Torturadores en busca y captura
Para la mayoría era solo el alias de un pistolero legendario, pero para todos aquellos que han ido dejando decenas de calendarios detrás, Billy el Niño siempre ha tenido el rostro de un hombre cruel. Un policía torturador de la última década de la dictadura franquista que ha logrado salir impune de su larga carrera de atrocidades. Su nombre: Juan Antonio González Pacheco. Uno de los cuatro imputados de la orden internacional de busca y captura de la justicia argentina. Han tenido que pasar 40 años, la iniciativa judicial procede de un país extranjero y tiñe de vergüenza a una democracia española que sigue amparando y galardonando a criminales del franquismo. Pero es una decisión histórica.
Aunque, y ¡ojalá me equivoque!, sospecho que la orden emitida por la jueza María Servini no logrará sentar a los implicados en el banquillo de los acusados. De momento, deben estar muy tranquilos. La fiscalía de la Audiencia Nacional se opone a su detención. No me sorprende. Quienes gobiernan España y dirigen sus principales instituciones son, en muchos casos, herederos ideológicos del franquismo. Los torturadores franquistas y sus sucesores siguen riéndose de sus víctimas. La impunidad ha sido históricamente su mejor recompensa.
Recientemente, escuché una frase impactante en el primer capítulo de la serie alemana de televisión 'Hijos del Tercer Reich', que ha convulsionado a los espectadores alemanes más jóvenes. Uno de los personajes, alemán y judío, trata de convencer a su hijo de que un buen alemán cumple órdenes aunque sepa que son injustas. Y lo asevera mientras cose en la manga de su chaqueta la estrella que más tarde le arrastrará hasta Auschwitz. A los alemanes, contaba un historiador tras la emisión, les gusta la jerarquía, necesitan un jefe, obedecer. Asusta un poco.
Cumplir órdenes está asociado a la mentalidad militar; la famosa obediencia debida en cuyo nombre se han cometido tantos crímenes en la historia de la humanidad. Nunca he entendido como la obediencia se considera un deber y valora como una virtud. “No pensar” es la leyenda no escrita en el frontispicio de algunas profesiones. Militares y policías constituyen el paradigma. Su obligación es cumplir órdenes. Un buen soldado obedece y si hay que disparar, se dispara. Si hay que torturar, no se duda, y si es el general en jefe ordena desde su despacho, bombardear a la población civil, se bombardea. La obediencia a los superiores es el deber más supremo. Aunque ello pueda significar rebasar la legalidad e incluso alcanzar límites criminales. “Yo solo cumplía órdenes”, suelen aducir los acusados. Aunque, ello conlleve un genocidio.
Tras las acciones siempre hay alguien que ordena. Detrás de un torturador como Billy el Niño –y lo mismo serviría para los otros tres imputados- estaban sus jefes que le aleccionaban y, después, protegían. Él era un sádico, un psicópata convencido de que luchaba contra el mal, pero sus mandos se lo permitían. Esa ley de Amnistía que ahora aduce la fiscalía para incumplir la orden argentina, ya le salvó de los procesos judiciales en los que en su tiempo estuvo inmerso. Pero, fue insuficiente para sus jefes que, lejos de pasar página, quisieron dejar constancia de su valía y el entonces ministro Martín Villa le concedió el 13 de junio de 1977 la medalla de plata al Mérito Policial. Además, le organizó una cena de apoyo en desagravio a lo que consideraba persecución de algunos medios de comunicación. ¿Se imaginan? Lo que se vienen riendo los malhechores con actuaciones así. Siempre impunes e incluso condecorados. ¡Hay tantos casos! ¡Y mucho más recientes! Después, González Pacheco siguió haciendo carrera. Y, hasta ahora.
Durante estos largos años nadie ha relatado las atrocidades de Billy el Niño y de los otros tres autores de crímenes que deberían considerarse de lesa humanidad. ¿Por qué no se han presentado denuncias colectivas? ¿Por qué ahora esta proliferación de testimonios de las víctimas de Billy el Niño? Ya sé que la orden de la jueza argentina es el pretexto periodístico para desempolvar tanta ignominia. Pero, ¿no se podía haber hecho antes? ¿Acaso nadie les preguntó? ¿Era mejor olvidar que esos personajes malvados siguen presentes en la España actual, que tienen herederos ideológicos y que sus víctimas aún pueden estremecerse sorprendidas por una voz en cualquier esquina?
Creo que hay cierta hipocresía al recordar las torturas que Billy el Niño y otros criminales de su tiempo infligieron a sus inocentes víctimas allá por los años 70 mientras se ignoran casos posteriores con la democracia ya instalada. La tortura policial no puede justificarse en un Estado de derecho. Bajo ninguna circunstancia se debería proteger a los autores ni a los inductores. Pero se hace. Lo vemos todos los días. Está en la naturaleza humana: sobrevivir por encima de todo. Lo saben bien quienes cumplen órdenes. La consigna es batir al enemigo. Pero, obedecer órdenes injustas, a veces, como sucede al obediente judío de la serie sobre el nazismo, no te salva.
No perdamos la esperanza de que tampoco salve a Billy el Niño y a los otros tres torturadores buscados por la justicia argentina. Nos lo merecemos.