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Análisis

La intensiva economía de guerra pasa factura a Rusia y empieza a debilitar el liderazgo de Putin

20 de mayo de 2026 22:33 h

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Rusia entra en factura de guerra. Al encaminarse al primer lustro de enfrentamiento militar con Ucrania, Vladímir Putin sostuvo que el Kremlin podía librar una contienda bélica larga y, al mismo tiempo, mantener su economía en un estado de estabilidad. En los albores de la invasión, la resistencia del rublo a las sanciones occidentales, el aumento de las exportaciones energéticas hacia Asia y el empleo de buques fantasma para negociar el precio del barril del petróleo y gas siberiano al mejor postor o la catapulta del gasto militar sobre el dinamismo del PIB parecían demostrar que el Kremlin había encontrado una fórmula inesperadamente eficaz para soportar el veto del G-7 a usar el dólar como divisa en las transferencias internacionales o la vigilancia y el tope de venta del crudo que las potencias industrializadas le exigieron con posterioridad.

Pero las primeras señales de fatiga empiezan a aparecer. Y lo hacen en el peor momento posible para Moscú. The Economist acaba de certificar, por medio de un rastreador de guerra nutrido con sistemas satelitales que detectan en tiempo real la actividad bélica y los trasladan a mapas del Institute for the Study of War (ISW), que el ejército ruso encadena pérdidas territoriales en Ucrania “por primera vez desde octubre de 2023”, después de varios meses en los que su ofensiva se había estancado. Una señal que corroboraría la escasa presencia de vehículos y armamento pesados y los pobres fastos del Desfile de la Victoria de 2026 en la Plaza Roja y que podría desvelar una inclinación de la iniciativa militar en favor de Kiev. A pesar del enorme coste humano desplegado por el Kremlin.

En el terreno económico, el panorama también comienza a mostrar un horizonte desolador. Los precios no dejan de encarecerse, los salarios crecen a ritmos incompatibles con la productividad y el déficit presupuestario se expande tras más de cuatro años de economía de guerra. El Banco Central de Rusia (BCR) se ha visto obligado a sostener unos tipos de interés demasiado elevados para frenar la escalada inflacionista, lo que ha elevado los costes crediticios y frenando los flujos de capital privados. Al mismo tiempo, la escasez de mano de obra generada por la movilización intensiva de empleo en la industria armamentística y la emigración de varios cientos de miles de trabajadores cualificados fuera del país, han incrementado los salarios en sectores estratégicos para la economía rusa. Novena del planeta, con 2,6 billones de dólares, algo más de medio billón por encima del PIB español y que apenas crecerá un 1% en 2026, según el FMI.

“Rusia ha logrado evitar el colapso, pero no ha eludido su desgaste”, dice Alexandra Prokopenko, ex asesora del BCR e investigadora del Carnegie Russia Eurasia Center, para quien el dinamismo actual “depende cada vez más del gasto militar y menos de una actividad económica sostenible”, lo que ha configurado una paradoja de difícil aceptación para el Kremlin, ya que es precisamente el propio esfuerzo bélico el que está “deformando la economía”, aduce. O, dicho de otra forma: la industria de Defensa absorbe recursos, talento y financiación mientras otros sectores de corte civil pierden competitividad.

Por si fuera poco, el consumo se sostiene artificialmente gracias al gasto público y a los salarios vinculados al complejo militar-industrial, mientras la productividad permanece estancada. “Es una economía que remonta por el propio impulso de la guerra” resume un economista europeo especializado en Rusia. A su juicio, el gran problema es que este modelo “resulta muy difícil de desmontar sin provocar una desaceleración brusca”.

Visita apresurada de Putin a China

Quizás por esta pérdida súbita de musculación, azuzada por el clima geopolítico global y por el shock petrolífero derivado del cierre del Estrecho de Ormuz, Putin ha dirigido sus pasos hacia el gigante asiático. Tan solo unos días después de la visita de Donald Trump. En Pekín, el dirigente ruso, que debutó como primer ministro a finales de 1999, quiso reforzar la imagen de la alianza estratégica con Xi Jinping. Pero el contexto global es radicalmente distinto al de febrero de 2022, cuando ambos líderes proclamaron “una asociación bilateral sin límites” unas semanas antes de la invasión de Ucrania. Tanto, que según Financial Times, Xi habría sugerido a Trump durante su reciente encuentro en Pekín que Putin podría acabar “arrepintiéndose” de la invasión y estar en disposición de negociar un alto el fuego definitivo.

