Opinión

Dicen que en los pueblos se vive con menos

Desarrollo mundo rural

Roque Alonso, periodista

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Escuchaba el domingo pasado la radio, en concreto “A vivir que son dos días”, de Javier del Pino. En el espacio donde Juan José Millás analiza la actualidad con su original forma de ver el mundo, el escritor (al que leo con placer y admiro) y el director del programa dialogaron sobre el recién aprobado Ingreso Mínimo Vital (IMV). En un momento dado, Millás se cuestionó si ese ingreso mínimo tiene que ser igual en una gran urbe que en un pueblo y puso el ejemplo de Villanueva de la Serena.

Este tipo de cuestiones se oyen bastante estos días de debate sobre el IMV. Al parecer, en los medios nacionales todos aceptan sin la más mínima reflexión que en los pequeños pueblos se vive mejor que en la gran ciudad, por aquello del “pequeño huertito donde cultivan alimentos y crían animales” o aquello otro de “la solidaridad y austeridad de los campesinos”. Pero la situación en la mayoría de los pequeños pueblos no es tan idílica. En estos lugares se suele vivir con pocos ingresos porque no hay más remedio, no hay de dónde sacarlos. Es cierto que puede existir una manera especial de encarar esta dura situación de falta de ingresos, de empleos, de acceso a la sanidad o a la enseñanza media y superior, a la cultura, a la movilidad porque no hay transportes ni infraestructuras de ningún tipo… Que buscan la manera de sobrevivir con la autoproducción y el trueque a pequeña escala. Es una actitud forjada a lo largo de muchas generaciones de impotencia, cuya única espita ha sido la emigración, actitud que muchas veces se confunde con resignación pura y dura.

Esa idea de que en el campo se vive bien con poco, tan asentada en las grandes ciudades incluso entre los más informados, como periodistas y comentaristas, siempre aflora cuando hay que repartir sacrificios y deudas, nunca cuando se trata de beneficios. Ahora, acuciados por la pandemia y sus consecuencias, por fin se opta por repartir y ser solidarios con los menos favorecidos, y precisamente ahora, nos acordamos de “lo bien que se vive” en las España rural. 

Cuando se trata de instalar grandes industrias en algún lugar, siempre se hace en las zonas más pobladas, con mayor infraestructura industrial y mejores comunicaciones. Pura lógica económica, dicen. Claro que cuando se decide hacer inversiones públicas en infraestructuras ferroviarias, de carreteras, aeropuertos, de centros logísticos o de cualquier otro tipo también se eligen esos mismos lugares. ¿Para qué quieren esas infraestructuras donde no hay nada? He oído a grandes “gurús” económicos recitar anémicas cifras medias del uso de carreteras (lamentables) o de vías y trenes (del siglo pasado) en zonas poco desarrolladas para concluir, con implacable autoridad, la poca urgencia de construir esas infraestructuras. Sin embargo, las necesitan para salir del bucle melancólico del atraso: no te doy nada porque no tienes nada, ni siquiera población. Alguno incluso nos aconsejan que espabilemos, dejando caer la cruel duda sobre el deseo sincero de cambiar de situación.

Quiero pensar que no hay intencionalidad, sino más bien desconocimiento de por qué y cómo se vive en los pueblos. Y vuelvo aquí, a mi admirado Millás, cuando ponía por ejemplo de zona rural donde se vive con pocos medios a Villanueva de la Serena. Seguro que fue un lapsus. Villanueva es precisamente una población con una de las rentas per cápita más aceptables de la región extremeña. Cuenta con alrededor de 27.000 habitantes y, junto con Don Benito (a tan sólo unos pocos kilómetros y con otros 37.000 habitantes), conforma una de las zonas más pobladas y desarrolladas de Extremadura. Son el centro de una gran área de cultivos intensivos de regadío, acompañados de industrias agropecuarias destacadas. No sólo compiten a nivel nacional con sus productos, en fresco o transformados, sino que los exportan a todo el mundo. Eso sí, aún están esperando un ferrocarril del siglo XXI y una autovía hacia el levante para poder ser aún más competitivos. 

Pero volviendo al principio, el IMV es para las unidades familiares más necesitadas, independientemente del territorio donde habiten. ¿Habría que calcular distintas cuantías del IMV en las grandes concentraciones urbanas según el barrio más o menos rico en que se viva? ¿Por qué nadie se hace esta pregunta para las grandes capitales y sí se la hace para las zonas rurales? No, el Ingreso Mínimo Vital no depende del lugar donde se habita, sino de la necesidad de una familia u hogar; sea del lugar que sea. En los pueblos no se necesita menos para vivir, sino que se vive con menos porque es casi imposible conseguir más. Esa es la realidad y conviene no idealizar en exceso cuando hablamos de subsistencia.

 

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Publicado el
1 de junio de 2020 - 22:00 h

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