El reestreno de ‘Kill Bill’ pone a Tarantino frente al espejo de los tiempos modernos: ¿se le puede desligar de sus declaraciones más polémicas?
No era una escena difícil de rodar. Uma Thurman solo tenía que conducir un coche descapotable para que esos minutos de metraje inauguraran el Volumen 2 de Kill Bill, con la Novia hablando a cámara para asegurar que, sí, iba a matar a Bill. El problema estaba en el coche y la carretera. Thurman no se fiaba de que estuvieran en buen estado, y el director quería que condujera en sentido contrario para tener mejor luz. La actriz se resistió pero, tras una agria discusión con Quentin Tarantino, accedió. Poco después perdió el control del vehículo y sufrió graves lesiones.
La protagonista de Kill Bill acusó a Tarantino de haber intentado matarla y exigió que le entregaran la grabación de lo ocurrido. El director rechazó cualquier responsabilidad y el asunto quedó en manos de los productores: la Miramax de Harvey Weinstein le comunicó entonces a Thurman que solo le facilitarían el vídeo del accidente si antes firmaba un documento eximiéndoles de cualquier responsabilidad. Como resultado, Thurman y Tarantino —a quienes previamente había unido una cálida amistad— estuvieron años sin hablarse. Tarantino más tarde le pediría perdón. Luego, al calor del MeToo y las acusaciones contra Weinstein —que también había abusado sexualmente de Thurman, como bien sabía el cineasta—, le entregó el vídeo. Como gesto de buena voluntad.
Esto pasó a principios de 2018, con un Tarantino tan arrepentido como para admitir que, sabiendo lo que sabía de Weinstein —involucrado en todas sus películas, considerado por él mismo como una figura paterna—, debía haber hecho algo más. Su pareja a mediados de los 90, Mira Sorvino, había sufrido igualmente el abuso del todopoderoso productor. Y aun así Tarantino estuvo años sin decir nada. Lo más parecido a decir algo fue la película inmediatamente posterior a Kill Bill. Death Proof contaba la historia de un asesino de mujeres, Especialista Mike, que iba acumulando víctimas subiéndolas al coche y matándolas con su conducción temeraria.
Es tentador leer Death Proof, a posteriori, como una expresión del arrepentimiento de Tarantino por todo lo que rodeó el accidente de Thurman. Sobre todo porque, al final de la película, el Especialista Mike era derrotado de forma patética, llorando como un niño —presagiando el ocaso de Weinstein 10 años antes—, y porque además Tarantino se había reservado un pequeño papel como actor. Él era Warren, un tipo gris que parecía consciente de los crímenes de Especialista Mike y no hacía nada al respecto. Quizá no haya mejor muestra, al cabo, de que con Tarantino es imposible separar obra y autor. La obra es inseparable de quién es. De una figura que no puede ser más conflictiva.
Tarantino entonces, Tarantino ahora
Kill Bill: The Whole Bloody Affair es la versión de la historia de Kill Bill tal y como Tarantino la había ideado originalmente, antes de que Weinstein le obligara a dividirla en dos Volúmenes para asegurar su viabilidad económica. Más de 20 años después de su estreno, Kill Bill vuelve a los cines con un montaje de más de cuatro horas que distribuye Elastica tras alguna proyección esporádica durante los últimos años, en el Festival de Cannes o en el cine New Beverly que Tarantino regenta en Los Ángeles desde 2010.
El regreso de Kill Bill mueve a recordar cómo percibíamos a su autor a principios de los años 2000 y cómo le percibimos ahora. El cambio ha sido notable. Cuando llegaron a cines los dos volúmenes de Kill Bill, no había mucho que reprochar a Tarantino más allá de su gusto por utilizar la “N-Word” (eufemismo de nigger, “negrata”) sin ser él afroamericano, que había llegado a motivar una agria disputa con Spike Lee a partir del estreno de Jackie Brown a finales de los 90. Al margen de eso, poco podíamos echarle en cara. En 2015, incluso, se había mostrado muy activo en su rechazo a la brutalidad policial, y a cómo esta se abatía contra la población racializada.
Hasta entonces, Tarantino había dicho alguna impertinencia y presumido de cierto narcisismo —inevitable, por otra parte, al haber cosechado tantos elogios desde el principio—, sin que esto no hiciera otra cosa que inspirar simpatía. Tarantino parecía cercano y cada vez que hablaba lo hacía con un entusiasmo cinéfilo extremo, según el cual no tenía por qué morderse la lengua.
Hablaba como nuestro colega, un colega que encadenaba película magnífica tras película magnífica. Por entonces tampoco cabía afearle su amistad con el director Eli Roth, a quien había promocionado Hostel en 2006 con un “Quentin Tarantino presenta”. Roth luego aparecería en Malditos bastardos como un cazador de nazis judío. Y algo más tarde se revelaría como un sionista militante, capaz de desear que Greta Thunberg fuera devorada por caníbales en su ayuda humanitaria a Gaza.
