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La niña de pelo rojo: la historia olvidada de las familias veratas que cruzaron el océano rumbo a Hawái

Foto de emigrantes veratos en Hawai
11 de octubre de 2026 12:27 h

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A comienzos del siglo XX, cuando en los pueblos de Extremadura la vida seguía marcada por la tierra y por la incertidumbre de cada cosecha, la idea de marcharse “a hacer las Américas” era casi un sueño colectivo. En La Vera, ese sueño tomó una forma inesperada: unos hombres que los vecinos recuerdan como los Ganchos comenzaron a recorrer la comarca alrededor de 1912 y 1913 prometiendo trabajo, salario, vivienda y escuela para los hijos e hijas en un lugar tan remoto que apenas podía imaginarse: Hawái. Para familias que acababan de sufrir un ciclón y vivían de una economía rural precaria, aquella propaganda sonaba a salvación.

Los carteles aparecieron en las calles, las conversaciones se multiplicaron de casa en casa y pronto comenzaron a formarse listas de quienes estaban dispuestos a cruzar el océano. Entre ellos, vecinos de Jarandilla de la Vera y Guijo de Santa Bárbara. Lo que no sabían es que estaban a punto de protagonizar una de las historias migratorias más desconocidas de Extremadura.

Más de un siglo después, esa historia volvió a abrirse por una pregunta aparentemente sencilla. Manuel Trinidad, antropólogo y bibliotecario de la Universidad de Extremadura, investigaba la emigración española a Hawái tras la exposición 'Emigrantes invisibles', centrada en los andaluces que viajaron al archipiélago. Si había andaluces en aquellas listas, ¿por qué no iba a haber extremeños? La búsqueda confirmó que sí: 632 extremeños embarcaron en distintos barcos de carbón desde Gibraltar rumbo a Hawái. Trinidad bautizó su investigación como Proyecto Harpalion, en referencia al primer barco vinculado a la partida de extremeños. Entre los nombres aparecieron 66 personas relacionadas con Jarandilla. Y entre ellos, sin que él lo supiera, estaba la familia de Ana María Rodríguez.

Cuando Ana María recibió aquel correo y revisó la documentación, encontró los nombres de los Moreno Godoy. Al principio no se lo dijo a Trinidad: apenas lo conocía y aquel investigador era, para ella, un extraño que pedía ayuda para localizar descendientes de unos emigrantes perdidos en el tiempo. Aun así, decidió colaborar. Sin saberlo, estaba abriendo una puerta que llevaba décadas cerrada en su propia familia.

Silencio

Ana María sabía que su abuela, Áurea, había intentado marcharse a América junto a su padre, pero en casa apenas se hablaba de aquella historia. Había dolor, pérdidas y un silencio que se había transmitido de generación en generación. Hasta que Ana recordó algo que su abuela le repetía cuando ella era niña, en aquellas noches en las que dormían juntas y Áurea le hablaba del muelle, de los monos y, sobre todo, del mar. Para una niña que había crecido tierra adentro, el mar era una revelación. “Hija, soy la única del pueblo que ha visto el mar”, decía siempre antes de repetir la misma frase: “Tienes que contar nuestra historia”.

La Vera de hace un siglo era un territorio profundamente ligado al campo. La emigración era una salida cada vez más presente, pero la propuesta de Hawái tenía algo distinto: no se trataba de pagar un pasaje y buscar fortuna, sino de aceptar un contrato que prometía estabilidad. En ese contexto, muchas familias confiaron. Entre ellas, la de Áurea.

Patricio Robles, bisabuelo de Ana María, se inscribió para el viaje junto a su hija de 13 años. También estaban su cuñado Eugenio Moreno Godoy y Emilia Berrocoso. Desde Jarandilla y Guijo emprendieron el camino hacia Gibraltar. En total, 63 jarandillanos y cinco vecinos de Guijo iniciaron aquel desplazamiento que, para muchos, sería el primer salto fuera de su mundo conocido.

