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Google, yo no lo recuerdo así: por qué he empezado a imprimir mis fotos

No quiero que mis recuerdos estén en sus servidores.
20 de octubre de 2026 21:36 h

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“He empezado a imprimir fotos”, fui avisando a mis amistades, como quien hace una confesión. Quienes no mostraron sorpresa ante mi revelación habían pasado por un proceso similar: querer disputar a las grandes plataformas una parte de nuestra cotidianidad. En el camino empecé a preguntarte cuánto llevaba delegando la tarea de construir mi memoria y qué había perdido por el camino. 

Gracias, Google, pero yo no lo recuerdo así

En enero fui madre. Desde entonces, en mi teléfono conviven imágenes para consultar una duda a mi matrona de referencia con fotografías que aspiran a congelar un momento. Algunas tienen la caducidad de una conversación; otras son cápsulas del tiempo, pensadas incluso para sobrevivirme. Todas acaban juntas.

Otras estaban dirigidas, sobre todo, a mí misma. Celebraban los momentos en que me reconocía en la maternidad, como leyendo un libro mientras amamantaba o volviendo a llevar las uñas de gel. También había capturas de pantalla para cuando tuviera tiempo: ensayos que quería consultar, ideas sobre las que escribir... En esas imágenes buscaba un punto de apoyo para no perderme en los primeros meses de la maternidad y, sobre todo, en el mandato social sobre cómo debía ser madre.

La académica José van Dijck, especializada en medios y cultura digital, viene estudiando cómo con su desarrollo digital la fotografía ha ido reforzado sus funciones de comunicación y construcción de la identidad frente a su tradicional papel como archivo de la memoria familiar. La transformación del móvil, esa prótesis digital que llevamos integrada, facilita y potencia esos usos.

En enero fui madre. Desde entonces, en mi teléfono conviven imágenes para consultar una duda a mi matrona de referencia con fotografías que aspiran a congelar un momento. Algunas tienen la caducidad de una conversación; otras son cápsulas del tiempo. Pero todas acaban juntas

Mientras la fotografía había ido ganando significado para mí, Google Fotos empezó a devolverme una selección a la que llamaba “recuerdos”. Reconocía las imágenes y las fechas eran correctas, pero había un fallo en la Matrix: no funcionaban como archivo, no representaban el relato de esos meses, no eran, por tanto, recuerdos.  

Los álbumes fotográficos como archivo de recuerdos siempre son una selección y organización de imágenes para recrear un pasado. Lo que ocurre con los servicios como Google Fotos es que, como muestran diferentes investigaciones, el archivo ha tomado la iniciativa: como una rebelión de una máquina que adquiere autoconciencia. ¿Quería delegar esa función? Y aún más, ¿quería entregar a las empresas que poseen y dirigen esas máquinas la selección y almacenaje de mis recuerdos?

Mis recuerdos, su negocio

En Las redes son nuestras, Marta G. Franco reconstruye cómo una red levantada también mediante recursos públicos y trabajo colectivo terminó concentrada en negocios privados donde se busca la fórmula de monetizar al máximo nuestra experiencia. 

Primero se creó la necesidad. Google Fotos permitió durante años guardar fotografías comprimidas sin límite y de forma gratuita. En 2021, las nuevas fotos y vídeos que subíamos empezaron a contar para el límite de almacenamiento gratuito. Al alcanzarlo, tocaba elegir entre borrar, trasladar archivos o pagar por más espacio. La gratuidad había sido la invitación; ahora la mudanza exigía tiempo y esfuerzo por lo que en muchos casos se optó por permanecer y pagar.

Google Fotos empezó a devolverme una selección a la que llamaba "recuerdos". Reconocía las imágenes y las fechas eran correctas, pero había un fallo en la Matrix: no funcionaban como archivo, no representaban el relato de esos meses, no eran, por tanto, recuerdos

En paralelo a estos cambios, el servicio, como afirma el investigador JeongHyun Lee, iba convirtiendo el archivo en un lugar al que volver a través de la selección de imágenes, la composición de recuerdos y la invitación a interactuar con ellos. Sus herramientas atendían tanto al uso tradicional de la fotografía —ofertando fotolibros— como a su función en la era de las plataformas: convertirlos en contenido listo para compartir y ser visto. El vínculo afectivo con nuestras imágenes y el deseo de mostrarlas encontraban acomodo en un mismo servicio.

La glotonería de la memoria digital

Remedios Zafra escribe en El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital sobre “la imposible saciedad ante la glotonería de querer tenerlo todo”. Pienso en mi galería, ¿tengo tiempo para recorrer todas las fotografías de todos esos momentos? ¿Son todos esos momentos un instante para el recuerdo? ¿Tendré las horas para leer todo lo que he almacenado en capturas de pantalla?

Esa acumulación encuentra una respuesta muy conveniente en los servicios que la alojan. Si tengo demasiadas fotografías, una herramienta las ordena; si no encuentro nada, reconoce caras y lugares; si no vuelvo a mirarlas, me prepara recuerdos. Diferentes artículos han alertado sobre esa circularidad: Google Fotos y Apple Fotos ofrecen gestionar una abundancia que sus propias herramientas permiten seguir aumentando. Cuanto más crece el archivo, más necesito ayuda para recorrerlo: nos aportan tanto la necesidad como la solución. 

La promesa de guardarlo todo desplaza la pregunta de “¿esto merece conservase?” a “¿cuánto espacio más contrato?”.

