Una mirada a las mujeres que vendían insectos
Despego la nariz de la pantalla y traspaso el cristal. Rodamos camino de los inigualables templos de Angkor. El chófer contratado para acortar tiempos y aumentar experiencias; se detiene en medio de la recta que hace las veces de carretera, en uno de esos lugares para turistas y lugareños, que te proveen de todo. Variopinto a más no poder: refrigerios diversos, artesanía, danza y música, lavabos... e insectos.
Chamuscados y con las patas hacia arriba, ofrecidos por las vendedoras en enormes bandejas de aluminio, que nos acercan para tentarnos con estas típicas ensaladas. Aliñadas con aceite y vegetales y entre las cuales puedes elegir polillas, gusanos, saltamontes, cucarachas y un sinfín de 'delicatessen', tamaño descomunal. El olor es fortísimo y la imagen no se queda atrás, incluso para los más viajados.
Nunca antes de la hambruna provocada por los Jemeres Rojos en los años ochenta, los insectos habían formado parte de la dieta camboyana, en una tierra fértil para la agricultura donde las haya. Pero las guerras es lo que tienen: dolor, muerte, penurias; una de ellas, el hambre más atroz.
A pesar de mi espíritu esencialmente aventurero, no me atrevo a probar ni una alita de polilla, ni la cabeza de un saltamontes. No solo porque no me parecen apetitosas, sino que además, cualquier indigestión puede arruinarme el viaje. Y las condiciones sanitarias de aquellos animales que por su tamaño parece que enfoco a través de lupa, no me ofrecen una mínima garantía. Arrancamos, con una bolsa recién adquirida de mango deshidratado: mejor elección.