Cuando 'Iribarne' quiso saber quién era realmente Fraga

Manuel Fraga Iribarne pronuncia un discurso en un acto de la Falange en Ávila en enero de 1958.

Alfonso Pato


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En el Teatro Principal de Santiago, cinco actores con tirantes rojigualda y camisa blanca reciben instrucciones en el silencio solemne del auditorio vacío. “Ahora trabajemos unidos en un bloque, no separados. Repetid las palabras infamia y vergüenza al estilo Fraga”, dice el director Xavier Castiñeira, mientras entre el coro intencionadamente desacompasado se perciben unos gruñidos. Están evocando las formas impetuosas de Manuel Fraga Iribarne, el que fue, entre otras cosas, ministro de Franco, presidente del PP español y presidente de la Xunta durante 15 años, entre 1990 y 2005.

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“Fue el más franquista en el franquismo, el más demócrata en democracia y el más autonomista en el estado de las autonomías. Siempre fue 'el más', por eso es complejo acercarse a su figura”, dice la dramaturga Esther F. Carrodeguas, mientras supervisa el singular proceso de creación de Iribarne, que poco a poco se convertirá en una obra de teatro político alrededor de este personaje “excesivo, camaleónico y hermético”, en palabras de la autora.

Cerca de ella, en la platea, hay unas cuantas cabezas que asoman en las butacas. Son las personas que se han inscrito para participar en el proceso abierto de construcción colectiva de esta obra, que la compañía de teatro Butaca Zero estrenará en 2023. Casi todas tienen alguna anécdota sobre el político. “Es increíble, pero parece que todo el mundo tiene algo que contar sobre Fraga”, explica Carrodeguas, también codirectora de la obra. En tres días de aportaciones abiertas, este público ha narrado situaciones variopintas. Desde un gaiteiro que tocó en tres de sus hiperenxebres tomas de posesión, pasando por un señor que dijo haber compartido urinario con él, hasta un joven que recordó cómo, siendo niño, Fraga fue a su colegio y firmó en las libretas de todos los chavales de su clase. En la suya lo hizo con tal ímpetu que se rompió. “De ahí, por ejemplo, sacamos información sobre su carácter”, dice Carrodeguas.

Hasta uno de los trabajadores del propio Teatro Principal hizo su aportación y relató que en cierta ocasión hubo una amenaza de bomba en este recinto estando Fraga dentro y se ordenó desalojar el espacio. “Pues me da igual, yo no salgo”, contó que dijo él, desafiante. Y allí se quedó mientras el resto del público abandonaba el local en orden. La amenaza de bomba resultó ser falsa, pero Fraga resistió sin salir.

No cabe duda de que Manuel Fraga Iribarne (Vilalba, 1922- Madrid, 2012), es un personaje digno de estudio. Paseó casi seis décadas montado en un coche oficial, adaptándose sin complejos al franquismo, a la democracia o al furor autonomista y escribió muchos renglones de la historia de España en el siglo XX. Algunos de ellos, renglones torcidos de la memoria, firmados en los Consejos de Ministros en los que participó en el franquismo, que dejaron regueros de sangre. Cómplice franquista de la ejecución del dirigente comunista Julián Grimau en 1963, del asesinato que la dictadura maquilló como suicidio del estudiante Enrique Ruano en 1969, o ya en la Transición, responsable principal, como Ministro de Gobernación, de la matanza de Vitoria, en 1976, en la que la policía abrió fuego matando a cinco trabajadores concentrados entre miles en una asamblea laboral. Son solo unos ejemplos entre muchos más. Fraga hacía, además, uso de los resortes que el poder le ofrecía para desacreditar a las personas asesinadas y crear en los medios que controlaba corrientes de opinión en su contra. “Hay episodios muy oscuros en la vida de Fraga, que no tenía por costumbre retractarse ni pedir perdón por nada”, afirma Esther Carrodeguas.

“Fraga es hermético e inexplorable. Es un misterio y por eso me parece apasionante como personaje. Es muy fácil caricaturizarlo, pero muy difícil intentar saber de dónde vienen todas sus acciones, que se rigen más por la moral que por la ética”, explica Xavier Castiñeira sobre el personaje. Junto con su compañera intenta aproximarse a la figura coincidiendo con el centenario de su nacimiento, el 23 de noviembre de 1922. “Su partido no lo ha celebrado mucho para lo que significa, sobre todo con poca visibilidad en Madrid. Es un personaje incómodo para todas las partes; de ahí nuestro interés”, dice Castiñeira, que lleva meses empapándose en documentación de Fraga, aunque confiesa que no ha llegado a leerse los cerca de 100 ensayos que dicen que escribió -o le escribieron- “pero algunos sí, como uno de los 80 donde incluso habla de feminismo, algo sorprendente”, dice el codirector de la obra.

