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Opio, poder y silencio: el cabaret donde los músicos tocaban “con los ojos vendados” para no ver “lo prohibido”

Esther Ballesteros

Mallorca —
12 de enero de 2026 22:02 h

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La noche avanza entre copas y cómplices miradas. Hay cosas que no se nombran, pero circulan con naturalidad. En una sala de baile situada en una antigua possessió de las afueras de Palma, el opio y la morfina son una presencia integrada en un ambiente respetable. Solo los músicos quedan al margen: deben tocar con los ojos vendados o de espaldas al público para no ver ni reconocer. En este escenario de silencios compartidos, el poder económico y la tolerancia social se rozan sin apenas hacerse preguntas. Se llama La Venta Eritaña, antaño una finca agrícola reconvertida en local de dudosa fama, símbolo nocturno de una isla que ha aprendido a mirar hacia otro lado. El halo de misterio que rodea al local -y el velo de discreción que cubre los rostros de quienes allí acuden- no impiden, sin embargo, sostener su realidad histórica. “Sabemos que ha existido”, subraya el historiador Tomeu Canyelles en declaraciones a elDiario.es.

El investigador se adentra en las dudosas prácticas llevadas a cabo en este cabaret de los años treinta en su reciente libro Cavalcar l'abisme. La cultura de la droga a les Illes Balears, donde retrata cómo, antes de la irrupción del turismo de masas, la geografía insular, con sus calas inaccesibles, costas abruptas y una limitada vigilancia, favoreció durante décadas una economía clandestina que iba mucho más allá del tabaco o el alcohol y cómo, bajo la normalidad elegante de La Venta Eritaña, se ocultaría un engranaje de rutas marítimas clandestinas, favores y silencios que convirtió a la Mallorca de entreguerras en un territorio dócil al acceso de la droga. Algunos autores, como Bartomeu Mestre i Sureda, han llegado a situar en este mapa de circuitos ilíticitos la figura del poderoso Juan March Ordinas, a la postre uno de los mecenas que financiaron el golpe franquista contra la Segunda República.

Para Mestre, una de las principales claves para entender el papel que habría desempeñado este cabaret y su presunta vinculación con el apodado el último pirata del Mediterráneo se halla en el libro Die Insel des Zweiten Gesichts -La isla del segundo rostro-, del escritor alemán Albert Vigoleis Thelen. A lo largo de sus más de 900 páginas, la obra, publicada en 1953 y traducida al castellano 40 años después, narra su estancia en la isla junto a su futura esposa, Beatrice, entre 1931 y 1936, al tiempo que ofrece una de las descripciones literarias más precisas -y deliberadamente enmascaradas- de la oscura Mallorca de los años treinta.

Antes de la irrupción del turismo de masas, la geografía insular favoreció durante décadas una economía clandestina que iba mucho más allá del tabaco o el alcohol. En ese mapa de circuitos ilícitos, algunos autores, como Bartomeu Mestre i Sureda, han llegado a situar a Juan March Ordinas, a la postre uno de los financiadores del golpe franquista contra la Segunda República

Se trata de un ecosistema de mirada indulgente y silencios compartidos que, con todo, no podría entenderse sin retroceder a finales del siglo XIX, como hace Canyelles en su libro. La revolución farmacológica producida en aquella centuria había permitido la síntesis industrial de estimulantes y opiáceos como la morfina (1804), la cocaína (1855) o la heroína (1874), que en España pasaron a ser dispensadas sin receta en las farmacias e incorporadas a preparados de uso común especialmente destinados a tratar dolores y afecciones respiratorias. Durante décadas, mucho antes de que afloraran las alarmas sobre sus efectos y las legislaciones comenzaran a endurecerse, las drogas circularon desprovistas de estigma moral, amparadas por la confianza en los avances de la ciencia y la medicina.

Ya el 25 de marzo de 1819, Diario Balear informaba de los efectos de la morfina descritos por “el doctor Orfila” y explicaba sus modos de administración, su potencia e incluso los remedios para contrarrestar sus “efectos funestos” mediante eméticos, ácidos y café. En una nota titulada Química, el periódico señalaba que “los efectos de la morfina son mucho más enérgicos cuando se inyecta en las venas que cuando se toma por la boca” y revelaba hasta qué punto, ya a comienzos del siglo XIX, estos alcaloides circulaban no solo en ámbitos científicos, sino también en la prensa generalizada. Más que una sustancia marginal, la morfina aparecía entonces como un avance médico digno de ser explicado al público.