Pero la emigración no fue la aventura prometida. Las condiciones del viaje eran duras y algunas familias tuvieron que enfrentarse a la muerte de sus hijos durante la travesía. Tres niños fallecieron: Eulogio Burcio, de dos años; José María Berrocoso, de apenas dos meses; y Eleuterio Berrocoso, de dos años también. Sus nombres, recuperados hoy, devuelven la dimensión humana a una historia que podría parecer solo un episodio migratorio. Eran niños con padres, con pueblo, con futuro truncado en un barco de carbón.

La historia de Áurea tuvo un giro inesperado. Cuando llegó el momento de embarcar, Patricio decidió quedarse. No fue cobardía, insiste Ana María, sino el vínculo con su tierra: “La tierra le tiraba demasiado”. Padre e hija permanecieron en Gibraltar unos seis meses trabajando en la casa de un jefe naviero. Cuando lograron ahorrar algo de dinero, emprendieron el regreso. No podían pagar el viaje, así que volvieron andando desde Gibraltar hasta Jarandilla. Aquel retorno se convirtió en otra aventura familiar transmitida de generación en generación.

Desde luego es que existen historias que se construyen sobre grandes acontecimientos. La de Ana María se sostiene sobre una decisión aparentemente sencilla: embarcar o quedarse. Si Patricio hubiera subido a aquel barco, la historia familiar habría sido otra. “Si mi bisabuelo hubiese embarcado, yo no habría nacido”, resume Ana María, consciente de cómo una decisión tomada hace más de un siglo sigue resonando en su propia vida.

Lo que comenzó con un correo electrónico se convirtió para ella en una investigación y, sobre todo, en un compromiso con la memoria. La historia de Áurea dejó de ser solo la de su abuela para convertirse en la de todos aquellos extremeños que abandonaron sus pueblos buscando un futuro prometido al otro lado del océano. Por eso, La niña de pelo rojo es mucho más que un relato familiar: es la historia de una comarca que, durante un breve periodo, miró hacia uno de los lugares más lejanos y exóticos del mundo.

La investigación tuvo además una consecuencia inesperada. Ana María formó parte de la comisión que consiguió que descendientes de aquellos veratos que emigraron a Hawái en 1913 regresaran a La Vera. Familias separadas por más de un siglo pudieron reencontrarse con la tierra de sus antepasados. Los nombres escondidos en documentos volvieron a tener rostros. Y los descendientes pudieron caminar por los mismos pueblos desde los que partieron sus bisabuelos y tatarabuelos. La emigración, en cierto modo, cerraba un círculo.

Ana María Rodríguez García nació en Jarandilla en 1966. Decoradora de profesión, su vínculo con la cultura verata atraviesa décadas: desde 1985 forma parte de la Rondalla Virgen del Sopetrán, donde baila, canta y toca el tambor; ha trabajado en la formación de nuevas generaciones de bailarines; ha participado en iniciativas de la Ruta del Emperador Carlos V; y en 2023 recibió el reconocimiento Veratísima por su labor de difusión cultural. Pero ninguna de esas actividades explica tanto su relación con la memoria como aquellas palabras que escuchaba de niña: “Cuéntalo”.

Portada del libro 'La niña del pelo rojo'

Eso es lo que ha hecho. Ha contado la historia de Áurea. Ha recuperado los nombres de quienes se fueron. Ha contribuido a que los descendientes puedan volver a mirar hacia Jarandilla. Y ha demostrado que una historia perdida en una lista de pasajeros puede convertirse de nuevo en memoria viva. Porque hace más de cien años, una niña de pelo rojo cruzó el camino hacia el mar. Y más de un siglo después, su nieta ha conseguido que aquella niña vuelva a casa. Ese regreso simbólico está hoy recogido en un libro ya publicado, La niña del pelo rojo, donde Ana María reconstruye y comparte la memoria que su abuela le pidió conservar.

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