Iñigo Sáenz de Ugarte
Hace ocho años, Barack Obama llegó a la convención demócrata casi arruinado, sin fondos en su tarjeta de crédito para alquilar un coche. Hace cuatro años, dio un gran discurso en la convención, pero era sólo uno más de una lista de políticos con futuro. Su curriculum no impresionaba a nadie, sólo su potencial.
Desde la noche del 4 de noviembre, es el primer presidente negro de la historia de Estados Unidos y tiene sobre sus hombros la responsabilidad de levantar a un país que parece haber perdido la esperanza.
Para algunos de sus votantes, la emoción debe de ser indescriptible. Los afroamericanos de más edad no tenían derecho en los años sesenta a sentarse junto a un blanco en un restaurante o en un autobús. No podían contraer matrimonio con un cónyuge de raza blanca. Ni siquiera tenían derecho al voto, porque toda una serie de normas impuestas por los estados sureños les impedían ejercerlo.
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