Sin embargo, la alarma social generada por los efectos adversos y los usos no terapéuticos de estos compuestos provocó el fin de su venta libre en 1918, cuando se aprobó la primera legislación que exigía receta obligatoria, pasando a dispensarse bajo prescripción médica. De ello informaba Diario de Ibiza el 25 de julio de ese año: “En España está terminante prohibida la venta de medicamentos fuera de las farmacias y en éstas solo puede hacerse con prescripción facultativa, por lo que se recuerda a los señores farmacéuticos el más exacto cumplimiento de las mismas, prohibiendo la venta del éter, cocaína y morfina sin la correspondiente receta que asegure un buen uso de los mismos”.

El endurecimiento normativo no erradicó, sin embargo, el acceso a estas drogas, sino que contribuyó a dotarlas de un aura de desafío y transgresión que reforzó su atractivo. En palabras de Canyelles, se construyó “una erótica asociada intrínsecamente a la prohibición y, con ello, al riesgo, la temeridad y la exclusividad”, emergiendo en paralelo una economía opaca vinculada al ámbito sanitario en la que médicos y farmacéuticos desempeñaban un papel clave: algunos profesionales se convirtieron en intermediarios indispensables, ya fuera a través de prescripciones complacientes o mediante el desvío irregular de preparados. El consumo de narcóticos comenzó a desplazarse hacia los espacios de ocio nocturno y locales de mala fama, donde se consolidó una cultura subterránea asociada al exceso y a lo prohibido, preludio del mercado ilegal y las estructuras de narcotráfico extendidas décadas después, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX con la irrupción a gran escala de la cocaína y la heroína.

El consumo de narcóticos comenzó a desplazarse hacia los espacios de ocio nocturno y locales de mala fama, donde se consolidó una cultura subterránea asociada al exceso y a lo prohibido, preludio del mercado ilegal y las estructuras de narcotráfico extendidas décadas después

La cocaína, una “terrible hada” de “maleficios incalculables”

A tenor de aquellas incipientes redes de contrabando, el 24 de junio de 1922 La Voz de Ibiza informaba de la venta fraudulenta de “ciertos alcaloides como la morfina, el opio y la cocoína a cuyo tráfico ilícito se dedican infinidad de personas”. La existencia del delito, señalaba, se reveló “por un incidente casual”: “El médico que asistia a un enfermo notó en éste los efectos de la cocaina que él no había recetado. La policía realizó investigaciones, deteniendo a cuatro individuos camareros de bar que se dedicaban a la venta fraudulenta de dicho alcaloide, incautándoles 150 gramos que halló en su poder”. Dos meses después, con motivo de las “proporciones” que estaba tomando la venta clandestina de cocaína, el mismo periódico publicaba un artículo que alertaba de las consecuencias que acarreaba el consumo de este “terrible veneno”: “Es una terrible hada, cuyos maleficios son incalculables. Nos referimos a la cocaína. Este veneno, que en medicina puede proporcionar grandes servicios, causa los daños más irreparables a la sociedad francesa contemporánea, generalizándose su uso en España”.

La noticia señalaba que su uso, limitado hasta entonces a “algunos intelectuales”, “hoy tiende a generalizarse entre todas las clases y en todas partes se clama contra esta calamidad, ya que no solamente arruina la salud, [sino] también la bolsa”. Y añadía: “Véase cómo la cocaína se importa de Alemania. A medida que el marco baja, sube el precio de estos polvos blancos. Al mismo tiempo que los alemanes envenenan al universo, ingresan bonitas cantidades de dinero”. En noviembre de ese mismo año, La Voz de Ibiza denunciaba de nuevo cómo “la gente bien de antaño” y “los nuevos ricos que acapararon oro sembrando hambre y contrabandeando vidas para sacudir su modorra buguesa [...] se reavivan inyectándose morfina o ingiriendo gránulos cocaínicos”. El artículo subrayaba un cambio de escala: las sustancias narcóticas habían dejado de ser patrimonio exclusivo de las clases privilegiadas y comenzaban a permear hacia otros estratos sociales, en un contexto de cambios sociales y aceleración urbana.

