ANÁLISIS

¿Se le puede llamar comunidad internacional si excluye a África, Asia y Latinoamérica?

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Un discurso de Volodímir Zelenski por videoconferencia ha sido en los últimos meses una cita especial en varios parlamentos europeos, al igual que lo fue en la cumbre de la OTAN en Madrid. El Gobierno ucraniano llevaba varios meses intentando organizar una intervención similar con los jefes de Estado africanos hasta que lo consiguió hace unas semanas. El fracaso fue evidente.

La noticia, como muchas de las que tienen lugar en África, pasó desapercibida. Solo cuatro líderes del continente sobre un total de 55 asistieron a esa cumbre telemática del 20 de junio para escuchar a Zelenski. Fueron los presidentes de Senegal, Costa de Marfil y Congo, además del líder del Consejo Presidencial libio, reconocido como Gobierno del país por Naciones Unidas. Los demás Estados estuvieron representados por ministros o embajadores.

La web de la Unión Africana no anunció la celebración del discurso. Macky Sall, jefe de Estado de Senegal y actual presidente de la Unión Africana, publicó al menos un tuit para dar cuenta del acto en el que destacó que “África sigue comprometida con el respeto de las normas del Derecho internacional, la resolución pacífica de conflictos y la libertad de comercio”.

Es habitual entre los dirigentes europeos y norteamericanos escuchar que toda la comunidad internacional está en contra de la invasión de Ucrania. Eso supone dejar fuera a casi toda África, Asia y Latinoamérica, donde se aprecian distintos grados de neutralidad. El Sur desconfía de las motivaciones del Norte. Boris Johnson dijo el viernes que la guerra “no es un conflicto de Rusia contra la OTAN”, como quiere presentarlo el Gobierno ruso. Sin embargo, eso es lo que piensan muchos países del Sur, que ven con alarma el regreso de una nueva Guerra Fría en la que ellos harán el papel de peones de las superpotencias, como ocurrió en la anterior.

Muchos de esos gobiernos son dictaduras o sistemas políticos autoritarios, pero no todos. El presidente de Suráfrica ha sido especialmente activo a la hora de destacar la responsabilidad de Occidente. “La guerra podría haberse evitado si la OTAN hubiera escuchado los avisos planteados por sus propios líderes durante años cuando decían que la expansión hacia el Este provocaría una mayor inestabilidad en la región”, dijo Cyril Ramaphosa el 17 de marzo. No aprobó la invasión decidida por Putin, pero insistió en que la única salida es el diálogo: “Gritar no servirá para poner fin al conflicto”.

La Asamblea General de la ONU votó en marzo con una clara mayoría a favor de la condena de la invasión. 141 países dieron el sí a la resolución, aunque un número significativo de países, 34, se abstuvo. Entre ellos, estaban China, India, Argelia, Bangladesh, Congo, Irak, Pakistán y Suráfrica. En una votación posterior para expulsar a Rusia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU –salió adelante con 93 votos– el número de abstenciones aumentó hasta 58 y los votos en contra fueron 24.

“Washington cree que esta guerra se ganará en Occidente, pero el Kremlin cree que se ganará en el Este y el Sur global”, dijo al NYT Michael Williams, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Syracuse.

En Europa y EEUU, no pasa un día sin que los ciudadanos escuchen que la guerra será larga. Los políticos intentan que sean conscientes de los sacrificios económicos que serán ineludibles. En el Sur el gran temor no procede de la pérdida de poder adquisitivo, sino de la pobreza y de la amenaza real de una hambruna que pondría en riesgo la vida de decenas de millones de personas. O de la inestabilidad que causará el aumento de precios y del peligro de que algunos gobiernos no sobrevivan a la tensión social, como está ocurriendo en Sri Lanka.

No tienen el lujo de esperar durante mucho tiempo a que una guerra de desgaste convenza a sus participantes de la necesidad de poner fin al conflicto.

El 85% del trigo que necesita el África subsahariana es importado. Egipto es el país del mundo que más trigo importa y depende en un 80% de Ucrania y Rusia. El 30% del trigo mundial y el 75% del aceite de girasol procede de ambos países. Setenta millones de egipcios sobreviven gracias a la compra de pan subvencionado por el Gobierno. Muchos países del Tercer Mundo se encuentran en una situación similar. Lo mismo en el caso de su dependencia de la importación de fertilizantes.

