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Viajeros a la búsqueda de tesoros: “Todo empezó porque mi marido se compró un GPS para el coche”

La primera pista no es una dirección. Tampoco un nombre de lugar. Son unas coordenadas. Una sucesión de números que obliga a sacar el móvil, abrir el GPS y dejar que el mapa marque el camino. Es una forma apropiada de empezar un reportaje sobre geocaching porque, en realidad, casi todo comienza así. Antes incluso de saber qué se está buscando, el juego ya ha despertado la curiosidad. Las coordenadas conducen hasta el lugar donde ese domingo se celebra uno de los encuentros de la comunidad geocacher de Mallorca. No hay premios ni competiciones. Tampoco una salida organizada para buscar escondites. Los participantes han acudido para hablar de ellos. Intercambian anécdotas, comentan viajes, resuelven dudas y ponen rostro a nombres de usuario con los que llevan años coincidiendo en internet. La escena podría confundirse con la reunión de cualquier asociación excursionista si no fuera porque aquí las conversaciones giran alrededor de enigmas, coordenadas, recipientes o contenedores escondidos y lugares secretos repartidos por medio mundo.

Porque eso es el geocaching: un juego nacido a comienzos de este siglo que consiste en localizar pequeños recipientes ocultos —los llamados geocachés o cachés— mediante unas coordenadas GPS. Los esconden otros aficionados de forma voluntaria para que cualquiera pueda encontrarlos siguiendo las pistas y respetando una regla esencial: una vez descubierto el tesoro, hay que dejarlo exactamente en el mismo lugar para que el siguiente jugador pueda vivir la misma experiencia.

Una vez descubierto el tesoro, hay que dejarlo exactamente en el mismo lugar para que el siguiente jugador pueda vivir la misma experiencia

Hay millones de geocachés repartidos por todo el planeta. Algunos apenas guardan una tira de papel donde escribir el nombre del visitante; otros incluyen pequeños objetos de intercambio y unos pocos se han convertido en auténticas obras de ingeniería que obligan a resolver acertijos o abrir candados antes de acceder al escondite. Pero quienes llevan años practicando esta actividad coinciden en una idea: el verdadero tesoro casi nunca está dentro de la caja. Lo importante es el camino.

Entre los asistentes está Eva. Junto a su marido y sus dos hijos forma Myotragus, uno de los grupos más veteranos de Mallorca. Bajo ese nombre firman todos los geocachés que encuentran, una costumbre habitual entre muchas familias españolas. Cuando empezaron, sus hijos tenían once y trece años; hoy ya han cumplido veinticinco y veintisiete y, aun habiendo cogido ya vuelo propio, siguen organizando buena parte de sus viajes alrededor del mapa de geocachés del destino que visitan.

“Todo empezó porque mi marido se compró un GPS para hacer rutas con el coche”, recuerda. “Buscando información encontró el geocaching y pensamos que podía ser una actividad divertida para hacer los cuatro juntos. Probamos un día y ya nunca hemos dejado de hacerlo”. Lo que comenzó como una curiosidad tecnológica terminó convirtiéndose en una forma distinta de viajar.

“Hay de todas las medidas, tamaños y colores”

La imagen más conocida del geocaching es la de una pequeña caja escondida bajo una piedra o entre unas ramas. Pero basta hablar unos minutos con Eva para descubrir que ese tópico solo representa una parte de este universo. “Hay de todas las medidas, tamaños y colores. Y muchos están tan bien camuflados que puedes pasar delante veinte veces sin darte cuenta. Esa es parte de la gracia”, apostilla.

Hay tesoros de todas las medidas, tamaños y colores. Y muchos están tan bien camuflados que puedes pasar delante veinte veces sin darte cuenta. Esa es parte de la gracia

Todos contienen, al menos, un libro de registro o logbook, donde quien los encuentra deja su nombre antes de volver a esconder el recipiente exactamente en el mismo lugar. Después, el hallazgo también queda registrado en la página oficial del geocaching. Algunos escriben únicamente un “encontrado, gracias”; otros aprovechan para relatar la experiencia o describir el paisaje descubierto. Los recipientes de mayor tamaño incluyen además objetos de intercambio. “Es parte del juego”, resume Eva, quien remarca que, si está indicado, “la caja debe seguir igual para la siguiente persona”. Esa filosofía colaborativa sostiene una comunidad formada por millones de aficionados en todo el mundo.

