Tope al termostato y puertas de par en par: revuelo en el microclima de lujo de Las Rozas Village

Víctor Honorato

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La dependienta Yara Guillén dispensa una píldora de saber antropológico al visitante inquisitivo: “Cuando al ser humano le impones cambios, hay un periodo de resistencia”. Lo dice con amplia sonrisa, rodeada de chancletas en una de las decenas de tiendas del centro comercial Las Rozas Village, al noroeste de Madrid. En los últimos días hay algo de revuelo entre los encargados de las tiendas del recinto, consultas al departamento de recursos humanos y circulares internas acerca de la flamante obligación de no bajar el aire acondicionado de 27 grados para ahorrar energía. También existe incertidumbre sobre los cierres automáticos de puertas, anunciados para el 30 de septiembre. “No hay mucha gente que esté de acuerdo”, explica Guillén, aunque a ella le da igual, porque el comercio de chanclas es de temporada. Cerrará al terminar el verano, pues con el otoño la demanda se desploma.

Primeras horas de las medidas de ahorro: dudas, cierta rebeldía y escaparates que ya se apagaban para no malgastar

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Desde la estación de cercanías de Pinar se puede llegar paseando al Village en una media hora. No es lo más cómodo; hay que cruzar un par de rotondas con tráfico, pasar por debajo del puente de la autovía y atravesar varios pegotes de superficie urbanizada, de ensanche a la madrileña, con su ladrillo, cemento y asfalto. Las aceras, sin embargo, están cuidadas y limpias y el trayecto permite observar que la extensión es un homenaje al centro comercial en sus múltiples expresiones, del hipermercado al mazacote de hormigón, que culmina con el fenómeno Las Rozas Village.

El recinto lleva ahí ya más de dos décadas, y desde fuera sus torres y cúpulas recuerdan muy vagamente a un zoco de Asia Central. Pasado el arco metálico de bienvenida, la planta resulta ser más mediterránea, una serie de manzanas con un bulevar central y tiendas a los lados, de estilo arquitectónico de inspiración otomana, o quizás veneciana, pasado por el tamiz del cartón-piedra. Pretende ser un pueblecito con vocación chic y ha resultado ser un polo de atracción turística de primer orden, como atestiguan los autobuses que regularmente descargan visitantes internacionales. Las puertas de los comercios siempre están abiertas de par en par.

Las medidas de ahorro energético dispuestas por el Gobierno hacen dudar a algunos comerciantes. “No todas las casas son iguales, esto es una pecera”, dice Mónica Hidalgo, que señala las vidrieras del piso superior de la perfumería en que trabaja y explica que las cubrieron con vinilo para que no filtrasen tanto calor. Indica que la empresa propietaria está estudiando cómo instalar los cierres automáticos en los locales y señala que algunos clientes sí se han quejado en los tres días que llevan en vigor los topes al aire acondicionado. “Intentamos cumplir para acostumbrarnos, pero es complicado”, cuenta. 

Un portavoz de la empresa Value Retail, dueña de este centro y otros ocho similares por Europa −uno en Barcelona− más otros dos en China, contesta por correo electrónico: “Aplicaremos todas las medidas que establezca el decreto-ley”.

Dos grados son un mundo

El decreto da un margen de interpretación. En la tienda de ropa de Tommy Hilfiger explicaron al departamento de Recursos Humanos que el local tiene dos plantas y que los trabajadores tienen que cargar cajas, así que les dieron permiso para bajar de 27 grados a 25. “Es que nos dolía la cabeza [del calor]”, asegura Vicky Linde, la encargada. Con todo, temen más el invierno. En estas tiendas los dependientes tienen que vestir prendas de la casa, y Linde no sabe si hará demasiado frío para la colección de otoño-invierno. “Quizás con sudaderas”, cavila.

Unos metros después está el local de Gucci. Para entrar hay que pasar entre dos columnas blancas con capiteles de motivos florales indeterminados. Dentro reciben dependientes de traje negro y camisa blanca. El encargado atiende cortés, pero precavidamente. Al principio da la impresión de que tiene un deje italiano al hablar, después resulta que se llama Gabriel Lodeiro y es de Vigo. Ya relajado, admite que los 27 grados de mínima les resultan una faena: “Lo pasamos mal”.

Parados en la calle comercial hablan Jesús, conductor de autobús, y Vlenis Ortiz, de 42 años, cubano instalado en Antigua y Barbuda, que se ha venido de viaje con 55 visitantes del pequeño país antillano, antigua colonia británica. “¿Ves como era mejor venir antes? A las tres aquí os ibais a asar”, dice Jesús. El jefe de la expedición está de acuerdo, dice que quizás deberían adelantar la salida e ir a otro centro comercial más barato. “¿Tú crees que en el Xanadú se pueden gastar cuatro o seis horas?”, pregunta. 