El mensaje, cuidadosamente ambiguo como acostumbra a expresar la diplomacia china, refleja un viraje de rumbo que podría ser trascendental. China sigue necesitando a Rusia, pero empieza a percibir la guerra contra su vecino meridional como una fuente inagotable de incertidumbre y de costes geopolíticos y económicos para Pekín. Buena prueba de ello es la asimetría que, en el plano energético, deja el acuerdo planteado casi a la desesperada por parte de Moscú para sellar el proyecto del gasoducto Power of Siberia 2 que conectaría las reservas gasísticas rusas con el gigante asiático. Los analistas del mercado convienen en asegurar que esta iniciativa pretende paliar el cierre del grifo de este combustible hacia Europa.

El consenso habla de que Pekín negocia con Putin desde una posición de fuerza, manteniendo sus compras de energía rusa barata, aunque sorteando cualquier compromiso que aumente en exceso sus vínculos y dependencia con los combustibles fósiles rusos.

Durante los primeros tres años, Putin convirtió la guerra en una demostración de resistencia del modelo productivo nacional. Pero las contiendas militares largas rara vez terminan únicamente en el frente. A menudo empiezan a perderse lentamente por presiones inflacionistas, los hondos desequilibrios fiscales y el agotamiento de un frenesí económico difícil de consolidar, advierten los observadores internacionales. Todo ello deriva de unos ingresos petrolíferos y gasísticos que han descendido en el primer trimestre del año en un 38% en términos interanuales. Al tiempo que la factura del conflicto se sigue disparando y obligando al Estado a absorber cada vez más recursos.

Lo que en una primera instancia funcionó como un gigantesco estímulo fiscal, comienza ahora a parecerse a una economía sobrecalentada por su dependencia del gasto militar. Así lo considera Alexey Kovalev, periodista ruso en el exilio, en una pieza en Foreign Policy en la que describe a Rusia como “economía bifurcada” donde las fábricas militares funcionan a tres turnos, absorben recursos humanos, salarios y subsidios mientras la agricultura, las infraestructuras o la industria manufacturera entran en “una silenciosa contracción”. El Kremlin ya normaliza el reclutamiento de adolescentes y trabajadores foráneos para fabricar drones, “una señal inequívoca --asegura-- de una escasez laboral extrema y probablemente irreversible por razones demográficas.

En su opinión, Putin ha sacrificado las bases del crecimiento ruso futuro para eludir el colapso de la economía, al reorientar la producción al terreno militar, multiplicar el gasto público y usar el déficit fiscal como un instrumento estratégico.

En el último bienio, las fábricas de armamento trabajaban a pleno rendimiento, el desempleo retrocedía a mínimos históricos del 2,2% y los salarios galopaban al calor de la demanda militar. Pero, ahora, la realidad ha terminado por emerger. Según Bloomberg Economics, Rusia requiere, con urgencia, unos 1,5 millones de trabajadores adicionales para equilibrar la intensa demanda de su mercado laboral. La gran patronal rusa aumenta este diferencial respecto a los niveles de oferta incluso más allá, hasta los 3 millones, antes de 2030. Para más inri, esta rigidez socio-económica tiene raíces estructurales. Al fin y al cabo, la guerra solo ha acelerado una crisis demográfica que era palpable antes de la invasión. Si bien, ya ofrece cifras devastadoras. Porque entre muertos, heridos y movilizados, el conflicto ha expulsado del mercado de trabajo a varios cientos de miles de hombres en edad productiva.

El think tank CSIS, especializado en geopolítica y en análisis militar, estima las bajas rusas en el frente bélico en 1,2 millones. Incluso las estimaciones más conservadoras sitúan el número de muertos por encima de los 300.000. Cifra a la que hay que sumar la fuga de talento cualificado tras la movilización parcial de 2022 y el freno migratorio procedente de Asia Central. De modo que la economía rusa se enfrenta a un fenómeno poco habitual. Una escasez de trabajadores en una fase de plena desaceleración económica.