Un sionista como el propio Tarantino, claro. Dejando al margen su relación con Weinstein —a la que reaccionó con las disculpas mencionadas y limitándose a cambiar de productor de cara a Érase una vez en Hollywood—, es lo que cuesta no considerar como el aspecto más problemático de su figura. Los lazos de Tarantino con el sionismo se estrecharon al conocer a Daniella Pick, cantante israelí, durante la promoción de Malditos bastardos. En 2018 se habían prometido y en 2020 ambos vivían entre Los Ángeles y Tel Aviv, con Tarantino empezando a aprender hebreo.
De ahí es sencillo dar un salto a 2023, al poco del comienzo de las represalias del Estado de Israel por los atentados del 7 de octubre, y encontrar a Tarantino visitando una base militar israelí para subir la moral de los soldados antes de seguir matando palestinos. Brindando, entonces, una posible y tremendamente inquietante contextualización del interés tarantiniano por la violencia.
Abrir la boca y que suba el pan
Todo esto pertenecería al terreno de las opiniones políticas, y quizá sería algo más sencillo distanciarse de ellas a la hora de seguir disfrutando de una obra, a fin de cuentas, tan extraordinaria como Kill Bill. Parece más complicado, en realidad, desligarse de la insistente faceta de Tarantino como personaje mediático. Esto es, el colega bocazas que hace años resultaba divertido escuchar, y ahora nos da bastante pereza. En el mejor de los casos.
El director de Pulp Fiction ha llegado a tener muy presente la excelencia de su propio trabajo y el hecho de que ya forma parte inseparable de la historia del cine. Por eso, mientras prefiere llevar su afinidad con el gobierno genocida de Israel con discreción, no ocurre lo mismo con sus opiniones sobre películas, intérpretes y creadores. Tarantino tiene opiniones a mansalva —por eso ha hecho sus pinitos como crítico de cine y de ahí el mediocre ensayo que publicó en 2022, Meditaciones de cine—, y nunca ha dejado de pasearlas con total arrogancia allá donde le han dejado. Últimamente resultan ser entrevistas y podcasts, donde asistimos a la verborrea de un tipo de lo más narcisista que lleva tiempo sin que nadie le contradiga o le aconseje que le dé un par de vueltas a algo.
En su habitual tono alérgico a diplomacias, Tarantino ha acusado a la autora de Los juegos del hambre de plagiar Battle Royale —como si estuviéramos de vuelta en el Internet de los primeros 2000—, ha hecho listados apolillados de las mejores películas del siglo XXI, y sobre todo ha insultado a actores porque sí. Tarantino aseguró que Paul Dano era un intérprete tan flojo (tan “nenaza”, dijo en su arrebato testosterónico) como para arruinar Pozos de ambición de Paul Thomas Anderson. Lo interesante entonces no fue la tontería de esta afirmación, sino cómo fue recibida. Nadie le siguió el juego. Buena parte de la industria se puso de parte de Dano.
Las películas de Tarantino las habrá hecho originalmente Tarantino, pero ahora son nuestras. Nos pertenecen, somos libres de disfrutarlas como nos plazca
Tarantino ya no nos hace gracia. A sus 63 años, aquel que considerábamos un enfant terrible noventero sigue siendo un niñato subido en su torre de marfil, sin ser capaz de lanzar una sola idea valiosa como personaje público ni de iluminar una imagen de la cinefilia que antes resultaba refrescante —con su lúdica ausencia de fronteras entre alta y baja cultura— y ahora está de lo más asumida. No escandaliza a nadie. Solo es reiterativa y ruidosa.
Que igualmente, todo esto es ajeno al cine como tal. Las películas de Tarantino las habrá hecho originalmente Tarantino, pero ahora son nuestras. Nos pertenecen, somos libres de disfrutarlas como nos plazca. El problema, finalmente, es cómo este personaje irritante está logrando que nos dé vergüenza disfrutar de ellas. Hasta el punto incluso de agotarnos de cara a futuros e hipotéticos disfrutes, por cómo la tragedia incrustada en el carácter de Tarantino —lo autoconsciente que es de sí mismo y del legado que está dejando como cineasta— mueve a que todo sea aún más ridículo.
La autoconsciencia tarantiniana, bien lo sabemos, ha conducido a esta obsesión por cerrar su carrera como director con solo una película más, la décima. Obsesión traducida en una angustia por no dar con un proyecto lo bastante bueno. Por eso canceló la producción de The Movie Critic, por eso le ha pasado a David Fincher y a Netflix el guion de la secuela de Érase una vez en Hollywood para que se hagan cargo ellos. Por eso, también, Tarantino está inmerso en asuntos como una obra de teatro de capa y espada destinada al West End londinense y una serie de gángsters coescrita por un tipo todavía más reaccionario que él, Sylvester Stallone.
Y por eso, finalmente, promociona el remontaje de Kill Bill como un gran evento, queriendo ganar tiempo y ajustarse a las expectativas absurdas que él ha depositado sobre sí mismo. Expectativas absurdas que van a lograr que, si vuelve a dirigir una película alguna vez, ni siquiera haya que dudar si seguir dándole dinero a un individuo tan despreciable: ya estaremos totalmente cansados de él.
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