Cáceres: El peso del nombre y la gramática del poder

10 de abril de 2026 14:05 h

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La reciente decisión de que el auditorio del Parque del Príncipe lleve el nombre de Paco Martín, unida al reconocimiento de Manuel Vaz-Romero como Hijo Adoptivo, dibuja un patrón que trasciende lo administrativo para instalarse en lo ontológico. La ciudad, que debería ser un palimpsesto de todas sus vidas, vuelve a proyectar una sombra única, confirmando que la memoria pública sigue siendo un feudo mayoritariamente varonil.

La ciudad como texto y la jerarquía del espacio

Las ciudades no son solo aglomeraciones de granito y cal; son textos que se leen mientras se pasean. El callejero de Cáceres es el índice de nuestra conciencia colectiva. En sus placas se dirime qué méritos alcanzan la categoría de lo eterno y qué existencias son condenadas al susurro de lo privado.

Esta jerarquía se manifiesta incluso en lo cotidiano. Recuerdo, yo con 25, un paseo por la Ciudad Monumental junto al historiador Paul Preston. En una calle, nos cruzamos con Pepe Extremadura (otro de los recientes homanajeados en este caso con una glorieta), quien le gritó con sorna una impertinencia sobre su estado de ebriedad en un viaje al País Vasco. Preston, con la agudeza del que sabe leer las estructuras de poder, le respondió con la misma moneda. Más allá de lo anecdótico, la escena revelaba una verdad cruda: quién ocupa el espacio, quién se siente interpelado y quién cree tener el derecho de juzgar al otro en la vía pública. Esa seguridad de “pertenecer” a la calle es la que el callejero refuerza cada vez que elige un nombre masculino.

Una genealogía cacereña olvidada

Hubo un tiempo en el que la ciudad pareció despertar de este letargo monologante. Cuando aparecieron los nombres de la pedagoga Angelita Capdevielle, cuya labor docente marcó a generaciones, o se reconoció el peso histórico de figuras como Leonor de Ulloa, algo en el eje de Cáceres se desplazó. No fue un gesto simbólico vacío; fue una forma de decir que la ciudad también es nuestra. Clara Campoamor, María Telo, Gloria Fuertes... Cáceres parecía hacer escogido el camino adecuado.

Si el argumento para volver a la inercia de siempre es la falta de referentes, es que no se está mirando con suficiente atención al suelo que pisamos porque tengo claro que la memoria femenina de esta tierra es fecunda.

El riesgo de la involución

La mayor frustración no reside en el homenaje al hombre, sino en la fragilidad del avance. Comprobar que la justicia simbólica depende del color político de turno sugiere que no existe un compromiso ético, transversal y firme con la igualdad. La inercia es poderosa: cuando la voluntad política flaquea, la balanza vuelve a inclinarse hacia lo de siempre, como si aquel impulso de cambio fuera una anomalía y no el inicio de una nueva justicia. Nombrar es un acto de poder. Lo que no se nombra, queda relegado a los márgenes de la existencia. La falta de nombres de mujeres en Cáceres no es una cuestión estética; es una forma de exclusión simbólica que define quién forma parte del imaginario colectivo y quién es solo una figurante en la historia oficial. Cáceres no necesita dejar de honrar a sus hijos ilustres, pero necesita, por salud democrática, sostener una política de equilibrio. Una ciudad que aspira a la excelencia cultural no puede permitirse el lujo de la amnesia selectiva. Porque cada vez que una niña recorre nuestras calles y solo lee historias de hombres, el mensaje —aunque tácito— es que su contribución al futuro será, como la de sus antecesoras, invisible.

Nombrar importa. Y Cáceres, hoy, corre el riesgo de seguir escribiéndose bajo una gramática que nos excluye a las mujeres. Si se dicen feministas, que ejerzan.