Las sanciones a Moscú impuestas por Occidente han agravado la situación. A los problemas para importar grano y alimentos de Rusia, se une la cuestión del pago. “Después de que el sistema Swift quedara alterado (por la expulsión de Rusia), incluso si el producto existe, el pago se hace muy complicado, cuando no imposible”, lamentó el presidente Sall de Senegal a finales de mayo en una cumbre de la UE con la Unión Africana.

“Cuando los elefantes luchan, es la hierba la que sufre”, dice un conocido refrán africano que lleva usándose durante décadas. Fue muy empleado en la Guerra Fría para resaltar que África y Asia sufrían las peores consecuencias al adscribirse a uno de los bloques enfrentados. Es un cálculo que vuelve a tener sentido ahora.

Varios aliados tradicionales de Estados Unidos han decidido que necesitan diversificar riesgos. En Oriente Medio, Arabia Saudí e Israel se han negado a suscribir las sanciones. En Asia, Tailandia ya ha realizado maniobras militares conjuntas con el Ejército chino y continúa comprando crudo ruso. Indonesia será el anfitrión de la próxima cumbre del G20 en noviembre y de momento ya ha enviado una invitación para que Putin pueda asistir. La influencia china se ha incrementado en toda Asia y varios países que estaban firmemente enclavados en el bloque antisoviético hace décadas tienen actualmente otras opciones para orientar su política exterior.

India ha multiplicado por cinco su importación de petróleo ruso aprovechándose de importantes descuentos que han llegado hasta el 35% del precio original. El alto número de refinerías indias emplea ese crudo para aumentar su exportación de gasolina y diésel a todo el mundo, incluidos los mismos países occidentales que han impuesto las sanciones a Moscú. Descubrir el origen del crudo del que se obtuvo el combustible es prácticamente imposible.

Washington comienza a ser consciente de que el Sur no ha comprado su relato sobre la guerra de Ucrania ni la respuesta adoptada por Occidente. Por eso, la última cumbre del G7 prometió el 27 de junio crear un fondo de 4.500 millones de dólares con el objetivo de afrontar la crisis de la seguridad alimentaria en el planeta. EEUU aportará la mitad de la cantidad total y la sacará de los 40.000 millones aprobados por el Congreso en mayo para ayudar a Ucrania.

Si los europeos han admitido que no pueden poner fin de golpe a sus importaciones de gas y petróleo rusos, africanos y asiáticos se preguntan por qué ellos tienen que dejar de importar productos esenciales con los que alimentar a sus poblaciones. O pagar precios exorbitados a causa de una guerra que no tiene nada que ver con ellos. ¿Son más importantes las empresas alemanas que los estómagos de los africanos?

El discurso de la soberanía y la integridad territorial de las naciones es aceptado en todo el mundo. No tanto si se relaciona con la defensa de unos valores democráticos, como se ha hecho en la cumbre de la OTAN. Muchos se preguntan por el doble rasero evidente en la rápida reacción de los países occidentales ante la invasión de Ucrania y su actitud pasiva cuando Arabia Saudí y Emiratos destruyeron Yemen en los últimos años en una guerra que sólo muy recientemente ha dejado atrás sus capítulos más cruentos.

La guerra ha vuelto a cuestionar el concepto de “comunidad internacional”, tan habitual en los discursos de los políticos occidentales. Hasta el punto de que deja fuera a más de dos terceras partes de la humanidad.

“Occidente no es el mundo y el mundo no es Occidente. Es increíble que haya que hacer hincapié en esa obviedad”, ha escrito Edward Luce, columnista del Financial Times. Africanos, árabes y latinoamericanos saben que cuando hay un conflicto entre los ideales de EEUU y sus intereses son los segundos los que prevalecen, escribe Luce.

Ese es otro dato incontestable. Quizá los países del Sur estén haciendo ahora lo mismo que Europa y EEUU han hecho durante décadas. Han tenido buenos maestros.

Un discurso de Volodímir Zelenski por videoconferencia ha sido en los últimos meses una cita especial en varios parlamentos europeos, al igual que lo fue en la cumbre de la OTAN en Madrid. El Gobierno ucraniano llevaba varios meses intentando organizar una intervención similar con los jefes de Estado africanos hasta que lo consiguió hace unas semanas. El fracaso fue evidente.