El grupo estuvo la víspera en Segovia, mañana irán a Barcelona. “Allí es más caro”, avisa el conductor. En todo caso, la comitiva no ha pasado calor esta mañana, como tampoco parecen especialmente acalorados el resto de visitantes, muchos de ellos también turistas, que se vuelven más numerosos conforme pasan las horas. Ayudan los rociadores automáticos, que atomizan agua sobre los viandantes. Se oye francés, árabe, mandarín. 

En un puesto de helados de la calle, la dependienta asegura que entre esta semana y la pasada no ha habido grandes fluctuaciones en la demanda. Una pareja con carrito de bebé se muestra dividida. El hombre no está de acuerdo con que se obligue a los establecimientos privados a reducir el consumo eléctrico. Ella no ve impedimentos, recuerda que en los 80 había cortes de agua. “Cómo se nota que tú no vivías en España”, le espeta.

Parece ser que en la tienda de ropa infantil de Polo Ralph Lauren hace demasiado frío. Yendo a preguntar, se comprueba que el motivo no es la desobediencia, sino una avería. Una dependienta se excusa: “Funciona mal el aire acondicionado, gotea”. Han avisado a un técnico. En sentido contrario, hay problemas en la tienda de menaje Le Creuset. “Llevamos dos semanas sin aire acondicionado”, lamenta María, en la caja. “Aquí no estamos a 27, estamos a 40”, exagera.

Fuera, el aparcamiento está cada vez más lleno. Mónica, la encargada de la perfumería, quizás tenga la clave: “¿Tú por qué crees que la gente va a El Corte Inglés o al Leroy Merlín? ¡Pues a darse un refrescón!”.

La dependienta Yara Guillén dispensa una píldora de saber antropológico al visitante inquisitivo: “Cuando al ser humano le impones cambios, hay un periodo de resistencia”. Lo dice con amplia sonrisa, rodeada de chancletas en una de las decenas de tiendas del centro comercial Las Rozas Village, al noroeste de Madrid. En los últimos días hay algo de revuelo entre los encargados de las tiendas del recinto, consultas al departamento de recursos humanos y circulares internas acerca de la flamante obligación de no bajar el aire acondicionado de 27 grados para ahorrar energía. También existe incertidumbre sobre los cierres automáticos de puertas, anunciados para el 30 de septiembre. “No hay mucha gente que esté de acuerdo”, explica Guillén, aunque a ella le da igual, porque el comercio de chanclas es de temporada. Cerrará al terminar el verano, pues con el otoño la demanda se desploma.

Primeras horas de las medidas de ahorro: dudas, cierta rebeldía y escaparates que ya se apagaban para no malgastar

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Desde la estación de cercanías de Pinar se puede llegar paseando al Village en una media hora. No es lo más cómodo; hay que cruzar un par de rotondas con tráfico, pasar por debajo del puente de la autovía y atravesar varios pegotes de superficie urbanizada, de ensanche a la madrileña, con su ladrillo, cemento y asfalto. Las aceras, sin embargo, están cuidadas y limpias y el trayecto permite observar que la extensión es un homenaje al centro comercial en sus múltiples expresiones, del hipermercado al mazacote de hormigón, que culmina con el fenómeno Las Rozas Village.

El recinto lleva ahí ya más de dos décadas, y desde fuera sus torres y cúpulas recuerdan muy vagamente a un zoco de Asia Central. Pasado el arco metálico de bienvenida, la planta resulta ser más mediterránea, una serie de manzanas con un bulevar central y tiendas a los lados, de estilo arquitectónico de inspiración otomana, o quizás veneciana, pasado por el tamiz del cartón-piedra. Pretende ser un pueblecito con vocación chic y ha resultado ser un polo de atracción turística de primer orden, como atestiguan los autobuses que regularmente descargan visitantes internacionales. Las puertas de los comercios siempre están abiertas de par en par.

Las medidas de ahorro energético dispuestas por el Gobierno hacen dudar a algunos comerciantes. “No todas las casas son iguales, esto es una pecera”, dice Mónica Hidalgo, que señala las vidrieras del piso superior de la perfumería en que trabaja y explica que las cubrieron con vinilo para que no filtrasen tanto calor. Indica que la empresa propietaria está estudiando cómo instalar los cierres automáticos en los locales y señala que algunos clientes sí se han quejado en los tres días que llevan en vigor los topes al aire acondicionado. “Intentamos cumplir para acostumbrarnos, pero es complicado”, cuenta. 

Un portavoz de la empresa Value Retail, dueña de este centro y otros ocho similares por Europa −uno en Barcelona− más otros dos en China, contesta por correo electrónico: “Aplicaremos todas las medidas que establezca el decreto-ley”.

