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Pendientes de la triple R y de algunas X

Ignacio Escolar

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La cumbre del G20 es como una cebolla. En el núcleo está Obama, la gran esperanza blanca, el único político con la popularidad y el crédito internacional suficiente como para liderar un mundo que cae hacia el abismo de la mayor depresión económica que vieron los tiempos. A su alrededor, en la siguiente capa, se encuentran los tres gigantes de esa Europa que otra vez llega dividida. De un lado Sarkozy y Angela Merkel, que piden más regulación y menos paraísos fiscales pero no quieren poner más dinero. Del otro, Gordon Brown, de nuevo en ese clásico papel inglés del mayordomo fiel al emperador estadounidense, ese educado chambelán que a veces aconseja y a veces critica con sarcasmo, pero que al final siempre obedece al amo.

En la siguiente capa de la cebolla del G20, sin el liderazgo ni el peso de la banda de los cuatro, se encuentran los demás presidentes, en sillas tan altas como lo sea su PIB y su experiencia diplomática. Más allá del núcleo de la cebolla, en la siguiente capa, habita una enorme corte de asesores, diplomáticos, expertos y consejeros: los de “mi gente hablará con tu gente”, los que pactan lo que de verdad importa, la letra pequeña; los que cierran el detalle de los apretones de mano. Cuando Obama dice: “El mundo ve a EE UU como motor, pero todos deben ir a igual ritmo”, son ellos los que después traducen la metáfora en percentiles del PIB, en cifras con muchos ceros: en dinero. La reunión formal del G20 apenas durará unas horas, pero estos equipos llevan meses, desde la última cumbre, negociando cada línea del ratón que parirá la montaña: un documento de apenas dos folios, el comunicado oficial.

No es que el tamaño importe, bastó con diez mandamientos para crear el código ético más influyente de la historia. Pero los que pensaban encontrar en esos dos folios una declaración ilusionante, emocionante, histórica –esa refundación del capitalismo que muchos anhelan– pueden perder toda esperanza. No va a pasar. El borrador de la declaración que mañana hará público el G20 ya se conoce y, de momento, no da para grandes emociones. Lo publicó el diario inglés Financial Times hace unos días, para enfado de las delegaciones francesa y alemana, que creen que esa filtración del Reino Unido es cualquier cosa menos inocente. Puede que la redacción final del texto cambie, pero las líneas generales ya están trazadas.

De Londres, salvo sorpresa, saldrá una condena del proteccionismo, un nuevo papel para el Fondo de Estabilidad Financiera, que se convertirá en ese regulador internacional que vigilará los venenosos hedge funds, y varias declaraciones de buena voluntad vacías de contenido concreto sobre el desarrollo de los pueblos, los paraísos fiscales y el cambio climático, al estilo de los concursos de misses. Ya saben: “la paz en el mundo”.

Pero lo más importante del comunicado del G20 es lo que todavía no se sabe, el único texto aún no concreto. El borrador sustituye con una inquietante ‘X’ numerosas cifras por rellenar: cuánto dinero público se dedicará a fomentar la liquidez de los bancos, cuánto aumentará el capital del FMI y también cuánto se invertirá en créditos para las naciones en vías de desarrollo. “Es como una ecuación sin resolver, hay demasiadas ‘X’ sin detallar, y el resultado cambiará bastante según la cifra de cada una de ellas”, asegura Jamie Drummond, director de ONE, la ONG cofundada por Bono, el cantante de U2. Como a la mayoría de las organizaciones que trabajan en la ayuda al desarrollo, Drummond está pendiente de las ‘X’ pero también de las ‘R’: “Recursos, reformas, regulación”. El recurso es el dinero, pero no es sólo dinero lo que debería salir de esta cumbre. “Si miras en el mapa del mundo qué países están representados en el G20, se ve un enorme agujero que no tiene voz: África”, asegura Adrian Lovett, director de las campañas de Save The Children. Entre las reformas que piden las ONG, está que los países africanos estén representados en los foros internacionales donde se decide su futuro. También preocupa la reforma del Fondo Monetario Internacional y, sobre todo, que el FMI no condiciones los créditos al cumplimiento de las fallidas recetas neoliberales. “Este punto es fundamental”, asegura Duncan Green, investigador de Oxfam. “Si no es así, podemos regresar a los malos tiempos de los ajustes estructurales”.

La tecera ‘R’ es la regulación, y ahí las ONG no están solas, pues Francia y Alemania están presionando a Obama para que acepte medidas concretas sobre los paraísos fiscales. De momento ya han conseguido algo inaudito, que Suiza esté pendiente de una cumbre del G20. “De todo el dinero que se esconde en los paraísos fiscales el 3% sale de la corrupción, el 30% del crimen y el resto, la mayor parte, de la evasión fiscal”, asegura Richard Murphy, experto en justicia fiscal y asesor del Reino Unido. “Los que más sufren este problema son los países en desarrollo, donde es más difícil perseguir la evasión de impuestos”. De nuevo la factura de los países ricos la pagan los que menos tienen.

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