La noticia, como muchas de las que tienen lugar en África, pasó desapercibida. Solo cuatro líderes del continente sobre un total de 55 asistieron a esa cumbre telemática del 20 de junio para escuchar a Zelenski. Fueron los presidentes de Senegal, Costa de Marfil y Congo, además del líder del Consejo Presidencial libio, reconocido como Gobierno del país por Naciones Unidas. Los demás Estados estuvieron representados por ministros o embajadores.

La web de la Unión Africana no anunció la celebración del discurso. Macky Sall, jefe de Estado de Senegal y actual presidente de la Unión Africana, publicó al menos un tuit para dar cuenta del acto en el que destacó que “África sigue comprometida con el respeto de las normas del Derecho internacional, la resolución pacífica de conflictos y la libertad de comercio”.

Es habitual entre los dirigentes europeos y norteamericanos escuchar que toda la comunidad internacional está en contra de la invasión de Ucrania. Eso supone dejar fuera a casi toda África, Asia y Latinoamérica, donde se aprecian distintos grados de neutralidad. El Sur desconfía de las motivaciones del Norte. Boris Johnson dijo el viernes que la guerra “no es un conflicto de Rusia contra la OTAN”, como quiere presentarlo el Gobierno ruso. Sin embargo, eso es lo que piensan muchos países del Sur, que ven con alarma el regreso de una nueva Guerra Fría en la que ellos harán el papel de peones de las superpotencias, como ocurrió en la anterior.

Muchos de esos gobiernos son dictaduras o sistemas políticos autoritarios, pero no todos. El presidente de Suráfrica ha sido especialmente activo a la hora de destacar la responsabilidad de Occidente. “La guerra podría haberse evitado si la OTAN hubiera escuchado los avisos planteados por sus propios líderes durante años cuando decían que la expansión hacia el Este provocaría una mayor inestabilidad en la región”, dijo Cyril Ramaphosa el 17 de marzo. No aprobó la invasión decidida por Putin, pero insistió en que la única salida es el diálogo: “Gritar no servirá para poner fin al conflicto”.

La Asamblea General de la ONU votó en marzo con una clara mayoría a favor de la condena de la invasión. 141 países dieron el sí a la resolución, aunque un número significativo de países, 34, se abstuvo. Entre ellos, estaban China, India, Argelia, Bangladesh, Congo, Irak, Pakistán y Suráfrica. En una votación posterior para expulsar a Rusia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU –salió adelante con 93 votos– el número de abstenciones aumentó hasta 58 y los votos en contra fueron 24.

“Washington cree que esta guerra se ganará en Occidente, pero el Kremlin cree que se ganará en el Este y el Sur global”, dijo al NYT Michael Williams, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Syracuse.

En Europa y EEUU, no pasa un día sin que los ciudadanos escuchen que la guerra será larga. Los políticos intentan que sean conscientes de los sacrificios económicos que serán ineludibles. En el Sur el gran temor no procede de la pérdida de poder adquisitivo, sino de la pobreza y de la amenaza real de una hambruna que pondría en riesgo la vida de decenas de millones de personas. O de la inestabilidad que causará el aumento de precios y del peligro de que algunos gobiernos no sobrevivan a la tensión social, como está ocurriendo en Sri Lanka.

No tienen el lujo de esperar durante mucho tiempo a que una guerra de desgaste convenza a sus participantes de la necesidad de poner fin al conflicto.

El 85% del trigo que necesita el África subsahariana es importado. Egipto es el país del mundo que más trigo importa y depende en un 80% de Ucrania y Rusia. El 30% del trigo mundial y el 75% del aceite de girasol procede de ambos países. Setenta millones de egipcios sobreviven gracias a la compra de pan subvencionado por el Gobierno. Muchos países del Tercer Mundo se encuentran en una situación similar. Lo mismo en el caso de su dependencia de la importación de fertilizantes.

Las sanciones a Moscú impuestas por Occidente han agravado la situación. A los problemas para importar grano y alimentos de Rusia, se une la cuestión del pago. “Después de que el sistema Swift quedara alterado (por la expulsión de Rusia), incluso si el producto existe, el pago se hace muy complicado, cuando no imposible”, lamentó el presidente Sall de Senegal a finales de mayo en una cumbre de la UE con la Unión Africana.