Pero esa disponibilidad tiene cuerpo. Anna Reading propone estudiar la memoria digital desde las infraestructuras y las relaciones económicas que permiten capturarla, hacerla circular y almacenarla. Por su parte Tung-Hui Hu examina la distancia entre la nube que imaginamos —ligera, ubicua— y sus instalaciones físicas. Mientras nos ofrecen el espacio infinitamente ampliable se oculta que los recursos que sostienen esa posibilidad sí tienen límites y una huella ecológica, social y colonial. 

La promesa de guardarlo todo desplaza así la pregunta de “¿esto merece conservase?” a “¿cuánto espacio más contrato?”. Quizás deberíamos empezar a preguntarnos por qué hemos terminado confundiendo cuidar nuestros recuerdos con seguir ampliando el lugar donde los acumulamos.

Pienso en mi galería, ¿tengo tiempo para recorrer todas las fotografías de todos esos momentos? ¿Son todos esos momentos un instante para el recuerdo? ¿Tendré las horas para leer todo lo que he almacenado en capturas de pantalla?

Qué fue antes: ¿el recuerdo o la red social?

“Si no está en Instagram, no ha pasado”, bromeábamos en mi grupo de amigas. El chiste mezclaba dos deseos: conservar una experiencia y mostrar que la habíamos vivido. Lo segundo exigía encontrar el encuadre. ¿Quién no ha esperado para dar un bocado a que alguien hiciera la foto? 

La investigadora Elisa Serafinelli describe cómo compartir fotografías produce archivos de memoria personales y colectivos en red. A una imagen se suman los comentarios que recibió, la amiga que la compartió, la conversación que abrió. Recuerdo la transformación de Tuenti en operador de telefonía hace diez años y la avalancha de descargas de imágenes entre la gente de mi entorno. “Me están robando mi pasado”, llegó a decir una amiga expresando que no podría recuperar todo lo que se había volcado y generado en esa red social. Como afirman Proyecto Una en su libro La viralidad del mal, que nuestras experiencias comunes en las redes sociales se conviertan en una parte inseparable de nuestra existencia no es un drama, la dependencia de las grandes plataformas, sí. En entrevistas y publicaciones, las activistas aportan la imagen del piso de alquiler para entender las redes sociales: podemos hacer hogar en ellas, pero al final la decisión sobre nuestra vivienda está fuera de nuestro alcance y en el marco de las lógicas de mercado.

Ya lo dijo @kawaiiposting.

Pero las plataformas también intervienen antes de que esas imágenes lleguen al archivo, como muestran los estudios críticos sobre medios digitales, las promesas de creatividad y control conviven con opciones de narración prediseñadas musicales, de formato, de estilo… A su vez los algoritmos y filtros participan en ese aprendizaje, premian unas vidas y unos cuerpos contribuyendo a unos estándares imposibles. Igual que un bar prepara un rincón para que lo fotografiemos, podemos acabar preparando nuestros recuerdos, al igual que nuestras experiencias y nuestros cuerpos, para que sean instagrameables.

Quizás deberíamos empezar a preguntarnos por qué hemos terminado confundiendo cuidar nuestros recuerdos con seguir ampliando el lugar donde los acumulamos

Volver al álbum

En sus textos, Marta G. Franco y Proyecto UNA nos animan a recuperar internet y recuerdan que nuestra salida de las grandes tecnológicas tendrá que ser colectiva. Mientras tanto, he encontrado mi pequeña resistencia en una impresora de fotos y un álbum.

Unas semanas después de empezarlo me encontré con una publicación de Óscar Romero, librero de Mary Read, que a partir de una reseña de la obra Un deseo desmesurado de amistad nos proponía crear recuerdos a los que volver advirtiéndonos que “las redes, en contra de lo que parece nos están quitando nuestra historia”

Cuando le pregunté sobre esa publicación, añadió algo: las plataformas no solo almacenan nuestros recuerdos, también los moldean. Al seleccionar qué imprimir descubrió que muchas de las imágenes elegidas eran precisamente las que “ni muerta habría publicado”: imperfectas, pero felices. A esa distancia entre lo publicable y lo memorable suma la fragilidad de dejar nuestro archivo en manos de una plataforma y, desde una memoria queer, recuerda que a veces todo lo que quedaba de “tu tía la bollera” era una caja de fotos. Los soportes que elegimos para guardar nuestra memoria condicionan qué podrá sobrevivir de ella y quién podrá encontrarlo después.

Los soportes que elegimos para guardar nuestra memoria condicionan qué podrá sobrevivir de ella y quién podrá encontrarlo después.

Al empezar mi álbum recordaba la propuesta de Alba Lafarga en Jardines digitales: el fin del scroll infinito donde nos animaba a cultivar espacios personales en los que guardar y relacionar intereses sin la urgencia de publicar. En mi caso la materialidad analógica me ha permitido distanciarme de los tiempos y los cánones de lo instagrameable. Más que buscar la reacción y la interacción se impone mi narración, acompaño las imágenes de texto donde transcribo la emoción del momento que representa la imagen o la reflexión que me provoca, mi voz se convierte en el algoritmo que guiará las futuras revisiones. Sabiendo que será observado más adelante, he incluido anotaciones sobre su elaboración. Es un archivo de lo vivido, pero también del proceso de decidir cómo quiero recordarlo.

Lo digital no ha desaparecido del álbum: hay capturas de conversaciones en aplicaciones de mensajería, publicaciones de redes sociales y referencias a momentos vividos en esos espacios. En parte, he trasladado al papel mi archivo digital y los afectos que fui construyendo allí. También hay algún filtro y textos que recuerdan al Instagram de hace diez años. Cada tiempo tiene su lenguaje y este lleva más de una década siendo el mío.

No he resuelto la concentración de poder de las tecnológicas, pero ahora puedo conservar mis recuerdos sin que navegarlos o compartirlos dependa de aceptar las condiciones de una gran empresa. 

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