El taller subterráneo donde los marineros trabajan gratis para salvar las barcas tradicionales de Menorca
El viejo Camí Verd no es tan verde como propone su nombre. Durante el verano de Menorca es un camino sinuoso rodeado de campos y pared seca que conecta Maó y Sant Lluís por rutas alternativas, viejas, carreteras de tránsito lento y calor sofocante. Es necesario recorrerlo hasta su desembocadura en la zona alta del Puerto de Maó para llegar a la Pedrera de Robadones, una antigua cantera de marés donde se almacenan, desde hace casi tres décadas, decenas de embarcaciones históricas y típicas de Menorca: es el taller de la Associació Amics de la Mar.
“La asociación se fundó en 1997 para proteger el patrimonio y la cultura marinera de Menorca y con la idea de enfocarnos en las embarcaciones tradicionales, los oficios vinculados al mar, las formas de navegar de aquí, las formas de pescar y de relacionarnos con el mar”, explica Jose Mari Zardoya, integrante de la Junta Directiva, quien no oculta su preocupación por el futuro de la navegación tradicional en el Puerto de Maó. “Ahora sólo se buscan barcas rápidas, de motores enormes. Eso no es navegar”, lamenta este navarro afincado en Menorca que mantiene las maneras –a un tiempo toscas y tiernas– de un viejo profesor de secundaria ya jubilado.
“Atiende”, exige con ímpetu a los turistas que pasean despistados entre el centenar de embarcaciones que duermen, algunas semi cubiertas con lonas, en las entrañas subterráneas de la cantera. Robadones es una caverna de 5.000 metros cuadrados que se hunde en la roca del levante insular y que conserva, además de embarcaciones, cientos de herramientas, motores antiguos y todo tipo de elementos vinculados a los oficios tradicionales del mar.
“No pretendemos crear un museo convencional, sino mantener vivo un patrimonio que, de otro modo, se perdería. Cuando la actual junta asumió la gestión nos encontramos con años de abandono acumulado y tuvimos que retirar toneladas de residuos y escombros para recuperar el espacio. Hoy seguimos siendo pocas personas activas, así que avanzamos poco a poco, haciendo todo lo que está en nuestras manos”, cuenta Zardoya. Añade que la pedrera debe su nombre a una vieja leyenda local según la cual en el predio que rodea la cantera vivía un ladrón de joyas y ajuares de mujer.
Una temperatura perfecta
Las columnas de marés que funcionan como vigas ciclópeas tienen las marcas de viejas perforaciones mineras que abastecieron de piedra a los pueblos colindantes de Maó y Es Castell. Emergen de la tierra como dedos calcáreos que llegan a medir hasta 12 metros de altura y se distribuyen irregularmente por el espacio. Aquí y allá viejos pescadores trabajan la madera, pintan, encalan, cosen velas y cuentan que la cantera tiene su propio microclima y permanece a unos 15º, “sea invierno o verano”. Esta regulación natural permite el excepcional estado de conservación en que están las embarcaciones, que están hechas, en su inmensa mayoría, de pino de Menorca, talado en un momento concreto del año, calafateado y montado con especial cuidado por manos expertas hace, en algunos casos, más de un siglo.
La cantera tiene su propio microclima y permanece a unos 15º. Esta regulación natural permite el excepcional estado de conservación en que están las embarcaciones, que están hechas, en su inmensa mayoría, de pino de Menorca
“Todo lo que hay en Robadones es el resultado de miles de horas de trabajo voluntario. Tenemos barcos que llevan décadas aquí y siguen prácticamente igual que el primer día. Si hubieran estado expuestos al sol y a la intemperie, muchos ya habrían desaparecido”, continúa Zardoya mientras repasa los nombres de las embarcaciones como quien pasa lista en clase, enumerando a los presentes y a los ausentes con o sin aviso.
Todo lo que hay en Robadones es el resultado de miles de horas de trabajo voluntario. Tenemos barcos que llevan décadas aquí y siguen prácticamente igual que el primer día. Si hubieran estado expuestos al sol y a la intemperie, muchos ya habrían desaparecido
El protocolo para recuperar embarcaciones siempre comienza con una llamada. Alguien, en algún punto de Menorca, se pone en contacto con Amics de la Mar y ofrece un llaüt, un esquife o un bote de regata que, casi siempre, se pudre en algún predio olvidado o en el garaje de alguna casa de veraneo familiar. “Nos llaman y nosotros nos ponemos en marcha, buscamos la embarcación, evaluamos el estado, si es posible, lo traemos aquí y lo restauramos, luego escribimos la ficha con toda la información disponible”, cuenta Paco Bosch, uno de los miembros fundadores de Amics de la Mar y reconocido marinero casi centenario que, desde hace décadas, se dedica a recrear llaüts y embarcaciones históricas en miniatura.