“Cuando los elefantes luchan, es la hierba la que sufre”, dice un conocido refrán africano que lleva usándose durante décadas. Fue muy empleado en la Guerra Fría para resaltar que África y Asia sufrían las peores consecuencias al adscribirse a uno de los bloques enfrentados. Es un cálculo que vuelve a tener sentido ahora.

Varios aliados tradicionales de Estados Unidos han decidido que necesitan diversificar riesgos. En Oriente Medio, Arabia Saudí e Israel se han negado a suscribir las sanciones. En Asia, Tailandia ya ha realizado maniobras militares conjuntas con el Ejército chino y continúa comprando crudo ruso. Indonesia será el anfitrión de la próxima cumbre del G20 en noviembre y de momento ya ha enviado una invitación para que Putin pueda asistir. La influencia china se ha incrementado en toda Asia y varios países que estaban firmemente enclavados en el bloque antisoviético hace décadas tienen actualmente otras opciones para orientar su política exterior.

India ha multiplicado por cinco su importación de petróleo ruso aprovechándose de importantes descuentos que han llegado hasta el 35% del precio original. El alto número de refinerías indias emplea ese crudo para aumentar su exportación de gasolina y diésel a todo el mundo, incluidos los mismos países occidentales que han impuesto las sanciones a Moscú. Descubrir el origen del crudo del que se obtuvo el combustible es prácticamente imposible.

Washington comienza a ser consciente de que el Sur no ha comprado su relato sobre la guerra de Ucrania ni la respuesta adoptada por Occidente. Por eso, la última cumbre del G7 prometió el 27 de junio crear un fondo de 4.500 millones de dólares con el objetivo de afrontar la crisis de la seguridad alimentaria en el planeta. EEUU aportará la mitad de la cantidad total y la sacará de los 40.000 millones aprobados por el Congreso en mayo para ayudar a Ucrania.

Si los europeos han admitido que no pueden poner fin de golpe a sus importaciones de gas y petróleo rusos, africanos y asiáticos se preguntan por qué ellos tienen que dejar de importar productos esenciales con los que alimentar a sus poblaciones. O pagar precios exorbitados a causa de una guerra que no tiene nada que ver con ellos. ¿Son más importantes las empresas alemanas que los estómagos de los africanos?

El discurso de la soberanía y la integridad territorial de las naciones es aceptado en todo el mundo. No tanto si se relaciona con la defensa de unos valores democráticos, como se ha hecho en la cumbre de la OTAN. Muchos se preguntan por el doble rasero evidente en la rápida reacción de los países occidentales ante la invasión de Ucrania y su actitud pasiva cuando Arabia Saudí y Emiratos destruyeron Yemen en los últimos años en una guerra que sólo muy recientemente ha dejado atrás sus capítulos más cruentos.

La guerra ha vuelto a cuestionar el concepto de “comunidad internacional”, tan habitual en los discursos de los políticos occidentales. Hasta el punto de que deja fuera a más de dos terceras partes de la humanidad.

“Occidente no es el mundo y el mundo no es Occidente. Es increíble que haya que hacer hincapié en esa obviedad”, ha escrito Edward Luce, columnista del Financial Times. Africanos, árabes y latinoamericanos saben que cuando hay un conflicto entre los ideales de EEUU y sus intereses son los segundos los que prevalecen, escribe Luce.

Ese es otro dato incontestable. Quizá los países del Sur estén haciendo ahora lo mismo que Europa y EEUU han hecho durante décadas. Han tenido buenos maestros.

Un discurso de Volodímir Zelenski por videoconferencia ha sido en los últimos meses una cita especial en varios parlamentos europeos, al igual que lo fue en la cumbre de la OTAN en Madrid. El Gobierno ucraniano llevaba varios meses intentando organizar una intervención similar con los jefes de Estado africanos hasta que lo consiguió hace unas semanas. El fracaso fue evidente.

La noticia, como muchas de las que tienen lugar en África, pasó desapercibida. Solo cuatro líderes del continente sobre un total de 55 asistieron a esa cumbre telemática del 20 de junio para escuchar a Zelenski. Fueron los presidentes de Senegal, Costa de Marfil y Congo, además del líder del Consejo Presidencial libio, reconocido como Gobierno del país por Naciones Unidas. Los demás Estados estuvieron representados por ministros o embajadores.