La mujer pública
Cuando te vuelves una chica pública, te dan palos por todos lados, de manera muy particular. Pero no hay que quejarse porque está mal visto. Hay que tener buen humor, tomárselo con distancia y tener un buen par de cojones para aguantarlo. Todas esas discusiones para saber si yo tenía derecho no a decir lo que decía. Una mujer. Mi sexo. Mi cuerpo. En todos los artículos, más bien de forma amable, por cierto. No, no se describe a un autor como se describe a una mujer. Nadie cree necesario decir que Houellebecq es guapo. De ser una mujer, y si a un número igual de hombres les hubieram gustado sus libros, habrían escrito sobre él que era guapa. O fea. Pero habríamos sabido lo que piensan sobre el tema. Y habrían intentado, en nueve de cada diez artículos, cantarle las cuarenta y explicarle, en detalle, por qué este hombre era tan desgraciado sexualmente. Le habrían dicho que era culpa suya, que no hacía las cosas correctamente, que no podía quejarse de nada. Y de paso, se hubieran reído de él: pero has visto qué cara tienes. Habrían sido extraordinariamente violentos con él, si, como mujer, hubiera dicho sobre el sexo y el amor con los hombres lo que él dice sobre el sexo y el amor con las mujeres. Con el mismo talento no hubiera habido el mismo trato. No querer a las mujeres, cuando se es hombre, es una actitud. No querer a los hombres cuando se es mujer, es una patología.
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