Coherencia y credibilidad, credibilidad y coherencia
Palabra, compromiso, honradez y ejemplo deberían ser atributos inseparables de cualquier persona que aspire a dedicarse a la política. Parece una obviedad, pero hay una quinta virtud que considero incluso más determinante que las anteriores, especialmente cuando se hace política desde el PSOE o desde cualquier espacio ideológico de izquierdas: la coherencia.
Porque vivir como se piensa otorga algo que no se puede fingir: la tranquilidad de ser siempre reconocible ante la ciudadanía. También genera respeto dentro de la propia organización y, algo nada menor, entre quienes piensan distinto. La coherencia no convierte necesariamente a nadie en alguien con quien todos estén de acuerdo, pero sí en alguien creíble y respetable para todos. Y en política, la credibilidad lo es casi todo, por no decir todo.
El problema aparece cuando se defiende una forma de entender la sociedad y, al mismo tiempo, se vive de espaldas a esos principios. Entonces se termina actuando como no se piensa ni se predica. Y eso tiene un nombre: incoherencia. Una palabra devastadora para cualquier proyecto político. Como dice una amiga a la que admiro profundamente, “la incoherencia termina matando en política”.
A menudo escuchamos aquello de que “ya no hay políticos como los de antes”, como si las generaciones pasadas hubieran estado formadas exclusivamente por personas honestas y ejemplares. Probablemente no era así. Seguramente, como hoy, habría de todo en la viña del Señor. La diferencia es que antes era mucho más difícil conocer determinadas conductas y hoy las nuevas tecnologías, el avance de los métodos de investigación y el desarrollo del periodismo de investigación hacen mucho más complicado esconder determinadas contradicciones. Y eso, pese al ruido y al pseudoperiodismo que también prolifera, es una buena noticia para la democracia.
La izquierda siempre ha necesitado referentes coherentes. Ahí está el ejemplo de José Mujica, convertido en un símbolo mundial no solo por lo que decía, sino por cómo vivía. Cuando abandonó la presidencia no se refugió en el lujo ni en privilegios; volvió a su chacra, a su vida sencilla, junto a su mujer, sus animales y sus plantas. Se puede discrepar ideológicamente de él, pero difícilmente se le puede acusar de incoherente. Vivió y murió conforme a lo que defendía.
En España y concretamente en el PSOE y en el PSOE de Extremadura hemos tenido y seguimos teniendo también ejemplos de esa política basada en la coherencia. Ramón Rubial fue respetado incluso por quienes estaban en las antípodas de sus ideas. Lo mismo puede decirse de Juan Carlos Rodríguez Ibarra o de Guillermo Fernández Vara, que abandonó la primera línea política para regresar a la docencia universitaria, una de sus grandes vocaciones, por no citar a cientos de compañeras y compañeros concejalas y concejales, alcaldesas y alcaldes, militantes y simpatizantes con cualquier responsabilidad pública. Eso también es coherencia: entender la política como servicio y no como modo de vida.
Decía mi tío que “el rey, además de serlo, tiene que parecerlo”. Y tenía razón. En política no basta con actuar dentro de la legalidad; también es imprescindible actuar conforme a los valores éticos y morales que uno proclama y defiende. La ciudadanía no solo observa lo que se dice, sino cómo se vive.
Quizá por eso algunos espacios políticos han conseguido conectar recientemente con sectores desencantados, especialmente entre los jóvenes. Han sabido construir un discurso que, al menos aparentemente, transmite autenticidad y coherencia. Y ahí los partidos tradicionales haríamos bien en tomar nota.
La política necesita menos marketing vacío y más verdad. Menos discursos calculados y más ejemplo personal. Porque la gente puede perdonar errores, pero rara vez perdona la hipocresía.
La izquierda, y particularmente el PSOE, solo seguirá siendo reconocible si mantiene vivos los valores que históricamente le dieron sentido: la honradez, el compromiso, la palabra dada y la coherencia. Vivir como se piensa sigue siendo la mejor forma de hacer política. Y quien quiera enriquecerse, como decía Mujica, probablemente debería dedicarse a los negocios. La política debería quedar reservada para quienes entienden que servir a los demás sigue siendo una de las tareas más nobles que existen. Así entendí, entiendo y entenderé la responsabilidad política, no como un trampolín sino como una gran responsabilidad que nos prestan los ciudadanos para gestionar ese espacio compartido que les pertenece.
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