“Vicios de postín”: de los círculos médicos a la noche urbana

No en vano, la vida urbana, el ocio nocturno y la creciente movilidad internacional generaron un caldo de cultivo propicio para la circulación de narcóticos, aunque en Mallorca ésta estaba principalmente reservada a las clases más acomodadas, cada una de las cuales utilizaba sus propios rituales y espacios de consumo. Investigaciones históricas sitúan ya en las últimas décadas del siglo XIX la consolidación de rutas irregulares entre Barcelona y el archipiélago que facilitaron la entrada ilegal de opiáceos, especialmente morfina. Como señala Canyelles, las primeras detenciones, documentadas en prensa, archivos aduaneros y expedientes sanitarios, evidenciaban métodos de ocultación rudimentarios, pero eficaces: ampollas de vidrio escondidas en objetos de tocador o pequeños envases que iniciaban su recorrido en territorio francés antes de cruzar el Mediterráneo. La insularidad, lejos de actuar como barrera, funcionó como una ventaja logística para redes que operaban en los márgenes de la legalidad.

El tugurio donde “no se podía mirar”

En este contexto, el historiador reconoce las dificultades que entraña investigar determinados episodios de la Mallorca de entreguerras cuando se trata de espacios de ocio y sociabilidad vinculados a prácticas moralmente reprobables para la época. Sin embargo, diversas menciones en prensa y algunos testimonios permiten reconstruir el papel que habría ejercido entonces una sala “de dudosa fama” -como la describe el historiador en otra de sus obras, Tacats de desig- situada a las afueras de Palma: La Venta Eritaña. Enclavada en una antigua possessió conocida como 'Can Costals', en su interior no solo se bailaba y se bebía. También funcionaba como “prostíbulo de almacén de contrabando de opio y de morfina”, según señala, por su parte, el historiador Bartomeu Mestre i Sureda, quien en uno de sus artículos asevera que la droga habría sido “transportada por un submarino alemán, el comandante del cual estaba al servicio de en Verga” -apodo con el que era conocido March-.

Precisamente, el historiador Pere Ferrer, autor de obras como Contrabando, corrupción y estraperlo en Mallorca, 1939-1975 y Juan March: el hombre más misterioso del mundo, manifestó en una entrevista que la morfina que en la década de los veinte se consumía en Barcelona “salía de Mallorca” y cómo llegaba a la isla “a través de un proveedor alemán”, aseverando, con todo, que “el tráfico no fue a más, porque era un consumo selectivo que dejaba pocos beneficios”. Tales afirmaciones las recoge Canyelles en su reciente libro, en el que alude, además “a los contactos que jugó el célebre político y financiero mallorquín Joan March Ordinas (1880-1962) con la Armada del Imperio Austro-Húngaro durante los primeros días de la Primera Guerra Mundial”.

Enclavada en una antigua possessió conocida como 'Can Costals', en el interior de La Venta Eritaña no solo se bailaba y se bebía. También funcionaba como "prostíbulo de almacén de contrabando de opio y de morfina", según señala, por su parte, el historiador Bartomeu Mestre i Sureda

Más allá de la influencia o no que en este aspecto habría ejercido March, uno de los vestigios más claros de la actividad de la sala fueron los anuncios que publicó en su momento Der Herold, un semanario alemán que se editó en Mallorca entre los años 1933 y 1934 y que iba especialmente dirigido a las colonias germanas exiliadas en Mallorca con el auge del nazismo. Entre sus páginas podía leerse este anuncio: “La Venta Eritaña Cabaret. Freude-Tanz und schöne Frauen, ein Lokal von ganz besonderem Geschmack” (“Alegría, baile y mujeres hermosas, un local de gusto muy especial”).

