De cuando la historia choca con el presente
Juan Pablo Calero Delso
Juan Pablo Calero Delso es profesor de Instituto. Doctor en Historia Contemporánea, su último libro publicado es El gobierno de la anarquía. Ha colaborado con el Diccionario de la Academia con tres biografías (Isabel Muñoz Caravaca, Juan Gómez Casas y Diego García Martínez)
Se atribuye a Blas Pascal la conocida frase de que “todos los infortunios de los hombres derivan de no saber estarse quietos en sus casas”; es posible que algunos de los miembros de la Academia de la Historia la hayan recordado esta última semana. Porque, hasta entonces, tan docta casa era uno de esos cadáveres exquisitos que sestea gracias a su inacción y a la inercia de los Presupuestos Generales del Estado.
Pero la edición del Diccionario Biográfico Español ha puesto sobre ella los ojos escrutadores no sólo de los aficionados a la historia, sino también de una opinión pública cumplidamente informada a través de los medios de comunicación. La amplia difusión que del Diccionario Biográfico ha hecho la propia Academia, que buscó el respaldo del rey y del gobierno en su presentación oficial, muestra hasta qué punto vive al margen de la realidad social de una España de la que dicen ser guardianes e intérpretes de su pasado. Pensar que una mayoría de españoles no iba a escandalizarse por alguna de sus entradas biográficas más sensibles muestra la arrogancia intelectual de la práctica totalidad de los académicos.
moreLa Academia de la Lengua ha tenido que incorporar a personalidades de prestigio ajenas a la filología, pero la mayoría de los historiadores han desarrollado su carrera profesional en las Universidades, así que no han sentido la necesidad de ingresar en su Academia para obtener un respaldo profesional. Como consecuencia, los nuevos académicos ingresan por cooptación y sin oposición entre el desinterés de los historiadores más reconocidos. Quizás nunca fue tan válida la sentencia que se dio al filólogo krausista Mario Méndez Bejarano cuando se le negó la entrada en la Academia de la Lengua a principios del siglo XX: “aquí no se entra por méritos, sino por votos”.
Esta elitista nómina de académicos es la que ha puesto en marcha el Diccionario Biográfico, y lo ha hecho con los mismos usos que rigen la institución: el subjetivismo, el amiguismo y el clientelismo. Las entradas más destacadas no se han encargado a los historiadores más capaces o más expertos, sino que se han repartido atendiendo a la amistad particular, a la afinidad ideológica o a ese invisible saldo de favores profesionales que tan acertadamente retrató Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades.
Aún con este arbitrario y atrabiliario sistema de reparto se hubiese podido publicar un Diccionario generalmente aceptado por historiadores y ciudadanos si el equipo editorial hubiese hecho sus deberes: revisando los textos, obligando al cumplimiento de las normas de redacción, unificando criterios… Pero la soberbia de los académicos, que confunden el análisis con la censura, y el elitismo de algunos de sus autores, que no reconocen a nadie la capacidad de evaluarles, han llevado al desatino de que el propio director de la Academia, Gonzalo Anes, reconozca públicamente que no había leído la biografía de Francisco Franco.
La extraordinaria acumulación de horrores y errores que representa este Diccionario pone, además, de manifiesto el que es uno de los mayores problemas de la historiografía española actual: el abandono de la divulgación de la historia contemporánea por la mayoría de los investigadores más sólidos, un campo que han dejado abandonado en manos de seudohistoriadores neofranquistas. Escribir un breve artículo de opinión en un periódico o conseguir un relativo éxito editorial con un tomo de quinientas páginas no es divulgación histórica, cuando algunos de esos autores han reconocido que rechazaron colaborar en este Diccionario o hace tiempo que no escriben manuales para alumnos de Bachillerato, obligados en muchas ocasiones a estudiar con libros escritos al dictado de las editoriales.
Lo peor de todo es que este malogrado Diccionario Biográfico hace imposible que otros más capaces elaboren otra obra de las mismas características, dejando yermo para siempre un campo tan atractivo, y que varios cientos de historiadores objetivos nos avergoncemos de haber colaborado, en mayor o menor medida, en esta fallida obra.
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