Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
Ser mujer
Asimilamos las reglas del juego mucho antes de ser capaces de descifrar el tablero. Nos fueron entregadas no en un decreto, sino en un manual invisible, cosido con hilo blanco en los dobladillos de la ropa y disuelto, como una medicina amarga, en la sopa tibia de la cena. Se nos inculcó, que nuestra presencia en el mundo era una suerte de subarriendo precario: se nos permitía habitar el espacio público, se nos concedía una silla en la mesa, pero el precio del alquiler era la sonrisa perpetua, la mesura y esa capacidad casi mística para no estorbar, para ocupar el mínimo volumen posible.
Ser mujer es vivir en una eterna audición para un personaje que nadie ha terminado de escribir. Despertamos cada mañana y, antes del café, nos enfundamos el vestuario de la complacencia. Hemos aprendido a sonreír con los ojos mientras la mente, en un segundo plano, calcula las rutas de escape. Hemos aprendido que ser “encantadora” no es un rasgo de carácter, sino un sofisticado mecanismo de supervivencia, un chaleco antibalas tejido con hilo de seda. Porque existe la superstición de que, si eres encantadora, quizás no te alcen la voz. Si eres dulce, quizás el golpe se detenga en el aire. Quizás.
Pero la trampa, esa broma cósmica y cruel, reside en que el juego está trucado desde su origen. Incluso cumpliendo la liturgia de las normas, la condena es inevitable. Si la belleza es excesiva, te conviertes en objeto, en distracción, en una tentación que —según dicen— “provoca” su propia desgracia. Si la belleza falta, te vuelves invisible, una mancha en el paisaje, material descartable. Si hablas de deseo, eres vulgar y culpable; si callas, eres frígida e incompleta. No existe casilla ganadora en este tablero. Avanzamos por la vida haciendo funambulismo sobre una cuerda que una mano invisible tensa y destensa a su antojo, esperando el traspié para sentenciar: “¿Lo veis? No estaba preparada. Es demasiado emocional. Es demasiado frágil”.
Hay una violencia atmosférica, silenciosa como el gas, en la exigencia de que seamos musas. El mundo adora a la musa porque la musa es estática. La musa inspira, calla y permanece inmóvil en el pedestal mientras el artista crea, mientras el hombre actúa. Pero, ¡ay de la musa que decide bajar del mármol y hablar! ¡Ay de la estatua que confiesa tener hambre, tener arrugas, tener opiniones y deudas! En el instante en que demostramos ser humanas, criaturas de sangre, vísceras y errores, nos convertimos en el enemigo. Dejamos de ser el sueño para ser la pesadilla. Nos llaman difíciles. Nos llaman locas. Nos llaman histéricas. Y esas palabras no son meros insultos; son boyas de advertencia para las demás.
¿Por qué nuestro cuerpo se percibe como un territorio público, susceptible de ser invadido, legislado o comentado por cualquier transeúnte? Se nos ha enseñado que nuestra anatomía es peligrosa, no por su capacidad de acción, sino por lo que puede detonar en otros. Nos han hecho responsables de la falta de contención ajena. Se nos instruyó para temer la oscuridad del bosque, en lugar de educar a los lobos para que dejaran de cazar.
Una mujer que ha vivido, que ha sido herida y ha cicatrizado, es peligrosa porque ya no compra las mentiras. Ya no busca la aprobación de quien la quiere sumisa. Ha visto el truco del mago entre bastidores y ha dejado de aplaudir.
Es una contienda que se libra en los dormitorios, en las oficinas, en las calles mal iluminadas y en la crueldad anónima de internet. Nos rompen y se espera que nos reconstruyamos en absoluto silencio, que aparezcamos al día siguiente maquilladas y eficientes, como si nada hubiera ocurrido. Se espera que perdonemos. Se espera que cuidemos a quienes nos dañan. Se espera que seamos el reposo del guerrero, incluso cuando el guerrero nos ha declarado la guerra a nosotras.
Sin embargo, y aquí radica la verdadera provocación, seguimos aquí. Ocupando espacio. Escribiendo nuestra propia historia, aunque intenten arrancarnos la pluma de las manos. Somos humanas y contradictorias; a veces anhelamos ser salvadas y otras veces queremos prenderle fuego a todo. Y no pasa nada. No tenemos la obligación de ser perfectas; solo tenemos el deber de ser libres. Porque la libertad no consiste en que te den permiso. La libertad es dejar de pedirlo.
Ser mujer es asomarse al abismo, sostenerle la mirada y decirle: “Ya te conozco”. Nos han matado mil veces —metafóricamente y, de forma trágica, literalmente también— y, sin embargo, amanecemos. Nos levantamos. Nos calzamos los tacones o las botas, nos lavamos la cara y salimos al mundo. No como víctimas, sino como dueñas de una resistencia geológica que lleva siglos fraguándose.
No buscamos ser adoradas. La adoración es otra forma de jaula, solo que más dorada. Buscamos ser vistas. Buscamos que se reconozca que el simple hecho de estar vivas, cuerdas y de pie, en un mundo diseñado para consumirnos, es nuestro mayor logro. Y si eso molesta, si nuestra existencia ruidosa, compleja y sin disculpas incomoda, entonces es que estamos haciendo algo bien. Porque la mujer que deja de buscar la validación en la mirada ajena es la única que, finalmente, ha llegado a casa. Lo más revolucionario que hemos hecho es no marcharnos. Y no pensamos hacerlo.