“En mi teatro me gusta moverme entre la comedia y la tragedia. Con Fraga te sale la parodia aunque no lo quieras, pero no se pueden obviar ni las sentencias de muerte ni muchos episodios oscuros”, reflexiona Carrodeguas sobre el que fue presidente de la Xunta, del que han recogido decenas de anécdotas. Entre otras, cómo a Fraga le gustaba acudir al teatro, a todos los estrenos del CDG, el Centro Dramático Galego, y al final acercarse a directores e intérpretes y dar su visión personal de las obras. “Fue a un estreno de Antígona y acabó debatiendo con el director si esa versión era la correcta, aportando una visión propia, diciendo lo que no le gustaba”, rememora la directora y lo compara con los políticos actuales de su mismo partido. “Yo no imagino a Feijóo o Rueda yendo a hablar con el autor para discutir matices de la adaptación de la obra. Me encantaría saber cómo Fraga nos criticaría a nosotros por la versión que vayamos a hacer de su vida”, bromea.

Su adaptación política

Los autores, nacidos ambos en democracia, explican que su obra parte de una generación que intenta dialogar con otra generación buscando el impacto de Fraga en la identidad actual de Galicia. No se antoja fácil explicar su figura, su personalidad y sus acciones ahora. En 1967 puso una multa de 50.000 pesetas a La Voz de Galicia por un texto en gallego, pero llegó a Galicia y comenzó a hablar en gallego como si nunca hubiese salido de Vilalba. Hasta Ortega Smith, de Vox, le acusó en un mitin en Lugo de haber impuesto el gallego a la fuerza. En 1963 su firma está en la sentencia de muerte del comunista Julián Grimau, pero en 1992 invita a Fidel Castro a Galicia para brindar con una queimada. Y, como recordó el político vasco Iñaki Anasagasti tras su muerte, había votado contra el Estatuto de Gernika antes de convertirse en adalid del autonomismo, por eso en Euskadi le cantaban “Fraga, el pueblo no te traga”.

“Siempre tiraba para adelante. Se puso el bañador en Palomares, pero si lo metes en una tribu se pondría un taparrabos sin problema”, ironiza Esther Carrodeguas, sobre este mediático baño que supuso un punto de inflexión en su trayectoria. En pleno franquismo un accidente de dos aviones estadounidenses acabó con cuatro bombas nucleares caídas en el Mediterráneo, con la consiguiente amenaza para la población. Fraga, siempre preocupado por las maniobras de distracción mediática, acudió solícito con el embajador americano a darse un baño para hacer ver que la contaminación era inexistente. Un caso pionero de las técnicas que hoy llamaríamos greenwashing. Las cámaras sumisas del No-Do registraron el baño para generar un efecto propagandístico positivo sobre el turismo.

“La idea de la obra también tiene que ver con esa reflexión sobre la construcción del modelo de la España turística en el Mediterráneo, en el que Fraga tiene que ver”, expone Esther Carrodeguas, que mantiene que hay dos imágenes diferentes del político: una en Galicia y otra para el resto de España. “Fraga es para Galicia un personaje y en el resto de España es otro”, dice la dramaturga, que pone como ejemplo el trabajo de intercambio que está haciendo en esta obra con la compañía vasca Hika Teatroa y la directora Agurtzana Intxaurraga. “En el País Vasco ella tenía otra idea de Fraga. Le dije que imaginase que un exministro de Franco fuese elegido lehendakari y de repente comenzase a hablar en euskera y hubiese 3.000 tipos tocando la txalaparta en su investidura”, explica Carrodeguas.

El Fraga de Galicia

Con Fraga se transmitió una imagen de Galicia folklorizada y estereotipada, con gaiteiros, queimadas y romerías con pulpadas. Un visión que trasladó al canal autonómico, que se ganó a pulso en esos años el apelativo despectivo de “telegaita”. En la época dura del fraguismo, un célebre comisario político de TVG “sugería” que no hubiese imitaciones de Fraga en los programas de entretenimiento. Sin embargo, en otro alarde de cinismo, Fraga tenía cada año una comida con dibujantes y humoristas, que tras los postres y los chupitos, sí podían hacer imitaciones del patrón en su presencia. “La percepción de cerca es que le daba igual, que no sentía ni frío ni calor, más bien carecía de sentido del humor”, dice una persona que asistía a esas comidas.

“Podemos debatir si tenía sentido del humor u otros aspectos suyos, pero el objetivo no es hacer un biopic sobre él, sino analizar los porqués. Queremos provocar dudas en el espectador, sea de izquierdas o de derechas”, dice Xavier Castiñeira sobre el proceso de su trabajo, que cree que debe ser “honesto y no condescendiente”. Castiñeira, admirador confeso de la compañía teatral Chévere, busca situarse desde el teatro en una posición como ciudadano y tener una parte activa como generador de reflexiones en la sociedad.

Esa es la idea con la que él y su compañera Esther Carrodeguas siguen. En la segunda mitad del 2023 se verá el resultado y se sabrá si, por fin, a través de este proceso de construcción colectiva, Iribarne llegará realmente a saber quién era Fraga.

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