Mucho más que seguir unas coordenadas

Quien piense que el geocaching consiste únicamente en caminar hasta un punto marcado por el GPS se equivoca. Los más habituales son los llamados tradicionales o tradis, como los llama Eva, en los que las coordenadas conducen directamente al escondite. Pero existen muchas más modalidades. Los mystery obligan a resolver un acertijo antes de salir de casa; los multi requieren recorrer varias etapas recogiendo pistas, y los letterbox, inspirados en los antiguos buzones de sellos, pueden desarrollarse incluso dentro de un museo.

Los mystery obligan a resolver un acertijo antes de salir de casa; los multi requieren recorrer varias etapas recogiendo pistas, y los letterbox, inspirados en los antiguos buzones de sellos, pueden desarrollarse incluso dentro de un museo

También cambia el tamaño de los recipientes. Los nano apenas permiten guardar una estrecha tira de papel; y los micro suelen ser pequeños tubos o antiguos carretes fotográficos. Pero Eva asegura que también ha encontrado escondites del tamaño de una habitación: “Hay algunos espectaculares. Entras porque antes has resuelto una clave, abres un candado y dentro encuentras una especie de escape room. Lo que recuerdas es toda la experiencia”.

Hay algunos escondites espectaculares. Entras porque antes has resuelto una clave, abres un candado y dentro encuentras una especie de escape room. Lo que recuerdas es toda la experiencia

Viajar más despacio

Si hay una idea que Eva repite durante la conversación es que el geocaching ha cambiado por completo su manera de viajar: “Ahora no vamos a un sitio solo para ver el monumento más famoso. Buscamos lugares que alguien ha querido enseñar porque considera que merecen la pena”. Y es que las coordenadas conducen con frecuencia hasta miradores poco conocidos, torres defensivas, senderos, calas escondidas o elementos patrimoniales que suelen pasar desapercibidos. “Si hay un sitio de tu ciudad que te gusta especialmente y quieres enseñárselo a otras personas, colocas allí un geocaché”, comenta. El escondite se convierte así en una excusa para descubrir el lugar.

Si hay un sitio de tu ciudad que te gusta especialmente y quieres enseñárselo a otras personas, colocas allí un geocaché

Eso fue lo que hizo Myotragus cuando escondió uno de sus geocachés en la ermita de Betlem, en el municipio de Artà. “Muchas veces el valor de un geocaché está en el recorrido que haces para llegar hasta él”. Por eso los usuarios pueden otorgar puntos de favoritos a los escondites que más les sorprenden, muchas veces por el entorno más que por la dificultad, como en la ruta que nos lleva hasta la Cova de ses Crestes, un recorrido muy valorado por combinar un enclave poco conocido con un camino atractivo.

Con el paso de los años, el geocaching ha dejado de ser solo una búsqueda de recipientes escondidos. Buena parte de la comunidad ha apostado por convertir cada recorrido en una experiencia divulgativa. Es el caso de los earthcache, donde no existe ninguna caja física. El objetivo consiste en visitar un lugar de interés geológico, observar el entorno y responder una serie de preguntas antes de registrar la visita en la página oficial.

Eva reconoce que es una de las modalidades que más le ha enseñado. “Yo misma he aprendido muchísimo sobre fósiles. Antes pensaba que solo estaban en los museos. Ahora voy caminando y me fijo en las piedras de los edificios o incluso en el suelo porque muchas veces encuentras conchas o restos marinos”, explica. Y es que, para ella, ese cambio de mirada resume buena parte del atractivo del geocaching: “Aprendes sin darte cuenta. Y eso termina enganchando”.

El Myotragus y los tsunamis

La divulgación también forma parte de los cachés que Myotragus tiene actualmente en Mallorca. Uno está dedicado al Myotragus balearicus, el mamífero prehistórico que da nombre al grupo, y propone identificar su huella y conocer mejor la historia natural del archipiélago. Otro es un earthcache y está centrado en los antiguos tsunamis documentados en Mallorca para explicar cómo dejaron huella en el paisaje local. “Nos gusta que la gente se vaya de nuestro entorno habiendo aprendido algo. Cuando escondes un geocaché también decides qué quieres enseñar”, cuenta.

