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Se oyó fuera del estadio

El monstruo Final

-En serio, Robert, no sabes lo que puede ser ese palco...

Luís Pardo

18 de julio de 2026 22:23 h

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En el penúltimo episodio de la primera temporada de South Park, Robert Smith, salva al mundo de una terrible amenaza: se transforma en una polilla gigante para destruir a Mecha-Streisand, la versión dinosaurio-mecánico-gigante de la protagonista de Hello, Dolly! Por eso no me sorprendió que fuese él quien abriese el fuego contra el show de medio tiempo –la nueva amenaza impulsada por ese kaiju de dos cabezas que forman Trump e Infantino– que pretende convertir la final del Mundial de soccer en una nueva Super Bowl.

Quien con niños se acuesta, meado se levanta, dice el refrán, así que, sinceramente, ¿qué podíamos esperar que pasara llevando el gran evento del fútbol a Estados Unidos, el único lugar del orbe donde aún jugaba en las ligas menores, como el curling o la petanca, esa disciplina de la que no se puede vivir? Pues lo único que podía suceder: que lo americanizasen. Lo hemos visto en millones de películas de sobremesa. Ese (o esa) adolescente con un enorme potencial pero que no deja de ser un loser –otra figura ajena a nuestra cultura pero que ya hemos importado– hasta que se corta el pelo y se quita esas pintas. Eso, ni más ni menos, es lo que le han hecho los republicans a nuestro deporte rey.

Era cuestión de tiempo. Primero, convirtieron de facto los dos tiempos en cuatro cuartos inventándose la pausa de recaudación. Hasta la cuenta oficial de la Euroliga de baloncesto ironizaba con esa especie de apropiación cultural, olvidando que ellos la sufrieron primero porque, hasta el 2000, lo de la canasta –fuera de la NBA–, se jugaba en dos partes de 20 minutos. Primera pista. Luego vimos cómo en el Mundial se lucían tipos que rondaban los 40 tacos, algo que –LeBron aparte– parecía patrimonio exclusivo del béisbol. Ya nos habían colonizado dos de tres, sólo quedaba la invasión del football. Y se quedó con el descanso.

Robert cita a Infantino –al que rebautiza como Infantosser–, para quien el show de medio tiempo “celebrará el fútbol, la música y nuestros valores compartidos, asegurando un legado que trasciende el pitido final”. Esa afirmación da más miedo que el videoclip de Lullaby, porque durante este Mundial –dentro y fuera del estadio– hemos tenido ocasión de comprobar cuáles son esos valores que comparten. Si el premio FIFA de la paz no nos lo había dejado suficientemente claro, el comodín Trump –la nueva tarjeta que debe llevar el referee en su bolsillo junto a la amarilla y la roja– acabó de despejar dudas. “En mi casa jugamos así”, le faltó decir al abusón de Mar-a-lago antes de amenazar con llevarse también el balón. No sirvió de nada. Los belgas bombardearon Seattle y Lukaku bailó como Donald hasta que La Roja se cruzó en su camino.

España contra Argentina era la final soñada por muchos. La mejor selección del mundo contra la mejor de Europa. La última oportunidad de Messi y la primera de Yamal. Si alguno gana por paliza, la metáfora del baño de Leo a Lamine inundará los titulares en todo el mundo. Milei no estará en NUEVAYoL “por superstición” –igual se lo recomendó Conan, su perro muerto–, así que el foco lo compartirán Trump e Infantino por la derecha y Mamdani y Pedro Sánchez por la izquierda. Un dos para dos que puede romper las redes, y más en función del resultado. Lástima que ya no esté Héctor del Mar para narrarlo.

Con lo que pasará sobre la cancha y lo que se cuece en el palco, ¿de verdad creen que necesitamos más espectáculo en el descanso? Total, cualquier cosa que no sea Robert Smith convertido en polilla gigante, enviando al kaiju al espacio exterior, va a ser una decepción...

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