“Cada barco tiene un árbol genealógico. Por ejemplo este, de nombre Barlovent, es un bote de 20 palmos hecho en Maó en 1922 por el maestro de ribera Antoni Taltavull conocido como ”s'obercoc“. Antes de su primer traspaso se llamó Marta Molière y la patrona era Clara Aguiló Valls que lo compró por la cantidad de setecientas cincuenta pesetas y le cambió el nombre por el de Reina II y finalmente cambió al nombre actual. Arbola vela latina y copo”, ejemplifica Zardoya detenido frente a una barca restaurada situada a pocos metros de una claraboya por donde se filtra la luz solar y evidencia la ficha de cada barca colocada sobre la pared.
Un puerto sin velas latinas
En estos días el puerto de Maó vive una creciente tensión entre su función económica y turística y su papel histórico como espacio de convivencia, trabajo y cultura marinera. Así lo resume Paco Bosch mientras continúa sentado en su taller de miniaturista señalando orgulloso los detalles de una réplica a escala del navío de línea del siglo XVIII San Juan Nepomuceno. “El Puerto no fue siempre así. Supo ser un espacio de trabajo, de calafateo, de redes y pescadores. También de ocio y esbarjo para los habitantes de la ciudad. Da un poco de tristeza ver que ahora sólo hay espacio para charters y mega yates”, relata Bosch.
El Puerto no fue siempre así. Supo ser un espacio de trabajo, de calafateo, de redes y pescadores. También de ocio y esbarjo para los habitantes de la ciudad. Da un poco de tristeza ver que ahora sólo hay espacio para charters y mega yates
La falta de amarres es la principal limitación que las asociaciones de marineros y pescadores de artes menores encuentran a la hora de acceder al Puerto. Con todo, la rada de Maó mantiene actualmente 598 amarres de gestión pública, esto es el 35% de los 1.674 amarres totales. Asimismo, a principios de 2026 se conoció que la nueva concesión de la Ribera Norte del puerto contempla la posibilidad de pasar de 52 a 168 amarres en la zona de la Illa del Rei, lo cual ha generado esperanzas –y algunas dudas– entre las asociaciones.
“Llevamos décadas reclamando espacios en el puerto para poder poner en el agua las embarcaciones que restauramos. Sin amarres, gran parte de este patrimonio queda condenado a permanecer en tierra. Es cierto que la administración siempre mantiene el diálogo abierto, hemos tenido reuniones y les hemos planteado nuestras necesidades, pero la realidad es que las prioridades finalmente suelen dirigirse hacia actividades más rentables económicamente. Nosotros no necesitamos grandes infraestructuras; necesitamos que se reconozca que estas embarcaciones también forman parte de la vida del puerto y que merecen un espacio”, reflexiona Zardoya.
Desde Amics de la Mar explican que muchas de las embarcaciones que custodian son piezas únicas, algunas con más de un siglo de antigüedad, vinculadas a formas de navegación tradicionales como la vela latina. Consideran que estos barcos constituyen mucho más que un patrimonio material, ya que conservan la memoria de los pescadores, carpinteros de ribera y marineros que dieron forma a la identidad marítima de Menorca. Por ello, advierten de que cada vez que desaparece una de estas embarcaciones no sólo se pierde un objeto histórico, sino también una parte de la memoria colectiva de la isla.
“Durante años hemos recuperado embarcaciones que estaban abandonadas en cuevas, fincas o almacenes, muchas veces gracias al aviso de familiares que no sabían qué hacer con ellas. En ocasiones llegamos justo a tiempo para evitar que fueran destruidas. Recuerdo especialmente el caso de una embarcación tradicional cuyo propietario se vio obligado a cortarla con una motosierra para cumplir con una política que exigía inutilizar los barcos retirados de la actividad pesquera. Son historias que muestran hasta qué punto el patrimonio marítimo puede desaparecer si nadie lo protege”, concluye Zardoya.
Durante años hemos recuperado embarcaciones que estaban abandonadas en cuevas, fincas o almacenes, muchas veces gracias al aviso de familiares que no sabían qué hacer con ellas. En ocasiones llegamos justo a tiempo para evitar que fueran destruidas. Recuerdo especialmente el caso de una embarcación tradicional cuyo propietario se vio obligado a cortarla con una motosierra
Para varios de estos marineros una barca tradicional no es una pieza decorativa. Es una forma de relacionarse con el mar, un conjunto de conocimientos, oficios y experiencias transmitidos entre generaciones. Varios de ellos lamentan que a la juventud menorquina ya no le interese salir a navegar en uno de estos llaüts.
“No estamos haciendo una recreación histórica; estamos manteniendo viva una cultura que ha formado parte de Menorca durante siglos. Por eso defendemos que la conservación del patrimonio marítimo y la existencia de amarres sociales son dos cuestiones inseparables. Si las embarcaciones tradicionales no pueden estar en el agua y si la gente de aquí pierde el acceso al puerto, la cultura marinera acaba convirtiéndose en un recuerdo”, insiste Bosch en su reclamo de mar y de memoria.