En paralelo, una entrevista realizada por el historiador Llorenç Capellà a Ernest Felani, batería de Los Trashumantes -uno de los grupos que actuó en la sala-, revela que el local era frecuentado “por artistas y toreros” y que, “cuando comparecían determinadas personas”, los músicos debían tocar con los ojos vendados. Quienes no podían tocar de memoria, debían hacerlo “de espaldas al público”, un detalle que reforzaría la atmósfera de clandestinidad y tolerancia implícita que acompañaba a la sala y la idea de que en ella se habrían desarrollado prácticas que no debían ser vistas. Es en medio de este ambiente marcado por la discreción y los silencios compartidos donde historiadores como Mestre sitúan la figura de Juan March, no como protagonista visible, sino como una sombra recurrente asociada a los engranajes económicos que sostuvo.

La obra que encriptó el nombre de La Venta Eritaña

Albert Vigoleis -uno de los intelectuales germanos que se trasladaron a la mayor de las Balears tras el ascenso de Hitler al poder-, cuya obra La isla del segundo rostro se adentra en los entresijos de la noche palmesana de los años treinta, explica que, junto a su futura mujer, se alojó en un enclave llamado la Torre del Reloj, situado en una carretera que “conducía a Sóller”. Mestre i Sureda se muestra convencido, a partir de las descripciones topográficas ofrecidas por el escritor alemán a lo largo de más de 900 páginas, de que la sala a la que alude con este nombre no es otra que La Venta Eritaña, cuya ubicación sitúa al término de la calle 31 de diciembre de Palma y al inicio de la antigua carretera de Sóller, al igual que los anuncios de la época.

“En casa de unos amigos, oímos una historia de tono altamente romántico: a una media hora de distancia de la ciudad de Palma, se nos dijo, existía una finca misteriosa llamada la Torre del Reloj, que en realidad no era una verdadera hacienda agrícola, sino una serie de viejos edificios con una torre baja y ancha. Corrían de boca en boca los más extraños rumores”, describe Vigoleis. El personaje central y dueño de la casa es Arsenio, a quien el autor describe como “un secuaz de Juan March, una mezcla de viejo espadachín y pistolero del Oeste americano que, por lo que se decía, mantenía un burdel, que era al mismo tiempo taberna y posada para arrieros, negocios todos ellos que se avenían bien entre sí y bastante turbios”.

El autor no ahorra detalles: “Me parece llegado el momento de perder unas palabras sobre las actividades intrínsecas de la Torre del Reloj. Su apariencia de lugar de tránsito, fonda, comercio vinícola y cochera era sólo una cobertura. Arsenio había organizado allí un negocio genial de venta clandestina de opiáceos, que entraban de contrabando camuflados en paquetes de cigarrillos norteamericanos. Naturalmente no era un traficante independiente ni tampoco el hombre principal de las Baleares, aunque estaba dotado de todo aquello que caracteriza al patrón, tenía mirada de caudillo militar y, fundamentalmente, conocía a fondo la localidad y a sus gentes”. Acto seguido, relata que “la banda estaba dirigida por el célebre banquero Juan March, alias El Verga, apodo que la familia llevaba con honor y que se refería a la verga de toro con que domesticaban a sus piaras de cerdos”.

“Era el hombre más rico de España y uno de los más ricos de Europa, enrichi au su de toute l’Espagne par le fraude et la concussion, como dijo [George] Bernanos sobre él en su libro sobre la guerra civil española, que, todo hay que decirlo, fue ampliamente financiada por él. En la actualidad es más rico que nunca, según me han informado amigos españoles”, añade Vigoleis, quien, en otro pasaje, señala que “Juan March era el rey coronado de la isla, Arsenio el soberano sin corona”. Según el autor alemán, Arsenio no es March, pero éste habría actuado como su reflejo operativo presuntamente controlando el espacio, gestionando el contrabando, manteniendo relaciones con policías, carabineros y marinos y garantizando el funcionamiento cotidiano de una economía ilegal perfectamente engrasada.