Dos grados son un mundo

El decreto da un margen de interpretación. En la tienda de ropa de Tommy Hilfiger explicaron al departamento de Recursos Humanos que el local tiene dos plantas y que los trabajadores tienen que cargar cajas, así que les dieron permiso para bajar de 27 grados a 25. “Es que nos dolía la cabeza [del calor]”, asegura Vicky Linde, la encargada. Con todo, temen más el invierno. En estas tiendas los dependientes tienen que vestir prendas de la casa, y Linde no sabe si hará demasiado frío para la colección de otoño-invierno. “Quizás con sudaderas”, cavila.

Unos metros después está el local de Gucci. Para entrar hay que pasar entre dos columnas blancas con capiteles de motivos florales indeterminados. Dentro reciben dependientes de traje negro y camisa blanca. El encargado atiende cortés, pero precavidamente. Al principio da la impresión de que tiene un deje italiano al hablar, después resulta que se llama Gabriel Lodeiro y es de Vigo. Ya relajado, admite que los 27 grados de mínima les resultan una faena: “Lo pasamos mal”.

Parados en la calle comercial hablan Jesús, conductor de autobús, y Vlenis Ortiz, de 42 años, cubano instalado en Antigua y Barbuda, que se ha venido de viaje con 55 visitantes del pequeño país antillano, antigua colonia británica. “¿Ves como era mejor venir antes? A las tres aquí os ibais a asar”, dice Jesús. El jefe de la expedición está de acuerdo, dice que quizás deberían adelantar la salida e ir a otro centro comercial más barato. “¿Tú crees que en el Xanadú se pueden gastar cuatro o seis horas?”, pregunta. 

El grupo estuvo la víspera en Segovia, mañana irán a Barcelona. “Allí es más caro”, avisa el conductor. En todo caso, la comitiva no ha pasado calor esta mañana, como tampoco parecen especialmente acalorados el resto de visitantes, muchos de ellos también turistas, que se vuelven más numerosos conforme pasan las horas. Ayudan los rociadores automáticos, que atomizan agua sobre los viandantes. Se oye francés, árabe, mandarín. 

En un puesto de helados de la calle, la dependienta asegura que entre esta semana y la pasada no ha habido grandes fluctuaciones en la demanda. Una pareja con carrito de bebé se muestra dividida. El hombre no está de acuerdo con que se obligue a los establecimientos privados a reducir el consumo eléctrico. Ella no ve impedimentos, recuerda que en los 80 había cortes de agua. “Cómo se nota que tú no vivías en España”, le espeta.

Parece ser que en la tienda de ropa infantil de Polo Ralph Lauren hace demasiado frío. Yendo a preguntar, se comprueba que el motivo no es la desobediencia, sino una avería. Una dependienta se excusa: “Funciona mal el aire acondicionado, gotea”. Han avisado a un técnico. En sentido contrario, hay problemas en la tienda de menaje Le Creuset. “Llevamos dos semanas sin aire acondicionado”, lamenta María, en la caja. “Aquí no estamos a 27, estamos a 40”, exagera.

Fuera, el aparcamiento está cada vez más lleno. Mónica, la encargada de la perfumería, quizás tenga la clave: “¿Tú por qué crees que la gente va a El Corte Inglés o al Leroy Merlín? ¡Pues a darse un refrescón!”.

La dependienta Yara Guillén dispensa una píldora de saber antropológico al visitante inquisitivo: “Cuando al ser humano le impones cambios, hay un periodo de resistencia”. Lo dice con amplia sonrisa, rodeada de chancletas en una de las decenas de tiendas del centro comercial Las Rozas Village, al noroeste de Madrid. En los últimos días hay algo de revuelo entre los encargados de las tiendas del recinto, consultas al departamento de recursos humanos y circulares internas acerca de la flamante obligación de no bajar el aire acondicionado de 27 grados para ahorrar energía. También existe incertidumbre sobre los cierres automáticos de puertas, anunciados para el 30 de septiembre. “No hay mucha gente que esté de acuerdo”, explica Guillén, aunque a ella le da igual, porque el comercio de chanclas es de temporada. Cerrará al terminar el verano, pues con el otoño la demanda se desploma.

Primeras horas de las medidas de ahorro: dudas, cierta rebeldía y escaparates que ya se apagaban para no malgastar

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Desde la estación de cercanías de Pinar se puede llegar paseando al Village en una media hora. No es lo más cómodo; hay que cruzar un par de rotondas con tráfico, pasar por debajo del puente de la autovía y atravesar varios pegotes de superficie urbanizada, de ensanche a la madrileña, con su ladrillo, cemento y asfalto. Las aceras, sin embargo, están cuidadas y limpias y el trayecto permite observar que la extensión es un homenaje al centro comercial en sus múltiples expresiones, del hipermercado al mazacote de hormigón, que culmina con el fenómeno Las Rozas Village.