritmos muy modestos (+0,38% anual en 2001-2007, ligeramente negativa en 1996-2000) y con un comportamiento marcadamente cíclico, acelerándose solo al final del ciclo cuando la creación de empleo se enfriaba. La singularidad post-COVID es que el ritmo más alto de creación de empleo desde los noventa coincide con una productividad por hora positiva y sostenida desde 2022, sin esperar al agotamiento del ciclo. Algo ha cambiado.

La hipótesis más plausible es que se está produciendo un lento pero sostenido cambio en la estructura económica de España, principalmente como consecuencia de los planes de estímulo acordados durante la pandemia y desplegados desde entonces —los famosos fondos NextGenerationEU—. Durante este período ha crecido de forma muy intensa tanto la población —vía inmigración— como el empleo, que además ha sido en buena parte de poca o nula cualificación. En condiciones normales deberíamos haber visto una caída de la productividad laboral, pero observamos lo contrario: algo que puede explicarse si la productividad laboral del resto de trabajadores ha aumentado lo suficiente como para compensar el efecto decreciente esperado.

Los canales por los que esto puede estar sucediendo son al menos cuatro y conviene distinguirlos. Primero, un ascenso en la cadena de valor: los mismos trabajadores producen bienes y servicios de mayor valor monetario, como cuando una economía pasa de fabricar zapatos a fabricar componentes electrónicos. Esto es básicamente lo que ha logrado China en las últimas décadas como estrategia deliberada de desarrollo. Segundo, un proceso de capital deepening: las empresas dotan a cada trabajador de más maquinaria y equipos, de modo que la productividad por hora sube simplemente porque hay más capital físico apoyando el trabajo. Tercero, una mejora propiamente tecnológica o energética donde con el mismo capital y el mismo trabajo se produce más. Un cuarto canal tiene que ver con la dimensión energética del proceso productivo. La electrificación, el despliegue de renovables o la incorporación de tecnologías más eficientes pueden permitir producir más valor monetario con menores costes materiales y energéticos por unidad de trabajo. En un país especialmente vulnerable a shocks energéticos externos, esta variable podría haber desempeñado un papel no menor en la evolución reciente de la productividad.

Estos cuatro canales son distintos en sus implicaciones, pero todos se reflejan en la ratio agregada de productividad laboral. No tenemos datos suficientes para profundizar en cuál está siendo más importante, pero todo parece apuntar a que la economía española estaría siendo capaz de mejorar parte de su estructura productiva a pesar del peso inmenso que tienen todavía los sectores de bajo valor añadido —los cuales absorben gran parte de la nueva creación de empleo—.

Una visión europea

En todo caso, si analizamos esta evolución en perspectiva internacional, como en el gráfico siguiente, llama todavía más la atención. Desde la pandemia, España ha mejorado su productividad relativa por hora respecto a Alemania, Italia y Francia. Y eso a pesar de que, como mostré en el primer gráfico, España está en términos absolutos todavía lejos de sus vecinos —con excepción de Italia, que está solo ligeramente por encima de España—.

No debería sorprender que los análisis económicos convencionales sean reacios a interpretar estos indicadores como signo de un cambio estructural. El relato dominante es que España crece sobre todo por entrada masiva de inmigrantes —crecimiento extensivo— y no porque se esté produciendo una transformación de la base productiva —crecimiento intensivo—. En realidad, no cabe lanzar las campanas al vuelo porque el modelo de crecimiento español sigue siendo desigual — con los beneficios del crecimiento concentrándose en una minoría de empresas y sectores rentistas—, vulnerable —por la alta dependencia de sectores de bajo valor añadido— e insostenible ecológicamente —sobre lo que volveré en otro artículo—.

Pero todos estos indicadores permiten al menos algunas conclusiones preliminares. En primer lugar, cabe rechazar de plano el relato de los trabajadores vagos. En segundo lugar, debemos reconocer que hay señales razonables de un cambio estructural en curso, aunque limitado. Y, en tercer lugar, podemos constatar que este período —el del gobierno de coalición— coincide con el mejor desempeño comparado de la productividad española frente a sus vecinos europeos en treinta años: mientras Francia, Italia y, en menor medida, Alemania, han visto retroceder o estancarse su productividad por hora desde la pandemia, España ha avanzado. En términos puramente nacionales, la productividad por hora crece a un ritmo similar al de la recuperación 2014-2019, pero lo hace con un ritmo de creación de empleo mucho mayor, lo que rompe el patrón anticíclico que había dominado el ciclo español hasta entonces. Atribuir causalidad directa exigiría más trabajo del que aquí cabe. Pero hay un punto que sí está claro: las políticas que el relato convencional describió como un freno a la competitividad han coincidido con el período más favorable que la productividad española ha vivido en términos comparados en mucho tiempo.

Cabe preguntarse por qué importa todo esto más allá del debate académico entre economistas (para los interesados en esta dimensión, hace unos años escribí con mayor profundidad y extensión este artículo académico). Lo cierto es que importa porque el diagnóstico determina la política: si la baja productividad se atribuye al trabajador, las recetas serán siempre la devaluación interna y el recorte laboral. Si se atribuye a la estructura productiva, lo que se exige es política industrial, inversión pública dirigida y una intervención deliberada del Estado en qué se produce y cómo. Importa, también, porque sin esa transformación de la base productiva resulta imposible plantear cualquier otra agenda —ecológica, por ejemplo— sobre bases sólidas.