La “sed del aire”: cómo la falta de humedad atmosférica facilita la propagación del fuego
Este domingo, a las 10:42, decimos adiós a la segunda primavera más cálida de la serie histórica, sólo por detrás de la de 2023. Y lo hacemos con el termómetro por todo lo alto. Desde el sábado se esperan ya los primeros efectos de la ola de calor sahariano que azotará Galicia y el Cantábrico ese mismo domingo antes de extenderse al resto de la Península. Estas subidas repentinas de temperatura –cada vez más frecuentes, según los expertos– acompañadas de caídas en la humedad, resecan la vegetación y la convierten en un combustible ideal para la expansión de los incendios forestales. Con los datos en la mano, la relación entre las condiciones de la atmósfera y el comportamiento del fuego parece cada vez más evidente.
Juan Picos es profesor en la Escola de Enxeñaría Forestal de Pontevedra. Desde el primer gran incendio forestal (GIF) del año en Galicia, no deja de revisar los indicadores del déficit de presión de vapor (DPV), la conocida como “sed del aire”, que indica la diferencia entre la cantidad de humedad que contiene y la cantidad máxima que puede retener a esa misma temperatura; en palabras de Picos, “la fuerza con la que la atmosfera seca la vegetación”.
Aquel fuego se declaró en abril y, en poco más de nueve horas, arrasó 750 hectáreas. La humareda, visible desde al aeropuerto de Vigo, arrancó en Ponteareas para extenderse a los concellos vecinos de Mos y Pazos de Borbén, donde llegó a declararse la situación 2 por su proximidad a los núcleos habitados. En Carballo (A Coruña), otro foco calcinaba 150 hectáreas más.
La estación de Meteogalicia de Pazos de Borbén es la elegida por Picos para estudiar la evolución del DPV durante este año. La gráfica está atravesada por una línea de puntos roja que marca una presión de 1,5 kilopascales. Por encima de ese nivel, en agricultura se considera que la vegetación empieza a marchitarse. El 6 de abril, el día en que se inició el fuego en Ponteareas, el DPV doblaba ese límite. Pese a ligeras subidas puntuales durante ese mes y el siguiente, la gráfica mantuvo una cierta estabilidad hasta que se disparó el viernes 12 de junio. Ese día, se inició el incendio de Padrón, a 90 kilómetros de allí.
Igual que sucedió en Ponteareas, la fatalidad parece estar detrás de la ignición. En la localidad pontevedresa se investiga si el origen estuvo en la chispa de un tractor que recogía leña. En la coruñesa, los vecinos hablan de un posible fallo en la línea eléctrica que cruza Herbón, la parroquia donde nacen los pimientos que dan fama a todo el municipio. Serán las investigaciones en curso las que tengan que determinarlo pero, en ambos casos, aquella primera llama se encontró con un terreno propicio para extenderse: la vegetación, que había crecido con fuerza durante el invierno, resecada por la presión de la atmósfera.
El fuego de Padrón afectó a un área que no había ardido en veinte años, desde la gran ola de incendios de 2006. Arrasó un total de 350 hectáreas después de reavivarse en la mañana del sábado, ayudado por el calor, el viento y los focos secundarios. Controlado desde primera hora del miércoles, el viernes Medio Rural no había confirmado su extinción. Sí lo había hecho con el de Boborás (Ourense), iniciado el domingo por un rayo y que quemó casi 280 hectáreas. En Xermade (Lugo), el lunes otro foco calcinaba 36 más.
Picos sintetiza el diagnóstico en una confluencia: inviernos “menos duros” –con más crecimiento de la vegetación–; primaveras “más cortas” –en las que la vegetación se “resiente” antes y está “más disponible” para el fuego–, a lo que hay que sumar “varios años de anomalía” que permitieron “acumular en el territorio” parte de “lo que ya secó”.
A estos tres se suman situaciones meteorológicas “que antes eran anómales pero ahora se van haciendo más frecuentes”, como las danas sobre el Atlántico, responsables de estas olas de calor “con componentes ligeros de sur, bajas humedades y noches tropicales en lugar de componentes de nordés y entradas de brisas húmedas marinas al atardecer”. También, la mayor frecuencia de las tormentas eléctricas secas, sin lluvia y unos “factores estructurales” que ya existían “incluso en 2024, el mejor año de toda la serie histórica” –previo al desastroso verano de 2025–: la presencia de abundante vegetación en los montes, zonas agrarias e interfaces urbano forestales, las zonas donde las áreas urbanas se mezclan con el monte.
Este es el escenario sobre el que se registran unas “altas frecuencias de ignición” que tienen causas múltiples. El investigador las resume en cuatro: dolo, descuido, negligencia o accidentes. Sobre este terreno abonado, cualquiera de ellas puede provocar el próximo gran incendio forestal.
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