Debate ¿europeo?
¿A alguien le interesa hablar de Europa? El primer debate electoral en once años ha sido un diálogo de sordos. El formato pactado, con un rígido control de tiempo para cada intervención, ha derivado en dos mítines intercalados en los que ambos candidatos ignoraban las preguntas del rival al tiempo que le reprochaban no responder a las propias.
La previsible baja participación –es la primera vez desde 1989 que las europeas no van acompañadas de otros comicios– hace que sea más sencillo para cada partido intentar movilizar a sus votantes desde la abstención que robar electores al rival. Se ha notado en el debate: Mayor Oreja hablaba de los ocho años de éxitos populares mientras Borrell llevaba el foco a Irak. Y pasapalabra (¡tiempo!).
La suerte del sorteo para el turno de réplica ha favorecido a Josep Borrell. El candidato socialista lo ha tenido más fácil y se le notaba más tranquilo. Mayor Oreja no ha cuidado su lenguaje corporal: ha llegado a taparse la cara con las manos mientras escuchaba a su rival como un niño compungido que recibe una reprimenda. Borrell ha demostrado que cuenta, de largo, con mejor oratoria: miraba menos la chuleta y más a la cámara e hilvanaba sus ideas con más fluidez. Ha estado mucho más suelto, aunque con ese aire prepotente y resabidillo que siempre le perdió.
Ha habido un momento –mientras se discutía sobre el agua de Murcia, el paro, las pensiones y el nacionalismo (todo muy europeo)– en el que ambos candidatos parecían los suplentes de sus líderes de filas en ese debate que nunca fue. Como si Zapatero y Rajoy no hubiesen podido venir.
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