La gobernadora del BCR, Elvira Nabiullina, ideóloga de las exitosas réplicas monetarias a las sanciones occidentales en los primeros años de guerra, admite que la Rusia contemporánea nunca había experimentado una falta de mano de obra tan aguda. Al tiempo que reconoce que el problema ha trascendido a la esfera política. El Kremlin necesita mantener salarios elevados para sostener la legitimidad social de la contienda armada, pero esos incrementos salariales son los que alimentan una inflación pertinaz que oscila entre el 5,5% y el 6% y obliga a situar los tipos de interés en estratos de altura (14,5%) que estrangulan el crédito privado y la inversión civil, al situarse en un promedio del 8,4% desde el inicio de la invasión rusa.  

A su manera, Nabiullina asume que la industria militar absorbe la casi totalidad de los recursos mientras el resto de la economía cae en un escenario de baja productividad.

La autarquía rompe las costuras productivas

El modelo autárquico impulsado por Putin agrava las deficiencias estructurales de la coyuntura rusa. Las sanciones occidentales obligaron a Rusia a reconstruir cadenas tecnológicas de valor más caras y menos eficientes, dependientes de intermediarios en Asia Central, China o el Golfo Pérsico. La supresión paulatina de importaciones se convirtió en doctrina económica y redujo la capacidad de innovación nacional que ha dado lugar a una economía cada vez más pertrechada, menos competitiva y subordinada a los pedidos manufactureros militares.

Esta fragilidad ha irrumpido con especial nitidez en el sector energético, la verdadera columna vertebral del Kremlin. Ucrania ha pasado de ataques simbólicos a operaciones quirúrgicas contra infraestructuras críticas de refinado y distribución. En Foreign Policy citan al ex comandante americano Ben Hodges para resumir esta lógica de guerra ucraniana que pasa por destruir la infraestructura petrolera y gasística de su enemigo hasta hacer insostenible el esfuerzo bélico. Reuters calcula que los ataques habían reducido un 40% la capacidad exportadora de petróleo ruso.

Ese deterioro habría sido severo y todavía más sorprendente porque Kiev lo ha puesto en liza sin ayuda indirecta de Washington. La Administración Trump acaba de renovar temporalmente las exenciones que permiten seguir comercializando cargamentos de petróleo ruso embarcados, con el argumento de estabilizar el mercado energético global tras el estallido de la contienda en Irán. La decisión revela hasta qué punto el mercado petrolero global continúa dependiendo del crudo ruso. Incluso en medio del régimen sancionador occidental. E ilustra una contradicción central de la estrategia occidental: la asfixia financiera a Moscú provoca un shock energético de dimensión universal.

Michael Kofman, del Carnegie Endowment, asegura sin tapujos que “el tiempo no corre del lado de Rusia”. Percepción que algunos analistas dicen que se extiende en el seno del propio aparato político. En el Kremlin está calando la idea de que el auto-aislamiento de Putin y sus frecuentes desplazamientos restringidos, visitas frecuentes a búnkeres y temores a un asesinato selectivo no son un ejercicio de ficción de las cancillerías occidentales.

El dirigente ruso muestra una mayor preocupación por su seguridad que denota, según anticipan en el centro Robert Lansing Institute de análisis de amenazas híbridas, inteligencia y seguridad geopolítica, una convicción “más o menos consciente de que el equilibrio que le ha sostenido en el poder durante más de dos decenios y medio se está erosionando”. Aunque voces como las de Sean Wiswesser, antiguo oficial de inteligencia americano, sostienen que muchos rumores sobre miedo, purgas o fracturas internas en el Kremlin pueden estar siendo instrumentalizados por el propio aparato de seguridad ruso para justificar nuevas oleadas represivas. Wiswesser se hace eco de “una creciente vigilancia digital y un endurecimiento represivo” que responderían a una “lógica clásica de supervivencia autoritaria” por parte de Putin.