Aun con todo, no todos los retos se resuelven caminando. Algunos empiezan mucho antes de salir de casa y exigen horas de investigación o lógica. Son los mystery, probablemente la modalidad más compleja. Myotragus consiguió completar uno de esos desafíos junto a la familia de Joan Cànaves, también acérrimos seguidores de esta práctica. Tras resolver una veintena de enigmas enlazados, el premio esperaba en París. “Fue una satisfacción enorme. No porque hubiera un gran tesoro, sino por todo el trabajo que había detrás”, dice Eva.

Todos los geocachés cuentan con una doble valoración: una mide la dificultad del terreno y otra la complejidad intelectual del reto, lo que permite elegir desde un sencillo paseo hasta un desafío que puede prolongarse durante semanas. Pero Eva insiste en que el espíritu del geocaching poco tiene que ver con la competición y que “aquí nadie gana a nadie”. Y es que cada uno se pone sus propios retos: “Lo bonito no es tener más geocachés encontrados que otra persona, sino descubrir un lugar nuevo o resolver un misterio que parecía imposible”.

Una comunidad que también se reúne

En Mallorca hay alrededor de 2.800 cachés. Mientras, en España, 105.000, y en Alemania, uno de los grandes referentes europeos, ronda los 440.000. Ese peso alemán también se nota en la isla, ya que aproximadamente la mitad de los geocachers extranjeros que la visitan proceden de ese país. Muchos planifican sus vacaciones consultando antes el mapa de escondites y organizan sus rutas en función de los geocachés mejor valorados.

En Mallorca hay alrededor de 2.800 cachés. Mientras, en España, 105.000, y en Alemania, uno de los grandes referentes europeos, ronda los 440.000

El encuentro celebrado el pasado domingo en Mallorca no consistía en salir a buscar geocachés. Era, en sí mismo, otro tipo de geocaché. Dentro de la clasificación oficial existe la categoría Evento, una modalidad que reúne a aficionados para compartir experiencias y poner rostro a nombres de usuario.

La cita estuvo organizada por los equipos Paradoxs y Chotón. Durante unas horas no hubo que resolver enigmas ni encontrar recipientes escondidos. Bastó con hablar de viajes, rutas, anécdotas y futuros proyectos. Allí, uno de los protagonistas fue el Geofunzine que ambos elaboran desde hace un tiempo y que ya alcanza su cuarta edición. El primer número estuvo dedicado a los earthcache y desde entonces ha ido incorporando artículos divulgativos, humor, pasatiempos y relatos de viajes.

Un juego con sus propias reglas

Todos los escondites deben guardar una distancia mínima de 160 metros entre sí. Además, la plataforma distingue entre usuarios gratuitos y premium. La versión de pago, de unos 30 euros anuales, permite acceder a determinados geocachés reservados por sus propietarios para jugadores con mayor experiencia.

Los encuentros también se clasifican según el número de asistentes. Los Mega Eventos reúnen a más de 500 participantes y los Giga superan los 5.000. Mallorca, con Eva, Paradoxs, Chotón y otros equipos, ya trabaja con el objetivo de organizar en 2028 su propio Mega Evento.

Después de pasar varias horas con los participantes del encuentro resulta evidente que el geocaching tiene poco que ver con coleccionar cajas escondidas. Las conversaciones hablan de senderos, fósiles, acertijos y amistades nacidas durante un viaje; casi nunca del contenido de un recipiente.

Cuando termina el encuentro y cada participante guarda el GPS en el bolsillo, las coordenadas recuperan el significado con el que empezaba esta historia. Ya no son solo una sucesión de números. Son una invitación a caminar sin prisas, detenerse donde normalmente nadie se detiene y mirar dos veces aquello que la mayoría pasa por alto. Porque, como resume Eva antes de despedirse, “el mejor tesoro nunca está dentro de la caja; está en todo lo que descubres mientras la buscas”.