Era el hombre más rico de España y uno de los más ricos de Europa, 'enrichi au su de toute l’Espagne par le fraude et la concussion', como dijo [George] Bernanos sobre él en su libro sobre la guerra civil española, que, todo hay que decirlo, fue ampliamente financiada por él. En la actualidad es más rico que nunca, según me han informado amigos españoles

Sobre la Torre del Reloj, la obra explica que fue, en origen, una finca llamada Can Costals, un antiguo nombre que había caído en desuso. “En nuestro establo-prostíbulo reinaba un ambiente de fiesta. Incluso un vendedor ambulante había montado un tenderete en el que ofrecía golosinas y pequeños regalos como los que gustan a las jovencitas que jamás se entregarían por dinero. En casa de Arsenio todo estaba previsto. Quien ama su alma debe igualmente cocer pasteles para su cuerpo”, narra Vigoleis, cuyo texto, a partir de los datos que ofrece sobre contactos internacionales, tráfico de estupefacientes y personajes extranjeros que desaparecen sin dejar rastro apuntaría, a juicio de Mestre, a que la Torre del Reloj habría funcionado como venta y posada vinculada al submundo del contrabando integrado en la órbita de Juan March.

Nombres ocultos ante la posible “persecución”

Al término de la obra, Vigoleis aclara que de sus personajes, “vivos o ya fallecidos, no puede hablarse de simple parecido” y señala que cada uno de ellos “figura con su propia imagen, sin sombras extrañas que la desfiguren”. A continuación, sin embargo, desliza que “es posible que se haya procedido a dar algunos retoques a la imagen para apartar al lector de la pista de su personalidad real, cuando de ello podrían esperarse persecuciones por poderosos grupos políticos o de algunos individuos aislados igualmente poderosos”.

Al término de la obra, Vigoleis aclara que de sus personajes, "vivos o ya fallecidos, no puede hablarse de simple parecido", aunque desliza que "es posible que se haya procedido a dar algunos retoques a la imagen para apartar al lector de la pista de su personalidad real, cuando de ello podrían esperarse persecuciones por poderosos grupos políticos o de algunos individuos aislados igualmente poderosos"

Este tipo de testimonios, subraya Canyelles en declaraciones a este periódico, permiten inferir qué tipo de ambiente se respiraría en determinados locales como La Venta Eritaña: “Supuestamente se hacían allí cosas un poco comprometedoras o actitudes moralmente reprobables”, explica. En esta línea, incide en cómo determinadas estructuras económicas y redes clandestinas habrían facilitado la circulación de sustancias, si bien apela a la cautela a la hora de hablar de responsabilidades directas. “No se puede afirmar que March hiciese allí explícitamente negocio de esto”, asevera respecto a La Venta Eritaña.

Este tipo de testimonios, subraya Canyelles, permiten inferir qué tipo de ambiente se respiraría en determinados locales como La Venta Eritaña: "Supuestamente se hacían allí cosas un poco comprometedoras o actitudes moralmente reprobables”, explica, aludiendo a cómo determinadas estructuras económicas y redes clandestinas habrían facilitado la circulación de opiáceos

Asimismo, emplaza a no perder de perspectiva que el consumo de drogas en aquel momento era “muy minoritario, especialmente entre la población local entonces”, aunque apunta a “factores incontrolables que hacían que ciertos espacios fuesen propicios para poder consumir”. El investigador enmarca el incremento de la producción y el consumo de opiáceos -tanto en Mallorca como en otros lugares- en un contexto europeo marcado por la violencia de la Gran Guerra: “Después del gran trauma psicológico de la guerra y de un momento de sufrimiento, era normal que la gente tuviera ganas de celebrar la vida, de ahí esa concepción de los felices años veinte y la visión que tenemos de París, del Charleston...”.

En esta misma línea, alude a las consecuencias físicas del conflicto bélico: “Dejó a muchas personas mutiladas y con otras secuelas. La gente necesitaba elementos para aligerar el dolor no solo mental, sino el puramente físico, lo que provoca que se incremente la presencia de la morfina. Fue un momento en que se empezó a producir de forma clandestina, en el que comenzó a haber laboratorios en ciertos lugares y en el que empezó a haber una mayor accesibilidad”.

La historia de La Venta Eritaña no habla solo de drogas ni de un local concreto, sino de una época en la que el poder económico, la tolerancia social y el silencio compartido habrían permitido que determinadas prácticas se integraran sin estridencias en la vida nocturna de la isla. Reconstruir ese pasado permite entender cómo Mallorca aprendió pronto a convivir con aquello que no se nombraba. Y cómo, en muchos casos, mirar hacia otro lado también fue una forma de poder.